Divorcio ideológico entre el pueblo y el gobierno argentino

Por Nancy Sosa. La periodista analiza el posicionamiento internacional del gobierno argentino, y sostiene que persigue intereses “que el pueblo argentino no quiere”.

El gobierno nacional argentino pretendió en los últimos días definir un alineamiento internacional detrás de un multilateralismo amorfo, debilitado y parcial, y otorgarle el certificado de defunción por adelantado al capitalismo global, como si todo se tratara de soplar y hacer botellas.  

Ni el presidente Alberto Fernández sabe de las reformulaciones que está generando hacia adentro el capitalismo, ni Cristina Fernández de Kirchner tampoco es muy ducha en delinear el alineamiento internacional detrás de un multilateralismo que también se encuentra en plena reestructuración. Todo indica que estas son las razones de los sucesivos errores cometidos por la cancillería argentina, absolutamente ajena a una eventual política de relaciones exteriores, si la hubiere.  

¿Cómo debe interpretarse eso de que “es hora de entender que el capitalismo no ha dado buenos resultados”? ¿En dónde?, debería aclarar Fernández 1° para luego explicar por qué la mayoría de los países del mundo, incluyendo a China, tramitan sus negocios dentro del sistema capitalista. ¿Debería creerse acaso que Fernández 1° es el promotor de un nuevo sistema político internacional, simplemente porque acaba de “descubrir” una debilidad que es bien discutible porque el Capitalismo se está repensando todo el tiempo?  

Pero no son esos los interrogantes que más importan en este punto. La pregunta de los mil millones es: ¿la mayoría del pueblo argentino está convencida de que el país tiene que ir a la cola, presuntamente multilateral, que encabezan China, Rusia, Venezuela y Cuba como quiere la vicepresidenta y así lo repite el presidente como un loro?  

Quienes lo conocen desde la década del 80 no pueden creer que Alberto Fernández se sienta tan cómodo en esa orilla política, a menos que recuerden ciertas actitudes de oportunismo en la década del 90.  

La Argentina nunca pudo exhibir una vocación definitivamente “zurda”, más bien todo lo contrario. Ni el Peronismo original adhirió a las izquierdas ni a las derechas radicalizadas. Los únicos que se animaron a torcer un grado el timón fueron los kirchneristas que arrastraron durante décadas el rencor del fracaso setentista. Bastante tiempo tuvieron para armar una UNASUR que fue más un rejunte de revolucionarios con ideas pretéritas, sin un proyecto de transformación política hacia el bienestar de las naciones. Sus objetivos siempre estuvieron puestos en la necesidad de sostener el poder en manos de cuatro personas por países y, desde allí, dominar, enriquecerse, expulsar, empobrecer a los otros y eliminar de sus mapas el futuro de medio y largo plazo del continente latinoamericano. Tuvieron mala suerte: Fidel Castro estaba viejo, Hugo Chávez y Néstor Kirchner murieron jóvenes. Todos sus seguidores quedaron cristalizados esperando órdenes de un pajarito.  

Puesta ante un plebiscito la sociedad argentina definirá que está acostumbrada y quiere funcionar dentro del sistema capitalista, y que no es proclive a las mezclas orientales que amalgaman comunismo con capitalismo, ni ve como un buen aliado a Vladimir Putin con su Federación Rusa donde las revueltas internas son peores que los piquetes de los movimientos sociales en Argentina. Venezuela no es precisamente un ejemplo a seguir y lo dicen los más de 300 mil venezolanos exiliados aquí. Cuba sigue jugando al secretismo, pero entre playa y sol continúa formando cuadros políticos a su vieja escuela. Nadie va a curarse a Cuba, todos van a aprender política de la fuerte.  

Alberto Fernández, un hombre que está en las antípodas del conocimiento de la política internacional y de los protocolos que rigen en esas relaciones, exageró el agradecimiento a Putin por las vacunas que todavía no llegaron y tuvo la idea de matar per se al Capitalismo para demostrarle: “estamos con vos, Vladimir”. Los gestos faciales de Putin al escuchar la traducción fueron una muestra de su cabal entendimiento. No hacía falta tanto elogio de Fernández, a quien eso le pasa también cuando quiere ser más simpático de lo que necesita al estrechar la mano de otro mandatario y aferrarse al brazo con la otra de modo confianzudo. En política, ese gesto se usa en ocasiones muy, pero muy, particulares, como muestra de consolidar una reconciliación o confirmar un acuerdo, delicadamente. Alberto lo hace como un hincha de Argentinos Juniors que saluda a otro hincha. Falta que le diga “te quiero, cumpa”. No es “nesario”, diría el único jeque árabe argentino que ocupó el sillón de Rivadavia porque aquí no hay trono, aunque muchos crean que sí.  

