El debut de Máximo Kirchner en el Congreso fue con un conflicto “inmobiliario”

Protagonista de una de las noticias de mayor impacto político de la gestión del Frente de Todos, el hijo de los Kirchner arrancó su carrera legislativa haciendo ruido por un episodio muy especial.

Las puertas del despacho habían sido fajadas para evitar su intrusión.

Estaba cantado que ni bien llegara a ocupar una banca en el Congreso atraería todas las miradas. Hablamos de Máximo Kirchner, quien logró esa atención aun antes de llegar al recinto luego de ser elegido por la provincia de Santa Cruz en 2015. Fue cuando se armó una fenomenal disputa en torno al despacho que ocuparía en el Congreso.

Diputado raso, en condiciones normales hubiera ido a ocupar alguna de las diminutas oficinas del Anexo de la Cámara de Diputados. Pero no era cualquier diputado, sino el hijo de los dos presidentes anteriores que había tenido el país y como tal en su bancada pensaron que debía estar en el Palacio.

El episodio forma parte de uno de los capítulos del libro “Gobernar en Minoría. El karma de la gestión Cambiemos”, de José Angel Di Mauro (2019, Editorial Corregidor), y así fue reflejado:

En lo primero que pensó Emilio Monzó al iniciar su operativo de seducción fue en los despachos, cuya distribución corresponde a las autoridades de la Cámara, pero es uso y costumbre que los diputados que se van decidan por su cuenta el destino de los mismos. Así es que José María Díaz Bancalari, un histórico dirigente peronista que supo ser jefe del bloque durante el último tiempo en que se llamó PJ -gestión Duhalde y primera etapa de Néstor Kirchner- le había dejado sus amplias oficinas en el Palacio Legislativo nada menos que a Máximo Kirchner, y esas dependencias generaron una insólita disputa.

Eran tiempos positivos para el gobierno y ese coyuntural estado de gracia fue sintetizado por el periodista Gustavo Noriega en un tuit concluyente: “Macri y Massa en Davos, Scioli en Intratables y La Cámpora peleando una oficina. No sé si Cambiemos va a volver a tener un día así de dulce”.

El titular de la Cámara tenía decidido distribuir los metros cuadrados en función del resultado electoral y de la representación a partir del 10 de diciembre. Y había resuelto destinar ese despacho a José Luis Gioja, electo vicepresidente primero de la Cámara baja, y quien había sonado para presidir Diputados si hubiera ganado Daniel Scioli. Tenía la experiencia de haber sido presidente provisional del Senado en tiempos de Duhalde e inicios de Néstor Kirchner.

Pero no era lo que pensaba La Cámpora, que había confinado al sanjuanino a un pequeño despacho del Anexo de la Cámara, lo que hizo que Monzó personalmente se comprometiera a darle un espacio más acorde. Con la deliberada intención de meter cuña en la interna peronista.

“Lo del despacho de Máximo sabía que era un tema comunicacionalmente fuerte, pero lo que estaba por debajo de eso, que luego terminó acordándose, era que quienes habían sido mayoría durante casi el 80% de la democracia, no solo los últimos 10, 15 años, aceptaran que ahora eran un 30% de la Cámara”, recuerda Monzó. Esto es, ya no podían contar con el 70% de los recursos disponibles.

La controversia se dio en pleno verano y tuvo como epicentro las oficinas 305, 307 y 340 que había dejado Díaz Bancalari. Ubicadas en el tercer piso del Palacio, un día de enero de 2016 apareció con fajas y la cerradura cambiada. La explicación oficial era que cuando se produjo el recambio legislativo, los bloques dieron una asignación preliminar a los despachos que dejaban los diputados salientes. Pero cuando las nuevas autoridades de la casa resolvieron reasignar los despachos, decidieron que debía dejarse de lado la disposición adoptada en 2007, cuando a raíz del triunfo del FpV el kirchnerismo reclamó para sí el tercer piso.

Los kirchneristas rechazaron de plano que se planteara una redistribución del espacio en el Palacio Legislativo a través de una suerte de “sistema D’Hont”. Argumentaban que el tercer piso siempre había sido del peronismo, como el segundo le correspondía al bloque radical. Y aclararon que no todo el tercer piso estaba en manos del FpV, pues ahí tenían despachos la massista Graciela Camaño y la macrista Patricia Bullrich, aunque ella ya había renunciado para pasar al Ejecutivo.

Los kirchneristas reconocían que lo que cambió la distribución del tercer piso fue la Sala de la Juventud Néstor Kirchner -el despacho asignado al expresidente santacuceño en su breve paso como diputado nacional, devenido tras su muerte en un lugar emblemático de reuniones-, como así también el comedor del bloque.

En el tercer piso estaban los despachos de Carlos Kunkel, María Teresa García, Edgardo Depetri, Andrés “Cuervo” Larroque, Eduardo “Wado” De Pedro, Juliana Di Tullio y el presidente del bloque. Tenían también oficinas el salteño Pablo Kosiner, el exgobernador misionero Maurice Closs y, ahora, Máximo Kirchner, el despacho en disputa.

“Yo tenía que presidir siendo equitativo con los recursos de la Cámara, de acuerdo con la representación que cada uno de los bloques tenían en el recinto -comenta Emilio Monzó-. Esto implica desde un asistente en un despacho, al despacho en sí. Los mejores despachos eran una herramienta de negociación”. Y para esa negociación, estaba claro que el kirchnerismo tenía, de acuerdo con el resultado electoral y su representación, un exceso de recursos dentro del Palacio Legislativo.

Máximo Kirchner al asumir como diputado por primera vez en 2015.

La Cámpora decidió entonces resistir y fue así que jóvenes militantes se turnaban durante el día para permanecer en su interior y evitar que fuera recuperado por autoridades de la Cámara. En ocasiones alguno se quedaba incluso a pernoctar, cuestión de que la seguridad fuera completa. ¿Cómo pudieron ingresar, si las autoridades habían cambiado la cerradura y pusieron una faja? El despacho tenía dos puertas de acceso y sólo habían cerrado una.

“No tengo problema de que sea de Máximo Kirchner”, terminó expresando Monzó, advirtiendo no obstante que “lo que hay que hacer es recuperar esos metros cuadrados con algún despacho de otro diputado nacional, porque hay autoridades de la Cámara que hoy no están dentro del Palacio”. La solución sobrevino después de dos meses de intensas negociaciones, cuando dos históricos como María Teresa García y Carlos Kunkel aceptaron mudarse al edificio Anexo.

“Yo no usaba el salón grande del bloque, usaba mi despacho…”, señala Héctor Recalde al recordar los problemas con el reparto de oficinas, y expresar sus reproches al oficialismo: “No nos daban oficinas en el tercer piso… Teresa García tuvo siempre una actitud muy generosa y muy amplia para ceder espacios, y se terminó yendo enfrente. Yo no quería, pero ella resignó el lugar”.

Concluida la prolongada conflagración y para curarse en salud, las autoridades de la Cámara publicaron una resolución a través de la cual a partir de entonces quedaba establecido que el secretario general del cuerpo sería quien distribuyera y asignara los despachos, y que la “desocupación y restitución en tiempo y forma” de las oficinas que ocuparan los diputados nacionales sería un requisito “de cumplimiento ineludible” previo a la percepción de la liquidación final de sus haberes. Y aquellos que no cumplieran con la restitución de dependencias, serían multados con una fuerte suma de dinero.

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