Una guerra difícil: misiles vs. CBU

Por Nancy Sosa. La periodista analiza el avance militar de Rusia, que mantiene al mundo en vilo.

El despropósito bélico cometido por el líder ruso Vladimir Putin contra una nación democrática, Ucrania, convulsionó al mundo entero, básicamente por las imágenes de los espeluznantes lanzamientos de misiles sobre territorio ucraniano, el éxodo masivo de habitantes y la destrucción de la casi totalidad de sus aeropuertos, previsto todo en una estrategia de ataque que no se veía desde la Segunda Guerra Mundial. 

El concepto de guerra se había modificado durante la Guerra Fría durante la cual, no obstante, los conflictos armados no desaparecieron; fueron circunscriptos, focalizados, pero sin anexión de terrenos conquistados. Los pocos intentos de conquista resultaron fallidos y el retiro de tropas solo dejó en el abandono a los países atacados, ya fuesen por parte de Estados Unidos como de la URSS o la actual Federación Rusa. La dominación desde 1945 varió en sus formas y usó un abanico de opciones armamentísticas que nunca llegaron al extremo de suponer que se estaría frente a la tercera guerra mundial. De todos modos, no se pueden negar los estragos cometidos. 

En cambio, la incursión de fuerzas rusas esta semana en territorio ucraniano, y el nivel manifiesto de belicidad, exhibe un franco interés de apropiación de una nación independiente -antes incluida en lo que se denominó la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas- decidida ahora a sumarse al sistema democrático para dotar a los ciudadanos de derechos y mayores libertades, y construir una red de relaciones diplomáticas y comerciales con los países europeos. El modelo ucraniano, igual que el de Georgia, son un espejo en el que Putin no quiere mirarse porque prefiere la autocracia. 

El despliegue militar a tres bandas por parte del gobierno ruso revive los desmanes de la carrera armamentística y la cantidad de dinero que ella insume, e ignora las prioridades de sobrevivencia en el mundo entero, sacudido por los niveles de pobreza e indigencia que en la totalidad del planeta es de 1.300 millones de personas, carentes de alimentos suficientes para su supervivencia, acceso al agua potable, cloacas y electricidad, según las Naciones Unidas (ONU). 

Se trata de la cuarta parte de la población mundial en los 104 países estudiados para obtener el Primer índice de Pobreza Multidimensional global, de los cuales la mitad son niños. 

Pero la confrontación despareja entre Rusia y Ucrania puso además al descubierto un escenario insólito, convertido en un intríngulis de difícil dilucidación, en el sentido de las “armas” usadas en esta conflagración de la que el resto del mundo participa de alguna forma. Como en una parodia de la Segunda Guerra mundial ya se encuentra el bando de los “aliados”, que en realidad son los países occidentales, volcados con decisión a cercar al agresor principal por medio de restricciones de carácter económico, sin poner el cuerpo ni las armas de la OTAN. El panorama rumbea a trazar el nuevo mapa del reordenamiento mundial, donde los agrupamientos se identifican entre occidentales y orientales. Una vieja disputa que la Multilateralidad había desvanecido con el despliegue de un comercio internacional más basado en el pragmatismo que en la ideología, menos establecido entre hemisferios y más abierto a las conveniencias de los intercambios. 

Es aquí cuando aparecen las “nuevas armas” en el campo de batalla donde, la imposibilidad de ayudar a Ucrania con soldados y armamentos porque no pertenece a la OTAN, aparecen estrategias dañinas en lo económico como modo de frenar al enemigo. Suena a ridiculez frente a los misiles, los tanques y los anfibios rusos, que Occidente haya desenfundado la posibilidad de cancelarle los CBU -código de transferencias bancarias- a los banqueros y nuevos ricachones rusos diseminados por todo el mundo, y en particular al Banco de Rusia.  

Esta vez la política no se prolongó por medio de la guerra en exclusiva sino con la amenaza de cerrar el grifo de los gasoductos a toda Europa por parte de Rusia, la que a su vez tendrá que acopiar su extraordinaria producción de trigo hasta que pase el chubasco pues occidente no se lo comprará, a menos que la República de China lo haga, no solo con el trigo sino con el combustible, los agroquímicos, derivados de la minería y otros productos de uso mundial. 

El avance brutal de las tropas de Putin sobre Ucrania resultó por un momento un mal chiste después de escucharlo decir que es mejor que los propios pro rusos ucranianos deberían tomar el gobierno del presidente ucraniano Volodímir Zelenski, para hacerle más fácil la incursión y anexar Ucrania a su imaginaria URSS. La declaración de Putin no le causó ninguna gracia al actor cómico que llegó a presidente de esa nación, quien por estas horas ha suspendido su sentido del humor, con razón: lo dejaron solo después de haber hecho todos los deberes para pertenecer a la Europa occidental.  

Vale comprender que “Occidente” no puede actuar desde la OTAN porque Rusia no invadió ningún país perteneciente al organismo. Ucrania lo intentó, pero no lo logró, y por su deseo no cumplido fue invadida sin piedad. 

Es verdad que la Federación Rusa tiene reservas por 650 mil millones de dólares. Putin está forrado, además de haber invertido fortunas en materia de Defensa. Pero la economía nacional no tiene parámetros favorables, y además hay descontentos internos y revueltas contra la guerra que lanzó de “motus proprio”. Para colmo, su famosa “primera vacuna” Sputnik quedó paralizada por la desautorización de la Organización Mundial de la Salud. 

Sin embargo, en los últimos ocho años Putin se fortaleció en armamento. Es el cuarto país del mundo que más aumentó su gasto en Defensa, detrás de Estados Unidos, China, y Arabia Saudita, según informa Embajada Abierta. No es para desdeñar que Putin tenga uno de los ejércitos más grandes del mundo.  

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