Una última semana soñada para Fernández, en un año olvidable

Aborto y vacunas le dieron una sonrisa al gobierno en un año en que sobraron contratiempos y no buenas noticias. Pero sobre todo fueron una inyección de ánimo de cara al año electoral en el que un sector del gobierno está convencido de que se juega mucho más que una elección: la supervivencia de un proyecto.

Por José Angel Di Mauro

Le cambió el semblante al presidente Alberto Fernández los últimos días de 2020. No es para menos: dos premisas que se había autoimpuesto para concluir su primer año en el poder -que lejos estuvo de haber sido el que había imaginado- pudieron cumplirse. ¿Será ese el punto de inflexión de su gestión para finalmente enderezarla hacia las metas que se había propuesto antes de que una imprevista pandemia le quemara los papeles? Se verá.

Esas premisas obviamente son la aprobación de la interrupción voluntaria del embarazo y el comienzo de la campaña de vacunación.

PAE

En el primer caso, el presidente siente que estuvo acertado al revertir la decisión de postergar el envío del proyecto de ley de IVE como consecuencia de la crisis sanitaria, sorprendiendo a propios y extraños al anunciar la secretaria de Legal y Técnica de la Presidencia, Vilma Ibarra, la decisión presidencial de cumplir ya mismo con su promesa de campaña sobre el aborto legal. Cuando se decidió avanzar con ese proyecto no se habían hecho los cálculos correspondientes en ninguna de las dos cámaras. Esto es, ignoraba el Gobierno si estarían los votos para convertir esta vez sí en ley el proyecto que había fracasado en 2018.

Estaba la certeza de que saldría con cierta holgura en Diputados, conforme anticipaban algunos sondeos elaborados inmediatamente después del recambio legislativo. Pero el Senado era un territorio siempre difícil para una ley de esas características, y así lo demostraban los números que se manejaban hasta el inicio de la sesión.

Desde 2008, cuando la 125, que no había un proyecto que deparara tantas dudas hasta el inicio mismo de la sesión; un proyecto cuyo destino se fuera revelando conforme iban expresándose los propios protagonistas.

Los festejos de la aprobación del aborto en el Senado. (Foto: Comunicación Senado)

Pero está claro que el oficialismo sabía que la aprobación era un hecho desde unos días antes de la sesión. Se jugaba mucho el Gobierno con la suerte de ese proyecto que -a diferencia de la gestión Cambiemos en 2018- auspiciaba esta vez el Ejecutivo. En un año de tantos malos tragos, era impensable que el Gobierno pudiera soportar lo que sin dudas asimilaría como una derrota.

Lo pensaron en Juntos por el Cambio, donde hubo muchas deliberaciones en la previa respecto de qué comportamiento deberían adoptar de cara al debate. No existían las suficientes voluntades dispuestas a hacer naufragar semejante iniciativa. Se especuló entonces con la posibilidad de introducirle modificaciones y hacer volver el proyecto a Diputados, en lo que se interpretaría como un módico “traspié” opositor, pero para ello era clave la actitud que adoptara el senador Alberto Weretilneck, que había sorprendido el jueves previo pidiendo modificaciones y encolumnó tras de sí a muchos que compartían esa visión.

Sin embargo el Gobierno concentró toda su atención en el exgobernador rionegrino para tratar de hacerlo entrar en razones, prometiéndole que los cambios se introducirían a la hora de la reglamentación. La propia Vilma Ibarra habría sido quien le dio garantías a través de un llamado telefónico, pero las dudas se despejaron ya en el inicio de la sesión, cuando la miembro informante, la pampeana Norma Durango, anunció en su discurso que habría “un veto parcial” si salía la ley, introduciendo una modificación pequeña pero clave, que acercaba posiciones con la postura de Weretilneck. Con esa certeza, ya nadie tuvo dudas de que el proyecto saldría; solo faltaba saber cuántos votos tendría.

Porque había habido negociaciones clave que tuvieron al mismísimo presidente Fernández a cargo. Evocando sus tiempos de operador político, el presidente había recibido dos jueves atrás -como hemos dicho- al salteño Sergio “Oso” Leavy para garantizar su apoyo. El propio senador se ocupó de difundir la reunión, aunque sin confirmar que hubieran hablado de su cambio de postura. Con mayor discreción, también se reunió con el presidente una senadora que en 2018 había votado en contra, Silvina García Larraburu. Aunque no necesitaba que Fernández la convenciera: ella reporta a la vicepresidenta.

El salteño arrancó el discurso enfático: “Personalmente me opongo, ¡odio el aborto!”, pero unos cinco minutos más tarde justificaba su drástico giro diciendo que “si mi voto ayuda a salvar a que una mujer, en esta práctica clandestina, no pierda la vida, voto a favor de esta ley. Y que sean Dios y la Patria quienes me lo demanden”. Horas antes, García Larraburu también había descripto el cambio de su voto, de celeste a verde, como “un voto deconstruido”.

