Se rifa el Partido Justicialista

Por Nancy Sosa. La periodista sostiene que, con la asunción de Alberto Fernández como titular, el partido se ha vuelto “una cáscara vacía”.

El Partido Justicialista ha dejado de ser, hace mucho tiempo, el instrumento político para el que fue creado por Juan Domingo Perón. A partir de 1955 fue una herramienta electoral que funcionó cada seis o cuatro años para las presidenciales; y cada dos para las renovaciones legislativas y municipales en todo el país. El lunes 22 de marzo cambió sus autoridades sin hacer elecciones, porque –dijeron- había “lista única”. Al finalizar el acto Perón les auguró la oscuridad cortándoles la luz. 

Con la asunción de Alberto Fernández como titular de una cáscara vacía, el PJ termina de morir a manos de un conjunto de tipos que ni siquiera se molestan en amagar con hacer una convocatoria interna. Lisa y llanamente, esos tipos dicen: “va fulano”, es decir uno con alguna pátina de poder que no le pertenece por mérito propio, señalado otra vez a dedo. Los afiliados no existen, son una entelequia dentro de un padrón que si se revisa no queda ni el 20 por ciento. 

Lo peor de todo es que Alberto Fernández no es justicialista, no es peronista, aunque al final cante la marchita cuya letra no conoce en forma completa. Apuesto y gano. Cualquiera que haya comenzado una carrera política con Alberto Asseff, como presidente del ala juvenil del Partido Nacionalista Constitucional, es porque nació confundido y jamás hubiera sido justicialista. Pero él sostuvo el ánimo e insistió y logró junto al neoliberal Domingo Cavallo llegar as er legislador porteño en representación de un desconocido Encuentro por la Ciudad, hacer una gestión que pasó sin pena ni gloria, pero sirvió para ratificar que no era peronista. 

PAE

No puede negarse que AF es un hombre de suerte, tanto que llegó a ser presidente de la nación por la “gran equivocación” de su mandante, quien acaba de arrepentirse y reconocer ese error entre sus más cercanos, tragando hiel como delata su rostro. 

En este juego perverso de la banda dislocada, la presidencia del PJ no se la ofrecieron a la vicepresidenta de la nación porque ella, sinceramente, detesta al Peronismo y al Partido Justicialista. Ni siquiera hace el más mínimo esfuerzo por disimularlo, y últimamente no solo no le interesa ese sector sino el pueblo entero. A las pruebas: ¿le escuchan declaraciones o sentidos pésames por las mujeres que mueren por violencia de género? ¿oyen acaso solamente por la desaparición de menores? ¿la ven repudiarlos ataques vandálicos en la vía pública por parte de delincuentes que arrastran a sus víctimas llevándolas a los golpes hasta la muerte?¿Llora por el casi 50% de pobreza que padece el país? No, no se le escucha decir nada, porque no le importa nada ni nadie más que ella. Hay que decir aquí lo que recitan las víctimas de los robos: “por lo menos salvamos la vida”. En el caso de la vice hay que decir: “por lo menos no pide que le den el PJ”. 

“Se rifa el Partido Justicialista, señores”. Se rifa al peor postor. Después de Fernández vendrá el hijo pródigo de la vice adueñándose del PJ bonaerense. Se rifa el sello que sirve para las elecciones y Máximo comprará por unos centavos el boleto ganador, asumiendo un partido que en sus padrones contiene un cacho de peronismo para disimular la nomenclatura comunista: “el kirchnerismo es la etapa superior del peronismo”. Buen trabajo el de Heller y Sabatella. Pero el actual diputado nacional, acostumbrado a ser ubicado en lugares cómodos por su generosa madre, tampoco es justicialista, no es peronista. Apenas dirige una agrupación que creó su padre usando el nombre de un tío postizo y mediocre para que el nene tenga donde hacer sus primeros pininos políticos cuando él vivía. 

La denominación partidaria ahora loteada hubiera formado parte del legado de Juan Perón para aquellos peronistas que no se dejaron influir por las estériles asonadas cubanas o soviéticas, ni tampoco por el neoliberalismo. Hay en la provincia de Buenos Aires gran descontento con ese asalto al PJ provincial, cuyo propósito es usar los dividendos que recibe el partido por los votos cosechados en la última elección e impulsar a los candidatos kirchneristas a jefes municipales y concejales. 

La política de la “toma”, típica del kirchnerismo y de sus aliados movimientos sociales, aplica no solo a las tierras privadas o fiscales, a los bosques de la Patagonia, a algunas empresas, sino también a las estructuras partidarias. Se “toma” un partido, se “apropian” de un partido, ignorando la voluntad de los afiliados. Han perdido hasta la delicadeza de disimular el atraco, confiados en que “volvieron por todo” y “todo lo que hay en el poder es mío, mío”. Psicológicamente podría deducirse que tanta voracidad por hacerse de las cajas económicas -y los partidos las tienen-ya es codicia, ambición desmedida. 

No está de más afirmar que estos atropellos no pueden cometerse sin la complicidad de algunos adláteres, hombres subordinados, de convicciones ultraflexibles que a esta altura de los acontecimientos tampoco pueden enarbolar medallas de peronismo. Las perdieron en el camino porque la verdadera ambición no radicaba en la necesidad de transformar un país en beneficio de todos sus habitantes sino hacerse del sillón de Rivadavia a como dé lugar. Por eso, Sergio Masa no peleará jamás la presidencia del PJ bonaerense. El acuerdo con el chico de la playstation bordea, incluso, la traición a su amigo Alberto. Ninguno de ellos es tan confiable como para comprarle un auto usado. 

Peronistas con historia, trayectoria, compromiso y respetuosos del ideario sufren en silencio estos palazos, impotentes frente al avasallamiento, pero sin energía suficiente para plantarse. Son quienes comprendieron que el Peronismo 1945 a1955 nada tiene que ver con las máscaras carnavalescas de la izquierda trasnochada y pendenciera que hizo todo lo posible para borrarlo del mapa. El peronismo original tuvo un proyecto político claro a favor del pueblo, la producción, el trabajo y el crecimiento. El kirchnerismo sólo es capaz de convertir a la política en un simple negocio familiar, gracias al sometimiento voluntario de un grupo de hombres y mujeres sin grandes ideales que quieren pertenecer a la elite berreta, ocupar un ratito el poder político y sacar una tajada. En fin, hombres pequeños. 

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