¿Falopa? Hablemos de otra cosa

Por Daniel Bosque, director de Mining Press y EnerNews. El autor analiza el trágico episodio a raíz de la distribución de cocaína contaminada.

“El tabú no es una neurosis, sino una formación social” (Sigmund Freud, en Tótem y Tabú). 

País tracción a sangre. Cada tanto, bastante seguido últimamente, una tragedia salta a las placas rojas y genera nuevos escenarios. El soldado Carrasco terminó con la colimba obligatoria, el ARA San Juan con el atado con alambre y vamos para adelante. Con los temas narcos ocurrirá otra cosa. Los intoxicados con la merca estirada del GBA, lo mismo que los muertos en la fiesta en Costa Salguero de hace cinco años serán barridos debajo de la alfombra más temprano que tarde. 

Tiene su lógica. El desastre de la droga encarnado desde hace décadas y espiralado con la crisis inédita y la pandemia no merece ninguna atención posible, ni desde el Estado ni desde la sociedad. Sólo las familias tocadas por el calvario de alguien esclavizado por las drogas saben de la soledad absoluta, de romperse los nudillos golpeando a las puertas del cinismo. 

Nadie va a corroer esta coraza mortal. El narco, los narcos, con su cash flow son dueños de la política. Que no salga de Sudamérica este secreto: Mandan a la policía y tienen a sueldo a jueces y políticos. El horror de hoy, que en una semana será olvidado, pareciera una historia exclusiva del enclave geográfico de los Ni-Ni, pero no sólo en el sombrío conurbano bonaerense, jóvenes y no tan jóvenes golpean las puertas de los bunkers. Esta es falopa outlet, que rara vez se muestra, pero es de consumo masivo y con muchísima causa-consecuencia con el delito de pobres contra pobres.  

Pero el océano de la drogadicción argentina es extenso y profundo también en el mundo del trabajo sindicalizado. Un tema tabú del que nadie quiere hablar, pero que todos conocen. Nelson Pizarro, el chileno ex presidente de Codelco advertía diez años atrás sobre el fenómeno “wachiturro” la minería de su país que son las nuevas generaciones atrapadas por el hábito de los estupefacientes.  

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Nadie lo va a decir, pero de este lado de los Andes hay muestras elocuentes de accidentes de trabajo que tienen que ver con el consumo. Y cada tanto circulan videos de asambleas de los grandes sindicatos donde se corean cantitos pro falopa y se rechaza todo intento de testear estupefacientes a los laburantes.  

Unos se ríen, otros hacen como que se preocupan. La adicción es tótem y tabú. No forma parte de las políticas de salud mental, cuya ley garantista se ha transformado en un cepo para los entornos de los drogadictos. Y no forma parte de las políticas de inclusión, focalizadas en la promoción de la igualdad y el combate a la violencia de género.  

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¿Y los miles y miles de argentinos destruidos por la droga? como los desaparecidos para Jorge Rafael Videla: No están, no existen, son una entelequia. 

Hay un negocio subsidiario, de muchísimos ceros, de la salud privada, al servicio de la recuperación de adictos, para el que pueda pagarlo. El resto mendigará con el clamor que hoy sale en la tele: “por favor hagan algo que mi hijo se muere”. A estos efectos, no es lo mismo ser una estrella del pop que balea a un policía que Juan de los Palotes. 

El gobierno argentino está diciendo hoy que cada día se venden 200.000 dosis de cocaína en el AMBA, podrían ser 400.000 o un millón, cuesta creerle en esta materia oscura a los que suelen mentir asiduamente. Dice una “estadística oficial” que la drogadicción creció del 3 al 9% en una década. ¿No será mucho? ¿No será poco?  

Pensemos por favor en otra cosa que la vida es bella. La pandemia les ha dado a los burgueses más comodidades cibernéticas y un efecto burbuja. Nos ha alejado de la intemperie de la calle, de la noche de los arrabales, donde los soldaditos del dealer les dan caño o confort espiritual a millones de argentinos infelices o sin rumbo. “Eso les pasa por no tomar de la buena” es el mensaje imbécil que más se escucha hoy en la política, en los medios y entre aquellos que “esnifan” contentos de la vida porque es más barato que en Europa.  

Hay facturas políticas entre los que hicieron más y los que hicieron menos. En los barrios populares tienen la posta de cuando sus hijos, hermanos y padres han estado más o menos esclavos de la “frula”. Bienvenidos a Centroamérica del Sur, el desastre ya habita entre nosotros. Estamos como somos, decía el recordado Tomás Bulat. 

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