La senadora neuquina Lucila Crexell pasó de abstenerse en 2018 a votar a favor ahora. (Foto: Comunicación Senado)

Llamó la atención la diferencia de 9 votos para la aprobación. Y en eso tuvo que ver la postura de JxC, que resolvió finalmente, y ante la certeza de que la ley saldría, sumarse a la ola, cuestión de no cederle todo el protagonismo al Frente de Todos. Entonces votos que oscilaban hacia la abstención, como el del catamarqueño Oscar Castillo, fueron positivos como en 2018; lo mismo que el de la cordobesa Laura Rodríguez Machado. Incluso Lucila Crexell, aliada de Juntos por el Cambio, que se abstuvo en 2018, dejó de lado la idea de no votar a favor y sí lo hizo. Y hasta la radical entrerriana Stella Maris Olalla, indefinida hasta el final, votó a favor. El 30% de los votos positivos fueron de Juntos por el Cambio.

Cuando la media sanción del aborto en Diputados, paralelamente en el Senado se avanzaba con la nueva fórmula de movilidad jubilatoria. Esta vez se repitió la estrategia: mientras el aborto atraía toda la atención en el Senado, los diputados procedían a convertir en ley esa norma. El Gobierno la necesitaba aprobada antes de fin de año y lo consiguió. En definitiva, no se puede quejar: a pesar de no contar con mayoría en Diputados, todas las leyes que se propuso salieron a lo largo del año, salvo la reforma judicial, frenada por ahora en la Cámara baja.

Como dijimos, el otro aliciente fue para el Gobierno el inicio de la campaña de vacunación. Más allá de los claroscuros que acompañaron la llegada de la vacuna rusa. Y de la cantidad de dosis que trajeron, que contrastan con cifras iniciales dadas por Fernández. El Gobierno se conformaba con la foto de la vacuna comenzando a ser aplicada antes del último día del año, y esa foto la tuvo. Confían ahora en la Rosada en que los cuestionamientos irán apagándose conforme se avance con el plan de vacunación, que con más o menos vacunas en definitiva va lento en todo el mundo.

Poca distancia social en la celebración de la aprobación en el Senado. (Foto: Comunicación Senado)

Esa lentitud es precisamente la que conspira contra las expectativas del Gobierno, que lógicamente quisiera dar vuelta ya la página de la pandemia. Pero también es cierto que la sobreevaluación de la vacuna hizo un aporte enorme a la irresponsabilidad social de quienes ya dan por superada la crisis sanitaria y han vuelto a abrazarse como si nada. Se enojan las autoridades con quienes no advierten que la pandemia sigue entre nosotros y promueven la aceleración de casos que se registran de manera diaria. Ni pensar cuando lleguen los datos correspondientes a las fiestas, pero lo cierto es que la propia dirigencia oficialista hace su aporte a inspirar un desapego a las normas. Alcanza con ver las fotos que el propio Senado difundió, con funcionarios apiñados en los palcos de la Cámara, siguiendo y festejando luego la aprobación de la ley.

Ni qué decir de la multitud que en las calles hacía vigilia, de uno y otro lado, mientras se desarrollaba la sesión en el Senado.

Con todo, en lugar del “rebrote” que asoma, Alberto Fernández espera un “rebote” de la economía, tan castigada en el año que acaba de concluir. Desea que este envión de la última semana se prolongue en el año electoral, y para eso el sector más fuerte del Gobierno considera indispensable mantener controlada la inflación, admitiendo como única receta el congelamiento de tarifas y control de precios. Todo eso ya se vivió en los tres gobiernos kirchneristas, por eso las recetas no sorprenden. Las consecuencias tampoco deberían hacerlo.

La última semana comenzó a aplicarse la vacuna rusa en nuestro medio. (Foto: Presidencia de la Nación)

En ese marco el Gobierno suspendió esta semana las exportaciones de maíz. Medida curiosa para una economía tan ávida de dólares. Pero lo más notorio fue el giro con el aumento permitido a las prepagas, revertido horas después de ser anunciado, a través de una edición extra del Boletín Oficial. Una prueba más de que en el Gobierno conviven dos sectores bien definidos y que el más poderoso no es el que figura como tal.

Así y todo, el presidente en su mensaje de fin de año dio una visión edulcorada de su primer año de gestión, poniendo énfasis en la visión de mantener la unidad. Hablaba de los argentinos, pero sobre todo hacia adentro. Será clave para el año electoral: si la unidad se mantiene, insisten puertas adentro que no hay posibilidad de derrota.

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