La Sonámbula: símbolo emblemático de la Justicia argentina

Por Nancy Sosa. La periodista señala la persistencia en el tiempo de las modalidades judiciales para no dar solución a los conflictos en los plazos adecuados.

La Justicia argentina no es ciega, tampoco independiente; no es justa, ni siquiera equitativa. Es simplemente sonámbula, tal como lo define en el hall principal del Palacio de Justicia la estatua del gran escultor Rogelio Yrurtia, que pretendió cubrirla necesidad de un caro símbolo, faltante hasta 1959. 

La enorme estatua bautizada “La Sonámbula” por los habitantes de Palacio, se erige como una explicación acerca de la notoria dependencia del Poder Judicial de los poderes políticos de turno, la alarmante debilidad del sentido de justicia y la notoria ausencia de ésta en la vida de los ciudadanos que afecta, por cierto, el respeto a los derechos civiles, humanos, democráticos y republicanos. 

Nada es casual en la existencia humana, todo tiene un porqué. La socióloga Catalina Pantuso lo describe minuciosamente en la nota que acompaña en paralelo a la presente, refiriéndose a la simbolización de la Justicia en otros países y en Argentina misma. Ella relata esa historia: rica, extensa y compleja. 

Pero la presencia de La Sonámbula en el Palacio de Justicia argentino admite, además de los detalles históricos, otros supuestos: 1) que, aun llamándola la Dama de la Justicia, no puede decirse que fue creada para liderar la aplicación de las leyes sino para decorar el sepulcro de un diputado en 1938. 2) La estatua consiste en una mujer que camina con los ojos cerrados y lleva los brazos extendidos para no chocar, como los sonámbulos. 3) Sus ojos no están vendados y sus brazos no sostienen una espada ni una balanza. 4) Es decir, como la Justicia argentina, no tiene consciencia, le faltan los atributos esenciales, deambula dormida sin expresión facial alguna, y trata de no chocar con algo que la saque del sueño. 5) Si La Sonámbula despertara abruptamente se sentiría confundida y desorientada, tal vez agresiva, como todos los sonámbulos. 

La persistencia en el tiempo de las modalidades judiciales para no dar solución a los conflictos en los plazos adecuados, fue siempre obvia. La lógica indicaba que una sentencia, cualquiera que involucrara a un político, no se conocería sino hasta después que se agotara la existencia vital del reo. Nunca, nadie vinculado al poder, pagó sus deudas con la sociedad, ni por corrupción ni por abuso de autoridad. La lista puede ser larguísima: desde 1930 hasta 1984 ningún militar que derrocó un gobierno democrático fue preso (con excepción de los de la última dictadura); ningún ministro de economía que fundió al país fue preso; ningún político que mandó a matar a alguien fue preso; la mayoría de los funcionarios que fueron juzgados por mal desempeño y apropiación de fondos públicos no fueron presos en serio (salvo María Julia Alsogaray). Los funcionarios del gobierno de la expresidenta Cristina de Kirchner junto con los empresarios que reconocieron haber pagado coimas, sí fueron presos, se arrepintieron, fueron dejados en libertad y serán juzgados vaya a saberse cuándo. 

Carlos Menem y la actual vicepresidenta fueron procesados, juzgados, pero ninguno tuvo sentencias firmes ni fueron encarcelados, hasta ahora. Menem murió, y zafó, dejando el tendal de muertos en Río Tercero sin el reconocimiento merecido. 

La justicia argentina siempre fue sonámbula, pero en el último tiempo la ansiedad de CFK por cerrar las causas judiciales que la incomodan y le incautan los bienes la llevó a encarar una guerra contra los miembros de todos los niveles judiciales. Zamarreó a la sonámbula, y a varios jueces por considerarse agraviada; los chuceó malamente buscando que reaccionen para recusarlos, obtuvo unos pocos triunfos, pero a medias. Apenas le alcanzó para que le levanten las intervenciones en sus hoteles propiedades intervenidos con artes judiciales de dudosas maniobras. La sonámbula no despierta del todo. 

