El Gobierno trata de convencer, mientras los propios lo desdicen

El gobierno de Alberto Fernández no encuentra paz ni aun después de haberle puesto moño al acuerdo por el que bregó -no con demasiados bríos- dos años: propios y extraños vislumbran dificultades para pasar las revisiones. Los diagnósticos que trazan los exégetas de CFK y los mensajes del 24M.

Máximo Kirchner reapareció rodeado de figuras notorias del oficialismo.

Al caer la tarde del viernes, las reservas argentinas treparon a 43.321 millones de dólares. El Fondo Monetario Internacional acababa de efectivizar el desembolso acordado luego de dar curso al entendimiento por el que este Gobierno negoció -buena parte del tiempo a cuentagotas, hay que decirlo- durante más de dos años. Se pagó ese día el vencimiento del 22 de marzo que se planteaba como una guillotina si no había acuerdo. Una noticia maravillosa para el Gobierno, que lo celebró difundiendo en las redes un spot lleno de obviedades inherentes al relato oficialista.

Un video de casi tres minutos en el que Mauricio Macri es previsiblemente demonizado y el presidente se muestra como quisiera ser visto. Botón de muestra es el pasaje donde se repite una frase que Alberto Fernández pronunció al anunciar el entendimiento allá por el 28 de enero: “La historia juzgará quién hizo qué: quién creó el problema (imagen de Macri) y quién lo resolvió (imagen de Alberto)”. No es para nada original el video, con preanuncios de un porvenir venturoso que buena parte del oficialismo no ha hecho otra cosa en los últimos tiempos que negar sistemáticamente.

¿Por qué la gente debería creer que el futuro es venturoso si desde el propio Frente de Todos se encargan de negar eso que el propio Gobierno afirma? Habrá que pensar que el mensaje no está dirigido al público en general, sino a los propios en particular. Y sobre todo a los dirigentes que se encargan de difundir los peores vaticinios. A ellos va la frase final de Fernández: “Hay que sacar la utopía del pasado y volver a ponerla en el futuro”.

Como una bomba cayó en Balcarce 50 y Olivos la nota de Horacio Verbitsky del domingo pasado en su web, donde le atribuye a la vicepresidenta la certeza de que “todo va a saltar dentro de un mes”. Se le asigna al periodista línea directa con el Instituto Patria, de ahí que le atribuyan sin mayores dudas expresar el pensamiento vivo de Cristina Fernández de Kirchner.

Hay múltiples razones para pensar que el Gobierno recibió con alivio la confirmación del directorio del FMI de que aceptaba el acuerdo, más no primó el espíritu celebratorio con el que Alberto esperaba inaugurar una segunda parte refundadora de su mandato. Ciertas luces de alarma se encendieron cuando el Fondo postergó para el viernes 25 de marzo la reunión que iba a hacer originalmente el lunes 21 para tratar el caso Argentina. Pero no había que temer: alguien que votó en contra del acuerdo, Ricardo López Murphy, comentó el viernes temprano que no recordaba que alguna vez hubiera sucedido que algo aprobado por el staff del Fondo haya sido luego rechazado por el directorio.

El Gobierno no tiene respiro. En lugar de poder celebrar el acuerdo con ilusión, escuchaba el mismo viernes voces diciendo que “el Gobierno no pasará la primera revisión trimestral”. Lo decía José Luis Espert, que también votó en contra, mas lo decepcionante para el Gobierno es que lo mismo se escuchara en sus filas. No las que apoyan al presidente, pero sí las que se sienten decepcionadas y no lo ocultan. En rigor, es la propia vicepresidenta la que -dicen- desconfía de la segunda revisión en septiembre. El propio FMI tiene dudas: los directores advirtieron el viernes que el programa enfrenta riesgos “excepcionalmente altos”, y “reconocieron la vulnerabilidad de la Argentina a los shocks externos y las dificultades de implementación dada la compleja situación social y política”.

El acto del 24 de Marzo tuvo una lectura sumamente crítica en el albertismo nonato. La Cámpora decidió mostrar su musculatura en todo su esplendor y realmente fue impactante el resultado. Esa fuerza tiene un poder que se grafica en la cantidad de organismos poderosos del Estado que maneja, y le saca provecho a esa ventaja. El mensaje estuvo dirigido especialmente al presidente, pero también a los propios; marcó la reaparición pública de Máximo Kirchner tras su portazo del 31 de enero, cuando renunció a la presidencia del bloque. En realidad, ya había sido visto en un acto del PJ bonaerense y se había hecho notar al irrumpir sobre el final de la sesión del acuerdo con el Fondo y votar en contra. Pero esta vez también habló. No dijo mucho, pero más allá de su referencia al electorado porteño que desnuda una inocultable obsesión, el resto fueron mensajes al presidente: “Es con la gente adentro”, le dijo a Alberto; y también para él sonó aquello de que “uno elige los estudios de televisión, o la calle y la gente”.

