Los niños, niñas y adolescentes necesitan estar con sus pares

Por Manuela Thourte. La diputada porteña alerta sobre las consecuencias negativas de la no presencialidad en materia educativa.

* Manuela Thourte es legisladora porteña de UCR/Evolución

Durante 2020 la comunidad educativa realizó un gran esfuerzo para poder contar con cierta continuidad pedagógica. Como nunca antes, las familias -principalmente las mujeres- cumplieron un rol fundamental en acompañar el aprendizaje de los estudiantes. Sin embargo, estos esfuerzos no pudieron evitar consecuencias negativas para los niños, niñas y adolescentes. En promedio, los aprendizajes durante el año pasado fueron menores en cantidad y calidad que antes de la pandemia; las oportunidades de socialización entre pares disminuyeron drásticamente y la capacidad del sistema educativo para detectar vulneraciones a los derechos de los estudiantes se vio sumamente dificultada. Esta situación ha sido considerablemente más grave para los chicos y chicas de los sectores más vulnerables, cuyas familias tuvieron menos capacidad de acompañarlos en su escolaridad.

La educación remota profundizó problemas y desigualdades que el sistema educativo arrastra desde hace décadas. Sólo por poner un ejemplo: antes de la pandemia, a nivel nacional de cada dos estudiantes que ingresaban al secundario en primer año, uno no lo terminaba en tiempo; ya sea por abandonar la escuela o por hacerlo en mayor tiempo del esperado. 

Pero la escuela cumple otras funciones que van mucho más allá de lo pedagógico. Las situaciones de aislamiento agudizan los riesgos y la exposición de niños, niñas y adolescentes a la violencia y al maltrato al interior del hogar. El 70 por ciento del abuso sexual contra niños y niñas se produce dentro de sus propias casas. Y, en este sentido, la escuela es un actor clave para detectar vulneraciones de derechos, ya que los docentes son los actores con mayor probabilidad de escucharlos y canalizar denuncias. Esa posibilidad estuvo ausente durante todo un año. Además, la mayor utilización de redes sociales expuso a los chicos y chicas a mayores riesgos de acoso sexual –grooming- así como a cyberbullying.

Es necesario poner en la balanza los riesgos epidemiológicos pero también los riesgos de otra índole. La salud es, por definición, integral. La salud emocional, mental y sexual son componentes del concepto salud tanto como la salud física.

Los niños, niñas y adolescentes necesitan estar con sus pares. La falta de encuentro entre compañeros trajo aparejadas consecuencias en su bienestar emocional: el 70% de los chicos y chicas encuestados por el Ministerio de Educación de la Ciudad manifestaron síntomas de ansiedad, depresión, sentimientos de soledad y baja satisfacción con la vida, y señalaron como principales dificultades del aislamiento el no ver a sus amigos o familias, no poder asistir a la escuela ni realizar otras actividades que constituían sus rutinas.

En esta línea, según un estudio realizado por la Oficina de UNICEF en la Argentina, que relevó información sobre los efectos de la pandemia en niñas, niños y adolescentes, más del 40% de los hogares con chicos y chicas de hasta 6 años manifestaron que sufrieron alteraciones con las comidas en el tiempo que se lleva de cuarentena; el 42 por ciento presentaron alteraciones del sueño y, finalmente, el 15 por ciento tuvo problemas de comunicación.

Las escuelas deberían ser el último lugar en cerrar y el primero en abrir. Es indiscutible a esta altura que la educación remota no puede reemplazar la presencialidad. Incluso aquellos que sostenían a mediados del año pasado que “clases hay”, empezaron a reconocer unos meses después que había muchos chicos y chicas “descolgados” de la escuela, por dificultades técnicas, por falta de apoyo, y porque no todos los distritos tienen políticas educativas que acompañen de manera adecuada a los estudiantes y sus familias. En ese sentido es alentador observar que las distintas provincias están pensando esquemas de vuelta a la escuela y que el Ministerio de Educación nacional, luego de sostener durante 2020 que las clases no volverían a ser presenciales, dejó en manos de las provincias la decisión de volver a la presencialidad.

Por supuesto que el retorno a la escuela necesariamente implicará múltiples adecuaciones, tanto pedagógicas como de infraestructura, de recursos humanos y materiales, que deben realizarse de manera gradual y prestando especial atención a las poblaciones más vulnerables. La Ciudad de Buenos Aires, sin ir más lejos, presentó el jueves pasado un protocolo para el retorno a las aulas a los gremios docentes, que recibirá aportes de la comunidad educativa.

La vuelta a la escuela puede ser una oportunidad única para reforzar cómo cuidarse y para brindarles a los chicos y chicas las herramientas necesarias para desenvolverse en un mundo que, a veces, puede ser hostil; para reforzar la idea de que nunca nos salvamos solos, que los seres humanos somos humanos en tanto nos definen las relaciones con los otros. No alentemos la desconfianza, no prediquemos la hipocresía de permitir que los chicos se encuentren en las plazas, en las casas de amigos, que vayan a un shopping pero que les digamos que es peligroso ir a la escuela.

Debemos resignificar a la escuela y verla como el espacio en el que chicas y chicos aprenden reglas y conviven con otros, cuestiones centrales para afrontar un presente y un futuro que hoy parecen inciertos. Ojalá los adultos estemos a la altura.

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