La amenaza de una reforma judicial no es real, por eso dijo que no es de su interés ni su autoría. La verdad es que a nadie le conviene hacer la reforma judicial, todos prefieren que los expedientes sigan durmiendo en las cunas del olvido. 

En el curso del actual gobierno se conformarán con destrabar los conflictos vinculados con el patrimonio de la señora, los demás son políticos y pueden continuar dando vueltas como un hámster en la rueda de la justicia sonámbula. Tal vez los ánimos se calmen cuando ella respire la seguridad de la libertad para sí misma y sus dos hijos. La honestidad intelectual obliga a señalar que el origen de todos esos males, las ideas de jugar con el dinero y apropiarse del ajeno, no eran de ella, eran del difunto. A ella solo le interesan los oropeles, el uso y abuso del poder, algunas cosas lujosas que puede lucir de vez en cuando porque no sale, maltratar cada tanto a alguien para dar la impresión de portar un carácter fuerte, y nunca usar barbijo porque se mancha con el labial y el elástico la despeina. Pequeñas cosas. 

Sin embargo, la reforma judicial debería ser prioritaria pero no al estilo kirchnerista, más inclinado a darle trabajo de abogados a toda la facultad de derecho de la UBA dentro de sus filas. Es imprescindible que la Justicia deje de dormir porque el último ranking de Rule of Law Index tiene a la Argentina en el puesto 132 en cuanto a falta de independencia de la justicia. Dos puestos más atrás figuran Venezuela. En América Latina, Argentina ocupa el lugar número 15, e ídem con Venezuela. 

El incremento desmedido de la inseguridad reclama la activación de mecanismos jurídicos que preserven la integridad de mujeres expuestas a los femicidios, den respuesta a los ciudadanos comunes por los feroces ataques en la vía pública por parte de manadas desatadas para robar y matar sin que ningún funcionario haga nada, para que se restablezca por lo menos un porcentaje de la convivencia armónica en la sociedad, se atiendan con celeridad los juicios por reclamos cotidianos y se encarcelen a los delincuentes que hicieron de la calle un circo romano donde el que no mata, muere. 

Mientras eso ocurre a diario, la vicepresidenta hostiga al gobierno anterior por sus sinsabores judiciales y acusa a los miembros de la Corte Suprema porque los considera enemigos, a jueces de distintas cámaras que fallan en contra de sus criterios, y al procurador que no quiere irse por propia voluntad, de actuar en connivencia con el poder del gobierno anterior. Nada dice cuando alguno de los jueces que actualmente responden al poder político que ella personifica falla a su favor, como en la denuncia de Fernando Grey, intendente de Esteban Echeverría y presidente del Partido Justicialista bonaerense, a quien el flamante juez electoral Alejo Ramos Padilla le rechazó el pedido de suspensión de las elecciones internas para cumplir con su mandato hasta diciembre de este año. En mayo, Máximo Kirchner, afiliado al PJ en enero del corriente año, por primera vez en su vida, será electo presidente a dedo, sin elecciones, en el partido bonaerense. La reina coloca a su principito. 

¿Eso no es lawfare? Veamos el significado de la acepción que tanto le gusta a la titular del Senado de la Nación, abogada sin ejercicio alguno en los fueros judiciales. Lawfare: guerra jurídica, traducción de la palabra inglesa “lawfare”, creada para referirse al ataque contra oponentes utilizando indebidamente los procedimientos legales, para dar apariencia de legalidad”. Es decir que la teoría zaffaroniana, para nada una novedad, pero instalada en estas lejanas tierras de la civilización occidental, sirve para unos, pero no para otros. ¿Está claro?, como le gusta decir al presidente Alberto Fernández. 

La justicia argentina es sonámbula, sin ninguna duda, y por momentos entreabre los ojos para ver si puede favorecer por izquierda cuando otros están desprevenidos. Ni siquiera tiene que mover uno de los brazos para correrse la venda porque no la tiene, no se le caerá la espada pues carece de ella, y la balanza… la balanza es fija y no balancea sus platillos. 

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