Aunque insistan: el kirchnerismo no es peronista

Por Nancy Sosa. La periodista señala las diferencias entre las gestiones kirchneristas y la primera década de gobierno peronista.

“Si alguien no se hizo peronista en esos 12 años de nuestros gobiernos… tal vez se hicieron kirchneristas, porque no vivieron el peronismo”. Frase errática de la vicepresidenta de la nación. Como diría la señora Mirta Legrand, con su dedito pasando de un hoyuelo a otro: “lo digo, o no lo digo”. Otros se preguntan: ¿qué quiso decir Cristina Fernández de Kirchner? 

Sin dar demasiadas vueltas el inconsciente se hace presente en la incertidumbre de la afirmación. ¿Cree, verdaderamente, que el kirchnerismo es igual que el peronismo? La respuesta es clara y sencilla: el peronismo no tiene nada que ver con el kirchnerismo, aunque quiera emparentarlo solamente en tiempos de campañas. Esa vaca no da más leche y es conveniente ir a ordeñar a otro parte donde se abrevan ideas perdidas de la izquierda. 

Para empezar, el peronismo no dejó ni en sueños el nivel de pobreza que el kirchnerismo fue acumulando durante sus primeros 12 años de gobierno, y ahora con la pandemia ya tiene que aceptar -sin chistar sobre Mauricio Macri- que el gobierno de Alberto Fernández es el promotor del 45% de pobres que hoy se exhiben. Por el contrario, el primer peronismo generó que el sistema productivo y laboral se agrandara y entrara gente que nunca había tenido un empleo en blanco, con salarios dignos, jubilación y hasta vacaciones. El kirchnerismo lo achico y expulsó a dos millones de personas más a la informalidad y la pobreza. 

Hoy se dice, muy suelto de cuerpo: “el Estado te cuida”. Sí, te cuida y hace desastres como la ampliación de la plantilla previsional especulativamente ampliada en el gobierno de “la señora”. El primer peronismo afilió al Instituto Nacional de Previsión Social a 3.245.000 personas en un quinquenio porque los conservadores y los radicales de la época no los contemplaban, pero al mismo tiempo aumentó la capacidad de ahorro popular, los depósitos en los bancos se triplicaron entre 1943 y 1948 y fomentó la idea de la austeridad y el ahorro. 

El ahorro era una conducta que se fomentaba en la infancia desde el hogar y la escuela pública; los niños argentinos tenían su libreta de ahorro desde sus primeros años y aportaban a ella para tener un pequeño capital en el futuro. En aquella Argentina se afianzaba el bienestar y la previsión social, el consumo se reducía y la producción crecía. Entre 2003 y 2015, y luego a partir de 2019 se impuso el consumismo. Claro, si la primera dama y luego presidenta y vicepresidenta del país no va ni a la esquina sin una cartera de Luis Vuitton, y guarda sus dinerillos en las bellas islas del lado oriental sudafricano, ¿de qué ahorro podemos hablar? 

El Kirchnerismo degradó al máximo extremo la herramienta de los subsidios, que ya debería desaparecer tanto para los planes a desocupados como a las grandes empresas que se han acostumbrado a hacer negocios bajo la sombra del Estado subsidiante. Predomina en la economía más la caja de subsidios que la herramienta de los convenios colectivos de trabajo instaurados en el primer gobierno peronista. Nada es perfecto, todo es perfectible, y en el sindicalismo de hoy hay unas docenas de dirigentes que debieran hacerse cargo de la caída estrepitosa del nivel salarial y el poder adquisitivo, por su genuflexión ante el poder kirchnerista. 

En el primer peronismo ya se sabía que cuando la emisión monetaria y el respaldo financiero dejan de tener correspondencia, el único resultado es que se dispara la inflación. Y Perón la domó en dos años cuando en 1951 tuvo que aplicar la “racionalización económica”. ¿Alguien percibe que este gobierno utilice estos términos o reaccione frente a las anomalías económicas por ellos provocadas? 

Perón aconsejó en esa instancia dramática, cuando por la suba de precios apareció el pan negro en las mesas de las familias, que la salida era “producir más y consumir menos”. Nunca fue un consumista. Todos recuerdan cada saco y sobretodo que “el Viejo” usó durante toda su vida. Y Eva Perón solo hizo alarde del lujo cuando viajó a Europa porque la convencieron de que tenía que parecer una reina, o cuando iba al Teatro Colón a desafiar la estética de las señoras de clase alta. Siempre usó sus trajes sastres, sus vestidos sencillos y blusitas como la mayoría de las mujeres de su época. 