Capitalismo y comunismo 

Fernández descubrió que el capitalismo “ha generado desigualdad e injusticia”, al hablar en el Foro Económico de San Petersburgo. Y, de paso habló de la existencia de países de “renta baja” y “renta media”, incluyendo a la Argentina entre estos últimos. Fernández etiqueta por costumbre. Los países son ricos, medio ricos, medianamente acomodados, mal acomodados, pobres o indigentes, según los gobernantes que les han tocado. A juicio del presidente los de “renta media” como Argentina “son tratados como países desarrollados pero cada vez más se parecen a países pobres”. Esto último fue para llorar en público y dar a entender que su país no puede pagar las deudas, ni arreglar, ni reestructurar, ni prorratear, ni prolongar los pagos. Un discurso lastimero de bajo nivel en el que, en realidad, había que decir que la ausencia de crecimiento y desarrollo social de nuestras comunidades se debe a los malos gobiernos que no saben cómo generar un mínimo plan de productividad, trabajo, crecimiento y planificación hacia el futuro. En esto el capitalismo nada tiene que ver con la ineficiencia del funcionariado.  

Si se quiere hablar de capitalismo es bueno aceptar que se encuentra en una nueva fase de mutación, como lo hace cada tanto desde 1770, y por eso se mantiene acomodándose a los cambios de época. En eso, pasa lo mismo con el polo opuesto. La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) desapareció, se cayó con la misma intensidad de la tapa de un piano en 1989 junto con el Muro de Berlín. Para ellos fue peor porque su oponente mantuvo un liderazgo por varias décadas más, pero estaba cantado que no tardaría en modificarse también al compás de las transformaciones mundiales.  

El mundo cambia permanentemente y la irrupción de las nuevas herramientas informáticas a partir de la revolución tecnológica plantea nuevos desafíos que se leen de diferente manera según el lugar en el que uno quiera pararse. Si desagrada el avance que han hecho ya las grandes potencias se pensará que todo ello conducirá a una desigualdad en el desarrollo mundial y que todo estará bajo el dominio de la “potencia” de Estados Unidos, incluyendo en ese panorama a la Federación Rusa y el sueño socialista.  

Si la visión surge de otro punto de vista se aceptará que el nuevo capitalismo integrará competitivamente al mercado mundial a todos los países del mundo, de los cuales no todos lo harán en las mismas condiciones. La forma de integrarse a ese nuevo mundo definirá el surgimiento de Estados fuertes o débiles, y poblaciones con bienestar económico y social o empobrecidas. Todo dependerá de la forma que elija cada nación para integrarse, y si es activa por impulso de un Estado con visión de desarrollo y producción fuertes, aceptación del necesario aprendizaje de las nuevas tecnologías, aprovechamiento de los bajos costos  

laborales, seguramente ascenderán en forma competitiva a la corriente de crecimiento económico e inclusión social como lo han hecho países pequeños como Corea del Sur, Singapur, Taiwan y Hong Kong, y hasta la República China. De más está nombrar a los países de la Unión Europea. 

La clave de la transformación en ciernes es la “cooperación internacional” 

¿A quién le conviene centrarse en un escenario de confrontación en este momento del siglo XXI? La pandemia del coronavirus ha demostrado en todos los países que las epidemias pueden ser un arma mucho más letal y más dañina que las armas nucleares. Desde hace varias décadas han perdido vigencia las conquistas militares, salvo focos específicos como los que se sostienen en Medio Oriente. Las batallas financieras internacionales dejaron en el mundo su último eslabón en el desastre de 2008 a raíz de la eclosión de las hipotecas bancarias. Hoy, ni siquiera quedan rastros de la vieja división internacional del trabajo.  

Todo cambia, también la Multilateralidad está en pleno proceso de reformularse a sí misma y ello no significa que incluya una nueva división por bloques, como cree la vicepresidenta Fernández de Kirchner.  

El verdadero poder político se afianzará en un futuro cercano en la competencia del talento, la creatividad y la producción masiva de dominios que aún ni siquiera están bajo reglas internacionales, como la inteligencia artificial, la biotecnología y el ciberespacio. Y la confrontación será entre los países que más adelantados estén en esos rubros.  

El presidente y la vicepresidenta buscan pertenecer, en forma personal, a un bloque oriental que ni siquiera está organizado porque la competencia será entre dos países, Estados Unidos y China. Rusia está detenida en los viejos métodos de guerra focalizada y de dominio de territorios, pero su progreso científico incluso en la vacuna Sputnik V está en pañales.  

La particularidad inédita en este escenario es un dato que saltó a la luz durante la campaña de Donald Trump por la reelección a la presidencia de Estados Unidos: nadie, ni hombre ni país, quiere liderar el mundo.  

Una conclusión: hay divorcio entre lo que quiere el pueblo argentino y lo que quieren hacer internacionalmente el presidente y la vicepresidenta de la Nación.  

El interrogante final es inevitable: ¿qué lugar quiere el pueblo que ocupe la Argentina en ese nuevo mundo? 

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