Problemas de identidad de una tal Cristina

Por Nancy Sosa. La periodista analiza el panorama electoral tras la contundente derrota del Gobierno en los comicios, y los posteriores cambios de gabinete.

A esta altura de los acontecimientos, deseados o no queridos, queda claro que la actual vicepresidenta Cristina Fernández afronta un problema de identidad que va más allá de la propia persona y su línea de descendencia; abarca nada más y nada menos que a sus propias creencias y al juego perverso que ella hace del mal uso y abuso del peronismo, cuando le conviene. 

Desde el punto de vista de la identidad personal (circunstancia de ser una persona o cosa en concreto y no otra, determinada por un conjunto de rasgos o características que la diferencian de otras) está claro que su problema no es con el nombre de pila, Cristina Elisabet, aunque el segundo nombre le pesa por no completarse con la “h”, como todas las reinas. Papá y mamá solo se guiaron por el sonido. El problema está en los apellidos: con el Fernández nunca se llevó bien porque era el de su papá -o padrastro, no está claro-, con quien tampoco se llevó bien porque el pobre era colectivero. 

La historiadora Araceli Bellota nos recuerda que Cristina Fernández renegaba desde muy jovencita de la clase social a la cual la obligaba a adscribir no solo el tipo de trabajo de la figura paterna, sino también la de su madre, otra laburante, tablonera e hincha de fútbol como pocas de su edad. Cristina quería pertenecer al Jockey Club de La Plata cuando solo tenía quince años. Por su extracción social nunca la hubieran dejado entrar y se puso de novia con un rugbier que sí pertenecía a una clase más alta por familia, antes de conocer a Néstor Kirchner. Mejor no recordar esa experiencia. Quedó sangre en el ojo y por eso ahora se compra cuanta cartera Luis Vuitton encuentra en el camino. 

Quiere decir que desde su adolescencia ya padecía “crisis de identidad”, y también dentro de la política. Militar, como todos los jóvenes de la década del 70, era una obligación, pero ella siempre tuvo esa reticencia a someterse a un líder de verdad. Tal vez, en el fondo de su corazoncito, quería ser “la” líder. Alcanzó a sumarse a los seguidores de Abelardo Ramos, un intelectual que al final se alió con Juan Domingo Perón. O sea, cayó dentro del peronismo, de costado, como un friso egipcio, aunque no lo quisiera a Perón ya desde aquella época. 

El fracaso del romance con el rugbier la depositó en los brazos del Flaco Kirchner, un tipo feo pero vivo, con seducción, labia y mucha ambición, que le prometió el oro y el moro. Fue entonces que descubrió que para “pertenecer” a otra clase social antes había que tener plata, no escabullirse en los registros del Jockey Club. 

El plan estuvo bien pensado, pero debe haberse convertido en algo muy grande y atractivo cuando Néstor empezó a crecer políticamente: fue intendente de Río Gallegos, luego gobernador de Santa Cruz. La ya Cristina Fernández de Kirchner fue comiendo los cuartos que Néstor le iba dando de a puchos para que no tuviera que pelear por sí misma: primero diputada nacional, después senadora nacional. 

Néstor, el verdadero lúcido de la pareja, el hacedor, el acumulador de fondos más notable de la historia argentina, llegó a presidente de la Nación. Y ahí surgió el pacto real de la pareja: “El primer mandato es tuyo, el segundo es mío”. El segundo fue para ella después de una enorme discusión. Y Néstor tuvo que usar el dedo para designarla como candidata a presidenta en una elección que contó con todo el poder del Estado. Ella, ni siquiera tuvo que hacer campaña. Cristina Kirchner estaba puesta por su marido. 

El Fernández de su apellido nunca brilló. Tuvo alguna presencia cuando inventó la fórmula para el 2019: Fernández-Fernández. Común, pero también poco común. Hay tantos Fernández en la Argentina que hasta se pudo pensar desde el marketing que era un hallazgo empático en el electorado. Y ganaron, no tanto por la osadía ni la cantidad de Fernández en el padrón como por la caída de la economía en el gobierno de Macri. 