Según Perón el antídoto para contrarrestar los males de la pobreza es la “justicia social”, que el Estado debe concretar asegurando el trabajo, la salud pública, la educación y la previsión y asistencia social. Esos parámetros, junto con la justicia social han desaparecido, hoy el panorama es lastimero en las calles de la ciudad de Buenos Aires por los miles de seguidores de los movimientos sociales que anhelan desbancar a los sindicatos para, justamente, profundizar la informalidad y la pobreza. La perversidad de la izquierda no tiene límites y a ella adhieren los dos Fernández como si estuviesen liderando una “revolución”. Sí, una revolución para hundir a la Argentina. 

De acuerdo al kirchnerismo, se preguntan los trabajadores argentinos: ¿cuáles son los medios propuestos para superar la pobreza? Porque en el primer peronismo lo más importante era “la elevación del nivel de vida hasta el standard compatible con la dignidad del hombre y el mejoramiento económico general”. También la propulsión de organizaciones mutualistas y cooperativas, el incremento de la formación técnica y capacitación profesional, los préstamos para la construcción y renovación del hogar obrero y de la clase media, de los pequeños propietarios, rentistas y jubilados modestos, el estímulo, fomento y desarrollo del vasto plan de seguridad social y el mejoramiento de las condiciones generales de trabajo. Nada de eso se ve en los gestos -porque de planes ni hablar- de la dirigencia kirchnerista. 

La pobreza se asociaba en aquel entonces siempre con la clase trabajadora, con “el pueblo humilde”, al que el propio Perón consideraba “lo único permanente en el país”, “la única base de sustentación para la unidad nacional”, porque era en su doctrina la esencia de lo que denominaba la “comunidad organizada”. Hoy prevalece la desorganización dentro de la comunidad por conveniencia de un grupo de piratas que creen convencer políticamente desparramando dinero, a todas luces insuficiente para resolver los problemas diarios de quienes lo reciben. 

El Peronismo del 45 al 55 produjo un ascenso social reflejado en el aumento del nivel ocupacional de los obreros, que fue de 846.111 en 1943 a 1.151.309 en 1947, mientras el aumento en los salarios, tomando como base 100 para 1943, alcanza un índice de 271,9 para 1948, es decir un aumento de un 99,8 % entre 1943 y 1947 para el salario medio de un obrero. 

Antes de fijarse tanto en el macrismo, la sucesora en el orden presidencial debería tomar en cuenta el nivel de odio y venganza que anida dentro de las filas que ella comanda porque, si se trata de pensar y aceptar al otro, no es el kirchnerismo precisamente el más apropiado para hablar de eso y está a la vista con los últimos sucesos. 

A riesgo de ser demasiado explícita, la sugerencia sería que abandone los ataques contra el enemigo viejo porque ya no da rédito, ni siquiera en la campaña electoral que se transita. Es un error no forzado en contra de la propia tropa, dentro de la cual figuran unos cuántos hombres y mujeres que sirven a los propósitos ideológicos bajo el disfraz del periodismo. 

En todos los gobiernos se producen fallas, equivocaciones no queridas, pero las transgresiones a las leyes que el mismo gobierno dicta deben ser marcadas por la oposición, justamente porque cumple con ese deber democrático. Para eso está. Quien siente humillación tiene un problema psicológico personal, toma todo en forma personal, y está lejos de considerarse que practica el arte de hacer política. Cuando el kirchnerismo es oposición sus reacciones son verdaderamente agresivas y violentas, y nadie se queja de nada a menos que se excedan en la falta de respeto y avasallen los derechos de los demás. 

Pero se hablaba desde el principio de esta nota que el kirchnerismo no es el peronismo. Sin embargo, se empeñan en emparentarlo. A falta de un Ginés González García, sanitarista, o un Gollán venido a menos como candidato a diputado nacional con el mayor nivel de rechazo popular bonaerense, el Canal 7 del gobierno ahora trasmite historietas animadas sobre salud y enseñanza de ese tema por parte de un personaje llamado Ramón Carrillo, un verdadero médico y sanitarista del que todo el peronismo guarda memoria por su sapiencia y capacidad de trabajo en la primera década de gobierno de Juan Perón. 

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