La presencialidad es aún una incertidumbre, pero habrá que definir si es lo más relevante

Por Edgardo De Vincenzi. El presidente de la Confederación Mundial de Educación considera que el principal desafío ante la crisis que vivimos es encontrar la resiliencia y la creatividad para salir de la misma.

Asistimos a una etapa de la pandemia del nuevo coronavirus en que las incertidumbres son muchas, pero el temor es menor al de hace unos meses. Si bien ya se sabe, por la experiencia de los rebrotes en Europa, que no hay que relajarse en los cuidados, la lógica avanza hacia una flexibilización rápida en la llamada “nueva normalidad”. 

Se escucharon muchas críticas por el poco distanciamiento social que se vio durante el velatorio de Diego Maradona, y una de ellas fue la queja de la no vuelta a clases de los chicos. Por más que se entienda el punto, es difícil de imaginar, tal como estamos ahora y sin la vacuna con una fecha concreta en el calendario, que las clases vuelvan a ser presenciales del todo como a principios de marzo de 2020. El futuro se vislumbra, por el momento, de forma híbrida entre las aulas y el hogar. 

Pero la presencialidad es lo que define la diferencia entre la instrucción y la educación. Porque la instrucción durante esta pandemia no se perdió, ya que por medio de distintas aplicaciones y de acuerdo con las distintas posibilidades se pudo dar continuidad a lo académico. Pero eso no alcanza para poder hablar de educación. 

Entre febrero y marzo, según anunció cada distrito, volverán las clases tras un año único y diferente. En la última asamblea del Consejo Federal de Educación presidida por los 24 ministros de educación de las provincias, se definió que en 2021 “habrá 180 días obligatorios de clases” y que a nivel federal el ideal será que “la presencialidad sea la regla”. Pero aún esto es algo que no está del todo asegurado. 

Debemos fijar un rumbo hacia dónde apuntar más allá del cortoplacismo de la vuelta o no a las aulas en cada institución. En lo referente a educación, el futuro deberá estar concentrado en formar “Ciudadanos del Mundo”, no solo con habilidades y competencias para adaptarse a escenarios previsibles, planificados, sino a los impensados y excepcionales como el que nos impone la pandemia. 

Un “Ciudadano del Mundo” no puede nunca dejar de reconocerse como parte de una comunidad que abarque a todos y cada uno de los seres humanos. Las barreras y fronteras son artificiales y arbitrarias, y no se puede dejar de tener en cuenta a la hora de emprender cualquier rumbo. Hay que enriquecer a las futuras generaciones. Pensar en una ciudadanía universal se hace de manera colectiva y se asume de manera personal. 

El principal desafío ante la crisis que vivimos es encontrar la resiliencia y la creatividad para salir de la misma. Hoy, la pandemia nos hace atravesar algo que nunca hemos experimentado, pero también es una oportunidad. En este cimbronazo mundial hay que ponderar el bien común. Debemos capacitar a las futuras generaciones para que estén preparados para la incertidumbre de la nueva normalidad post-pandemia. 

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