Pero, en los comienzos ella no percibió que su delegado como virrey en el Río de la Plata no tenía planes de gobierno y poco importaba esa carencia en el cúmulo de juicios por presunta corrupción que pretendió resolver en su favor. Porque para eso quería el poder, no para gobernar, de tal modo que hasta se conformó con ocupar el segundo lugar. ¿Dónde se ha visto que una reina se resigne a ocupar el segundo lugar? Muchos elogiaron la “estrategia genial” de mandar al frente a otro Fernández. ¿Pensó acaso que el émulo de su apellido iba a resolverlo todo? Como gran originalidad, el émulo dijo no creer en los planes. Claro, ¿cómo va a creer en los planes de gobierno si nunca supo cómo era uno? 

La decepción de la Cristina que de a poco no quiso ser más Fernández fue agravándose con el tiempo y se manifestó en el destrato, en papelones públicos, en subestimaciones permanentes, en órdenes directas de una segunda al primero, en un desplume de la primera magistratura como si fuese una gallina pelándose con agua caliente. 

El colmo de los colmos fue la derrota electoral del 12 de setiembre de este año, donde el Frente de Todos perdió por paliza en el país entero. La cara del fracaso, esa noche fatídica, mostró la vergüenza de la vicepresidenta, mirándose los zapatos, una pose que hasta el más magro asesor de marketing diría que no hay que tener en público. Ni el barbijo la ayudó a soportar el escarnio del derrumbe electoral. La discusión de esa noche dejó en claro que el único que tenía que hacerse cargo de la derrota, hablando, era el Fernández I, quien lo hizo como si acá no hubiera pasado nada y mañana comenzara todo el juego de nuevo. Sin lamentar nada, sin cara de compungido, habló como si se tratara de uno más de esos discursos en los que solo sobresalen sus altos y bajos sonidos guturales para romper la monotonía que, él sabe, está implícita en sus alocuciones. 

Fernández I, el único que sabe que su identidad vale poco, o casi nada, creyó que la debacle lo habilitaba a oxigenar con ciertas iniciativas de gobierno, pero ni sospechó que había quedado al borde del abismo, pendiendo de una cuerda, acicateado por un nuevo gabinete designado íntegramente por la nueva Cristina Kirchner. 

La composición del nombre Cristina Kirchner tiene otro peso y un poder reconocible que une el de ella con el de su difunto esposo. Por eso abandonó el Fernández que la emparentaba con su pareja presidencial, pero solo da para conducir un colectivo de tan común que es, sin desmedro de los millones de Fernández que hay en el país. 

Ella hizo cirugía mayor, hizo cortes en el nombre y el gabinete, puso a dos de los más peligrosos piratas de la política argentina a demostrarle a Fernández I cómo se gobierna, con qué carácter, y con qué iniciativas, a qué hora se empieza a trabajar y para qué sirven las reuniones de los miembros del gabinete. A Alferdez le quedó la quinta de Olivos como símbolo de que aún retiene la investidura presidencial. El vaciamiento fue tan feroz que hasta La Cámpora desapareció del escenario porque unos cuantos quedaron tendidos sobre el asfalto de las urnas. 

La identidad es todo y puede identificarse con un ropaje distintivo. Cristina Kirchner no reforzó solamente su nombre, ahora volvió a los orígenes del peronismo, como suele hacer cada vez que se ve perdida. Va a hablar de Perón como una figurita repetida, pero con la salvedad de que ahora, el recurso suena remanido, antiguo, sin consistencia. Atrasa más que el kirchnerismo, atrasa más que el camporismo, atrasan todos en el gobierno. El retroceso es tan feroz que ahora ni siquiera se ponen de acuerdo sobre si el ministro de economía Martín Guzmán hizo o no un ajuste económico durante su gestión. ¿No saben, o no se acuerdan? Con mirar una boleta de consumo de la electricidad se pueden dar cuenta. 

Finalmente, CFK no es la única en tener problemas de identidad. La ministra de las Mujeres en el orden nacional también los tiene: después de acusar a Juan Manzur por impedir, como gobernador, que se le practique un aborto producto de una violación a una niña de 11 años, tuvo que saludar y hacer nuevas migas con el flamante jefe de gabinete. Este es un problema de identidad de género, ése que insiste en la nueva modalidad del lenguaje inclusivo -es decir, pone el acento en la forma del lenguaje y no en el fondo-, obviando la profundidad de la desviación de gobernador de Tucumán sobre una ley de carácter nacional que debió poner a consideración de su provincia. Y toca también una fibra íntima de la identidad de la vicepresidenta que tiene, aparentemente, contradicciones no resueltas desde el punto de vista personal con la cuestión del aborto. 

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