Mi Buenos Aires devastada

Por Mariela Blanco. La periodista advierte el evidente deterioro en la protección y conservación de los bienes culturales de la Ciudad.

Grandes esfuerzos se requieren para la protección y conservación de todos los bienes culturales de este gran museo a cielo abierto que es nuestra ciudad. Recorriendo las calles de Buenos Aires, podemos observar -a veces en una misma manzana- una cúpula fascinante, un edificio barroco y una casa colonial, todos fragmentos de distintos siglos conviviendo en armonía a pocos metros de distancia. 

Esos ladrillos son testigos de nuestro pasado, tienen historias para contar. Una suerte de packaging más o menos sólido que guarda fragmentos de la vida cotidiana de otras épocas. En los últimos años, muchos edificios se pusieron en valor y hubo múltiples iniciativas para sostener grandes joyas arquitectónicas cuyo valor va mucho más allá que lo edilicio. 

El principal enemigo de estos baluartes ha sido históricamente la piqueta. Pero hoy, además, sufren el vandalismo lacerante que los va despojando de su referencia histórica. Por citar un ejemplo, en enero se robaron la placa insignia del Tortoni, el café más antiguo de la ciudad. 

El patrimonio escultórico se lleva la peor parte. En Plaza San Martín, debieron enrejar el monumento al Libertador para impedir el robo de sus piezas de bronce. En Parque Lezama, quedó vacío el templete que alojaba a Diana fugitiva. Y la réplica de la Estatua de la Libertad emplazada en las Barrancas de Belgrano acaba de ser salvajemente grafiteada. 

Pero este desprecio por nuestras huellas culturales tiene larga data. Por ejemplo, en 1932 el majestuoso Pabellón Argentino fue demolido para ampliar la Plaza San Martín. No fue un delincuente. Fue una desacertada decisión política.  

Se trató de una construcción monumental que supo estar próxima a la Torre Eiffel durante la Exposición Universal de París de 1889. Luego fue desmontada y trasladada a Buenos Aires para funcionar como sede del Museo de Bellas Artes. 

Como si el desguace de esta obra emblemática de tiempos de prosperidad económica no fuera suficiente desaire, las cinco estatuas que lo coronaban se distribuyeron por distintas plazoletas de la Ciudad. 

Hace aproximadamente un año, entre el bullicio de los colectivos y los bocinazos de los automovilistas, me topé con una de esas figuras alegóricas en Av. San Isidro Labrador y Av. Cabildo del porteño barrio de Núñez.  

Me costó darme cuenta que se trataba de “La Agricultura” de Louis-Ernest Barrias. Los amigos de lo ajeno se habían llevado la placa de bronce de esta pobre sobreviviente. Nadie más que yo contemplaba la vejada escultura.   

Ahí estaba, una de las estatuas que conoció el río Sena, hoy prácticamente invisible hasta para los propios vecinos. Sin nombre. Sin identificación. Huérfana, descontextualizada. En la plazoleta más exigua de la ciudad, un triángulo diminuto perdido entre los locales comerciales, el metrobus y un taller mecánico.  

Recorrí otras plazas, otros monumentos. Cientos de marcas de bronces arrancados sin piedad de los pies de nuestros tesoros urbanos. Querubines sin brazos, héroes sin espadas. Una ciudad-museo con poco para decir. 

Login

Welcome! Login in to your account

Remember me Lost your password?

Lost Password