Menem y la marca de los 90

Por Daniel Bosque, director de Mining Press y EnerNews. Dos miradas sobre la figura del fallecido expresidente y sus recordados dos gobiernos.

Dale play: En esa época se fumaba y en la vieja Federación Argentina de Box no cabía un alma y costaba respirar. Los discursos de la izquierda peronista de Vicente Saadi venían fuertes y el público se encendió más cuando fue el turno de la melena patilluda, que subió enfundado en un asfixiante polerón amarillo patito. “Tigre, Tigre” gritó la tribuna, pero en un par de minutos sobrevino el silencio primero y después los silbidos cuando el riojano osó con alabar a Isabelita. Esta no sería ni la primera ni la última de sus audacias. 

Nadie creía, en 1987, que Carlos Saúl Menem pudiera presidir la Argentina y en todo caso se esperaba que las desgracias alfonsinistas abrirían paso a Antonio Cafiero, más parecido por entonces a un socialdemócrata de los de moda, como Felipe o Mitterrand. Pero El Carlo se alió a los raleados de la ortodoxia peronista, como el Loro Miguel, Herminio, Barrionuevo y otros para dar el gran golpe en las internas pre presidenciales. 

De lo que vino después cada quien tiene sus memorias. Curiosas, porque por afuera del peronismo acérrimo de hoy pueden encontrarse más alabanzas a su gesta liberal fallida o mejor dicho, que duró lo que duró. Pero son pocos los que, en un espacio u otro, se reconocen en las fotos de una idolatría que, en épocas de vacas gordas, era impermeable cualquier crítica. 

Ganó los comicios prometiendo Revolución Productiva y Salariazo y en poco tiempo pondría en marcha una transformación neoliberal a tono con el capitalismo popular de la Thatcher. Abrazado a la UCD de la familia Alsogaray, el tanque de ideas que alquiló un peronismo otra vez capaz, pero no la última, de absorber todo. 

Carlos en su apogeo era lo más. Podía de llenar el Monumental y el Luna Park para verle con la celeste y blanca y hacer firuletes con Maradona o los muchachos del basketball. 

Ya sin Zulema y codiciado por las mujeres de la farándula y adulado por el cholulismo, El Turco se rió de su fama de mufa y los tropiezos de su primer año con un as de espadas: la privatización de ruinosas empresas públicas, nacionales y provinciales, a la que luego se sumarían bancos y la renta previsional con las AFJP. El postre sería YPF, en un clima de negocios aperturistas inédito en una Argentina sin militares. 

Su gurú fue Domingo Cavallo y la Biblia la convertibilidad que estallaría por los aires con el corralito de Fernando de la Rúa. Y el mismo Cavallo como mentor, en un círculo perfecto. 

En década de 1990 era otra Argentina, recién se insinuaba internet y unos rudimentarios celulares y poco se hablaba de la soja dependencia y del poder de China. 

De aquella época quedaron dulzuras y amarguras que describe mejor que nadie Carlos Galván en Clarín. Todo pasa, como el “sicarlismo” que iba de los countries y los links de golf a las villas. Desde el populoso conurbano que vivaba al menemovil con Zulemita y otros muchachos en el mascarón de proa hasta los cenáculos de empresarios que solían visitarle munidos de regalos, cuan Reyes Magos con inciensos y mirras. 

Desde la perspectiva de hoy, aquella fue una época paleolítica de la política argentina. Porque no había, como hoy, el evangelio del monopolio del poder que trajo el kirchnerismo a tono con los nuevos populismos de la región que se hacen llamar izquierdas.  La dialéctica siglo 21 según la cual se duerme más tranquilo si la oposición no aparece en las cartas de navegación. 

Y salvo un puñado de incondicionales que le sobreviven a Carlos Saúl, pocos quieren verse en esas fotos sepia en las que el movimiento de Juan y Evita viro hasta proclamar que había que achicar el Estado para agrandar la Nación. 

Como la muerte bendice y apiada, muchos recuerdan en este instante los años felices del menemismo, y se lamentan de la Argentina Capitalista y de empresas, negocios y trabajadores prósperos que pudo haber sido y no fue. 

Pero otras huellas del tsunami quedaron marcadas: 

“Ramal que para ramal que cierra” advirtió antes de desarticular a la red ferroviaria qué tres décadas después la Argentina intenta de apaches fallidos revivir. 

Mientras que un plan de federalismo aspiracional dejaba otro gran legado: la provincialización de la educación y la devaluación de las escuelas técnicas, un modelo que consolidó la decadencia de la vetusta escuela pública sarmientina.  

Por supuesto, el Carlos liberal no llegó a conmover lo intocable en Argentina, que es el poder sindical. Ni pudo eliminar del horizonte, a pesar de privatizaciones y desregulaciones en sectores clave como el de la energía y el de la hasta entonces desaprovechada minería, el potro de la inflación argentina, el verdadero ícono nacional, que volvió a dispararse tras su reinado. 

Los últimos años de Menem presidente languidecieron, estrenado una recesión que hoy sería para reírse. Fue en esa época cuando voló la fábrica de explosivos de Río Tercero dañando la ciudad y Y a sus habitantes. Menem quedó comprometido en una causa vinculada, la del contrabando de armas de Fabricaciones Militares a Croacia y Ecuador. Desde entonces hasta su muerte, fue senador por La Rioja y su presencia o ausencia en el recinto era mirada con suspicacias.  

“Que Vuelva Carlos que vuelva ya” cantaba la cumbia de campaña que muchos recordaban en medio de los sucesivos naufragios del país. 

Porque aquella década de pizza con chanpán no era una fiesta que fueran a pagar otros, pero sumaba muchísimos menos pobres, había joyas para vender, menos impuestos, más empleo, no había pandemia, el dólar valía un peso. Y el mundo parecía un espejo que nos sonreía, algo que nos encanta a los argentinos. 

Login

Welcome! Login in to your account

Remember me Lost your password?

Lost Password