Volvemos a Verbitsky, que cuatro días antes le atribuía a Cristina pensar que al presidente lo espera un futuro volviendo “a su cátedra y los paneles de televisión”.

Muy cercano a Máximo y secretario general de La Cámpora, Andrés “Cuervo” Larroque -ministro de Axel Kicillof que en septiembre del año pasado llamaba a elegir “si seguimos paveando o reaccionamos y nos ponemos de cara a la gente a resolver los problemas”- fue impiadoso con el presidente el jueves de la marcha. Le contó las costillas al recordar que estaba en otro espacio político del que fue jefe de campaña y apenas sacó un 4%… hasta que Cristina lo convocó, para ungirlo luego donde hoy está. Se lo recordó al aclarar que ellos no van a irse “de algo que nosotros gestamos”. Alguno podría preguntarse si estaba sugiriendo que, en todo caso, el que deberá irse es otro…

La Cámpora dio una notoria demostración de fuerza el jueves.

La magnitud de la movilización fue impresionante, pero habrá que sumarle a La Cámpora al PJ bonaerense. Muchos de los intendentes presentes se habían reunido en la semana en La Matanza, para delinear un futuro que imaginan como protagonistas. Todos demostraron una capacidad movilizadora tan gigantesca como previsible. Dominar la calle suele inspirarle “seguridad” al peronismo. Sobre todo en tiempos en que todo puede “saltar” a corto plazo, como dicen que piensa Cristina. Pero la calle, está claro, no la maneja el Gobierno.

Cuenta con los sindicatos, preocupados luego de haber recibido en la semana un mensaje inquietante, cuando uno de los suyos cayó imprevistamente. Tan seguro estaba Antonio Caló de que retendría su gremio, que así se lo aseguró a funcionarios del Gobierno porteño con los que firmó la semana anterior un acuerdo relacionado con la erradicación de la informalidad laboral. Para no generarle imprevistos antes de las elecciones, le habían preguntado si podían difundir la actividad, a lo que el líder metalúrgico respondió absolutamente confiado. No esperaba que lo venciera Abel Furlán, un dirigente de Zárate al que le gusta coquetear con la política: fue concejal, presidió el Concejo Deliberante de su distrito y también el PJ zarateño. Entre 2015 y 2019 fue diputado nacional, reforzando allí su cercanía al kirchnerismo.

Mala noticia para Alberto Fernández y señal de alarma para el sindicalismo que le es cercano, y que en el futuro tomará recaudos, blindándose ante todo desafío electoral.

El Congreso mientras tanto es un reflejo de la crisis en el Gobierno. Allí fue donde renunció Máximo Kirchner, desatando una crisis de final incierto en el Frente de Todos, y por lo tanto nadie se anima a hacerlo andar para evitar que las expresiones disidentes se potencien. El Senado, donde reina Cristina Kirchner, reanudó su actividad para darle un tratamiento expeditivo al proyecto de reforma del Consejo de la Magistratura. Pero Diputados es el problema, y allí de manera inédita todavía no se han constituido las comisiones, salvo un par -por el debate del acuerdo con el Fondo-.

Hasta ahora la razón era atribuida a la ambición de la principal oposición de hacer valer el triunfo electoral arrebatándole algunas presidencias al Frente de Todos, si bien los números no variaron mayormente. Pero hoy todo indica que la demora en constituir las comisiones es atribuible al propio oficialismo, que duda de su propia cohesión.

“Acá está todo roto”, advirtió un legislador del oficialismo sobre el final de la semana, graficando el clima de desconfianza que reina en el Frente de Todos. También juega para estirar el parate la certeza oficial de que sin las comisiones constituidas se le hace más difícil a la oposición forzar el tratamiento de una batería de temas con el que piensa acosar al FdT.

Cansados de las dilaciones, el viernes la principal oposición formalizó un pedido de sesión especial para el 5 de abril, a fin de tratar la derogación de la Ley de Alquileres y una declaración de emergencia por los incendios en la Mesopotamia. Saben que no tendrán el número para aprobar nada, pues si llegan a reunir quórum necesitarían luego los 2/3 para aprobar proyectos sin dictamen, y el oficialismo no asistirá. Sergio Massa tiene esta semana para desalentar esa sesión. Ya mostró las cartas desde Salta -adonde viajó el miércoles, para desentenderse de los actos del 24-, donde habló de crear una comisión para redactar una nueva Ley de Alquileres en los próximos 90 días. Tendrá que ofrecer mucho más que eso para convencer a una oposición que ahora también quiere mostrar su musculatura.

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