La educación argentina bajo el respirador

Por Nancy Sosa. La periodista sostiene que no hay voluntad institucional en el Gobierno de la Nación para un pronto retorno a las clases presenciales.

“Si toda tu información viene de la televisión, ya entiendo por qué pensás así. Si yo fuese la directora universal de las escuelas diría que el trabajo por año es que cada alumno tenga una idea propia, nada más, que se le ocurra algo. Pero no, tenés que saber cosas que después no te sirven, no saben pensar”. El pensamiento es de la filósofa de la vida Juana Molina, que reflota lo esencial de una educación que tiende a desaparecer en el país.  

Juana Molina, la versátil, la que no se queda mucho tiempo haciendo lo mismo, la que agota los procesos de creación y pasa a otro estadio sin ninguna dificultad, da en el clavo de una necesidad esencial, ésta última palabra usada hasta el desgaste en la pandemia que acosa al mundo. Pero su reclamo acerca de que los chicos se animen a tener “una idea” no es factible porque los maestros sindicalizados mañerean la vuelta a la escuela con excusas que no podrían ser esgrimidas siquiera por los infantes.  

La ciudad de Buenos Aires se propuso, y lo logró, ese ansiado retorno a los establecimientos educativos después de pelear duramente contra un ministerio nacional con escasos gestos de reacción, que responde más a las presiones sindicales y al afán de mantener a la gente encerrada. La urgencia de recuperar la pérdida de conocimientos en todos los niveles educativos durante siete meses, no parece una prioridad para la cartera. Este es un lujo que ningún país debería darse porque supone sacrificar tres generaciones argentinas.  

Los chicos no contagian, lo dicen hasta el cansancio los especialistas. En Europa los niños no dejaron de concurrir a la escuela en todo el año. Pero aquí, en Argentina, puede más el miedo y la vagancia de quienes promocionan el peligro entre los maestros por esta pandemia. Todo el mundo está en riesgo, y muchos trabajadores esenciales se someten para cumplir con su misión y su vocación. En el primer mundo, al que los argentinos quieren pertenecer, las escuelas dejaron de funcionar solo un mes durante 2020, y volvieron a clases en las primarias con las previsiones sanitarias necesarias.  

En Argentina, no. En Argentina hay un gremio, CTERA, y un dirigente simbólico Roberto Baradel, que con descaro alerta sobre la “responsabilidad” que tienen que blandir los maestros frente al virus, ya no ahora mismo, sino “en marzo del año que viene”. El tipo no quiere trabajar, se le nota, quiere incrementar su sobrepeso sentado en la única vocación que posee: no trabajar.  

El ministro Nicolás Trotta mintió descaradamente al decir en un programa televisivo semanal que “las clases volvieron hace rato en el interior del país”, y puso como ejemplo a Formosa (¿) y a San Juan. Trotta no enfrenta a los gremios docentes, y delega (es un decir) en los gobiernos provinciales la decisión del retorno presencial. En realidad, la educación depende de los gobernadores desde que la última dictadura militar decretó la descentralización del sistema educativo. La paritaria nacional vigente es un invento del kirchnerismo en su primera etapa cuando se abrieron las discusiones por las convenciones laborales. Al margen de esa cuestión, el titular de la cartera, además, es indolente, y descarta el adelanto de las clases del año que viene porque, a su juicio “el verano tiene que ser un momento de respiro”.  

Trotta tiene pocos amigos, y enemigos perversos. Se notó cuando Adriana Puigróss renunció a su cargo de viceministra. Los verdaderos motivos de la renuncia los diseminó por radio el periodista Horacio Verbitsky al trazar unas radiografías de las dos “tribus” que enfrentaban a Puigróss y Trotta. La primera es una pedagoga e investigadora proveniente del peronismo, y Trotta -para el ex director de Página 12- viene de una familia “en la que las únicas que no son militares son las mujeres”. En el programa emitido por radio El Destape, dio detalles de los ataques recibidos por tres militares de la familia Trotta en la década del 70, porque conoce bien del tema.  

Más allá de las memorias desechables por una cuestión de salud mental, la pretensión de hallar voluntad institucional en ámbitos que incidan para la recuperación de los conocimientos perdidos, no se encontrará. Cuando el gobernador de Buenos Aires Axel Kicillof considera que el retorno a las escuelas “es un despelote”, y por eso patea la pelota para adelante, es que ya no hay salida.  

Es crudo, pero hay que aceptarlo: el actual gobierno está empecinado en hacer de la Argentina un país de ignorantes, sin ambiciones ni metas, una nación improductiva, dominada por el capricho de cuatro personas codiciosas de poder sin saber qué hacer con él. Para transformar la Argentina seguramente no es.  

