Donde hay internas, hay democracia

Por Nancy Sosa. La periodista sostiene que aceptar la horizontalidad del poder “supone crecer en el pensamiento político, perder el miedo a la competencia y aprender a dialogar”.

Contrariamente a quienes analizan como signo de conflictividad las internas planteadas por Juntos por el Cambio -o Juntos-, esa confrontación dentro de las PASO, por primera vez desde que el kirchnerismo creó ese mecanismo, le dará sentido a esa elección previa a la definitiva de noviembre, este año. 

Conviene recordar a algunas mentes olvidadizas y siempre dispuestas a la manipulación pública, que el peronismo -peronismo, y no kirchnerismo- hizo ese intento de incorporar partidariamente el concepto democrático y la sana competencia para elegir candidatos presidenciales, el 9 de julio de 1988. Antonio Cafiero, el verdadero renovador peronista, versus el renovador disfrazado Carlos Menem aceptaron jugar esa partida en la que perdió, nada menos, que quien propuso la contienda. 

Eso es historia, y estamos de acuerdo en eso, pero fue un hecho en el que se confiaba que podría cambiar la forma de ejercer la política dentro de un partido tradicional donde más de un dirigente se creyó Perón y usó el dedo a su antojo. 

Es por esta razón que el peronismo -y no el kirchnerismo- está en deuda con la democracia explícita, y por no cancelarla se ha quedado estancado en el tiempo. Ante su ausencia, el bullicio kirchnerista y sus máscaras lo emulan sin acertar en lo esencial. Es decir, en vez de progresar, evolucionar y convertirse en una expresión moderna, repite las mismas argucias arraigándose a lo único que le conviene: el verticalismo autoritario. 

Hablar de poder político hoy, en el siglo XXI, es hablar de cómo se concibe ese poder en la mesa de arena de las estrategias, donde las viejas fórmulas piramidales que mantienen la potencia del poder en su punta han caducado, pero en su retirada tampoco dejan espacio para que crezca el pasto de la horizontalidad. 

Concebir el poder político como horizontal presupone que éste contiene esencialmente a la democracia, acepta que el poder es la suma de criterios de equipos conformados para perseguir un mismo objetivo en beneficio de la sociedad y no de una persona en particular. 

El poder horizontal se puede dar el gusto de contar con infinidad de líderes compitiendo entre sí, honestamente, para crecer en el plano de las sanas ambiciones políticas y donde el espacio, los lugares y las responsabilidades se disputan para poner en juego la eficacia de los matices dentro del abanico de objetivos comunes. 

En cambio, el poder vertical -el verticalismo-, responde a una antiquísima concepción cuyas características básicas son el autoritarismo de una sola persona hacia distintas líneas de subordinados y obsecuentes que sólo saben decir sí con la cabeza gacha. Es lo que rigió por siglos, es lo que creó la costumbre del sometimiento, de la obediencia, de la servidumbre voluntaria, de la compra de voluntades por conveniencia, de la distribución de puestos legislativos a cambio de algo, y, sobre todo, a adherir a un pensamiento único que bloquea el pensamiento propio. 

Por eso, en estas elecciones del próximo domingo 12 de setiembre, la particularidad de blanquear los deseos electorales de cada sector es una contribución inestimable al ejercicio democrático que exigen las elecciones cada dos o cuatro años. Que gane el mejor, y que el sistema D’hont, haga el reparto correspondiente e intercale a quienes alcancen el 15% de los votos del conjunto del partido en cada distrito. 

¿Parece que no hay unidad interna? El típico concepto de los verticalistas se asienta desde el principio de los tiempos en la hipocresía de la “unidad”. Se llenan la boca de “unidad, unidad”, pero una vez que pasa la elección vuelven a matarse como siempre porque la impiedad no es sólo para los “enemigos” de afuera, sino también para los de adentro. No es cierto, y nunca lo fue que: “el que gana gobierna y el que pierde acompaña”. Falacia, si las hay en un conjunto de lugares comunes que ya deberían jubilarse del lenguaje político. 

El verticalismo únicamente justifica la prepotencia del poder, apenas le concede algunos derechos a un líder de turno que no tarda en tomar las riendas y usar “todo” el poder en beneficio propio. No es verdad que quienes practican el verticalismo “piensen en el pueblo”: les importa un bledo el pueblo, quieren solamente que los voten y luego se callen la boca y acepten las tropelías que están dispuestos a cometer de antemano. 

Entre las peores cualidades del verticalismo se encuentra la construcción de castas, de grupos de privilegio de los cuales la solidaridad ha fugado hace rato y fue reemplazada por el negocio político, la explotación de la pobreza con la excusa de la concesión de favores que no alcanzan ni para poner la mesa del mediodía. No es la piedad el mejor sentimiento de estos grupos, sino la indiferencia oculta, esa que no se proclama porque es antipolítico confesar semejante insensibilidad. 

En cambio, el poder horizontal es, literalmente, un círculo en el que la mayoría analiza, comparte, discute, acuerda, consensua y arriba a las conclusiones más favorables para el conjunto. El líder siempre aparece en ese conjunto con la legitimidad que le da el reconocimiento de su mérito para representar, de la responsabilidad manifiesta para llevar a cabo los objetivos comunes a los intereses de todos. 

Claro está que no es fácil establecer esta modalidad diferente en el manejo del poder, sobre todo en un país como Argentina, donde el inflador de los egos tiene kioscos cada media cuadra por si se desinflan como las ruedas de las bicicletas. 

Aceptar la horizontalidad del poder supone crecer en el pensamiento político, perder el miedo a la competencia, aprender a dialogar, a escuchar, a deponer los caprichos personales, a manifestar habilidad para hallar puntos de encuentro y acordar bajo el método de ganar-ganar, donde no todos ganan todo, pero tampoco pierden todo. La base es el equilibrio, y básicamente la equidad. 

Y esto es lo que sucederá el domingo. Algunos ganarán, pero otros tendrán la posibilidad de no perder todo, y los primeros tendrán que compartir la lista, según los números. ¿Quién define esto?: la gente que irá a votar. Los dedos quedarán en suspenso, salvo en aquellos espacios donde ya dirigieron las listas, pusieron los nombres que -por ejemplo, en el Frente de Todos- la vicepresidenta de la nación aprobó. Sin embargo, en Santa Fe o en Tucumán, tal vez, el dedo haya chocado con los anhelos libertarios de algunos “díscolos” dispuestos a defender sus derechos de participar más allá de la voluntad del soberano partidario. 

Se insiste con el título: “donde hay internas, hay democracia”. La autora estuvo siempre en contra de las PASO porque no cumplían con la misión original. Este año parece que, gracias a la pandemia, se verá cuan saludable es repartir el juego y sacarle el corset a la política tradicional. 

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