Al 9 de noviembre se cumplieron 238 días sin clases, y si los chicos vuelven a la escuela, a esta altura del año, es para saludar a los compañeritos y volver al hogar. No obstante, esa breve revinculación de educadores con educandos, y educandos entre sí, se celebra en homenaje a la persistencia del gobierno de la ciudad de Buenos Aires para eludir el corset kirchnerista de la ignorancia. La actitud oficialista se pliega al evidente programa de empobrecimiento de la sociedad argentina, se suma al propósito de podarle las alas a la clase media, achatar la pirámide del crecimiento, fomentar el analfabetismo y hacer de Argentina un país miserable.  

A raíz del Covid 19 la CTERA se tomó el trabajo de elaborar un “informe sobre la salud laboral”, reflejo de una preocupación excluyente: la salud de los docentes y no docentes. En ese informe no figuran los chicos ni la importancia del aprendizaje, sólo las formas, todas las imaginables, para esquivar la vuelta al cole.  

Los seres humanos, frente a las contingencias de la vida, siempre tienen dos opciones: enfrentar el miedo y buscar soluciones para resolver la amenaza saliendo al ruedo, o acovacharse esperando que el riesgo pase. Ambos son mecanismos de defensa. Pero hay trances que demoran en transcurrir, y vuelven a generar dos opciones: la paralisis para siempre y el encarcelamiento, o asomar la nariz con todas las prevenciones para recuperar algún grado de supervivencia.  

No es esto último lo que piensan los maestros afiliados a CTERA, gremio que dirigen Sonia Aleso y Roberto Baradel -a éste se lo ve poco desde que es secretario adjunto-, especialmente en la ciudad y en la provincia de Buenos Aires, donde el sindicato desde hace décadas se esfuerza en sumir a los alumnos en la anulación de sus capacidades. Lo hacen sin pudor. Hace mucho tiempo que la vocación de maestro se perdió en el camino de las conveniencias o las necesidades económicas, de las licencias pagas, la ausencia de reconocimiento profesional, las faltas continuas al trabajo, el hábito de dejar el lugar a una suplente que nunca alcanza la titularidad.  

¿Cómo van a llegar los chicos al aula con “una idea propia” si no se abren las aulas? La propuesta de Juana Molina es para los chicos, presuntamente porque no hay fe en los maestros ni en los programas educativos, atrasados de tal modo que la escuela argentina está fuera de todo ranking internacional.  

CTERA considera que “un apresuramiento injustificado e indebido en la toma de decisiones para el regreso a las aulas puede traer graves consecuencias para la población en general, y un rebrote podría traer más inconvenientes pedagógicos y administrativos, más riesgos sanitarios y más demoras a futuro en los procesos de enseñanza y aprendizaje”.  

Dicho así sólo cabe pensar que el gremio está calculando que el retorno de los maestros a la escuela no se producirá hasta fines del año 2021 porque el “rebrote”, que todavía no ocurre aquí, puede ser fatal. Y los argentinos terminan de convencerse: “no quieren trabajar”.  

El tono del informe carece de todo gesto colaborativo; por el contrario, exige garantías del sistema de salud dentro de las escuelas como si los docentes estuvieran excluidos de participar de esa red de cuidado y prevención frente a eventuales contagios. Se ponen exigentes: quieren “capacitación” para los trabajadores en la sanitización de aulas y enseres, y la provisión de elementos de limpieza –hipoclorito, jabón y otros para desinfectar- como si cada uno de los que forman parte de ese circuito no hubiera adquirido experiencia en nueve meses de cuarentena en sus hogares. Reclaman incluso una campaña mediática para capacitar a los docentes en la contención psicológica de los alumnos. Los maestros no tienen capacidades limitadas, fueron formados en el magisterio precisamente para eso, para enseñar y contener a los alumnos en sus conflictos personales. No es necesario que cursen Psicología.  

Si no se hace todo lo anterior no habrá inicio de clases, y si se hace, tampoco. Además, se curan en salud respecto de la “responsabilidad”: El punto 15 del informe de CTERA dice: “Establecer niveles de responsabilidad para definir la suspensión de clases o cierre de los establecimientos ante cambios de situaciones sanitarias, por la presencia de afectados/afectadas en instituciones educativas”. O sea, no se van a hacer cargo de nada de lo que ocurra. La responsabilidad siempre va a ser de otros. Y ellos estarán atentos para pedir que se suspendan inmediatamente las clases ante el más mínimo resfrío de un alumno, un docente, un no docente, un sanitizador, o un portero. 

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