Alberto dio una nueva señal que muestra dónde está el poder real

Autor del libro “Los tres kirchnerismos” con el que se malquistó definitivamente con Cristina Kirchner, Matías Kulfas debió renunciar este fin de semana. Bastaron un par de tuits de la vicepresidenta para doblegar la resistencia presidencial. Para peor, quedaron flotando en estos cruces internos acusaciones muy serias.

Desde octubre de 2020, cuando habló de los “funcionarios que no funcionan”, que Cristina Fernández de Kirchner lo tenía apuntado a Matías Kulfas. Un día después del acto en Tecnópolis en el que volvió a mostrarse cerca -solo físicamente- de Alberto Fernández, la vicepresidenta logró su eyección.

El ahora exministro de Desarrollo Productivo no solo había logrado resistir todo este tiempo, sino que hasta había conseguido reposicionarse tras las elecciones perdidas y el presidente tenía grandes expectativas en apuntalar en este último tramo de su mandato la agenda productiva, o como algunos la denominaban, la “agenda Kulfas”.

El pez por la boca muere y la réplica que Kulfas hizo en “modo off” a los cuestionamientos de CFK del viernes por la lentitud en el avance del Gasoducto Néstor Kirchner generaron la ira de la vicepresidenta y condenaron al funcionario. El presidente sintió que ya no podía retenerlo y se queda sin uno de sus principales alfiles; aunque se sabe que hubo momentos en los que se especulaba con la posibilidad de que pudiera “entregarlo”, como prenda de cambio para sostener a Martín Guzmán, cuya salida entiende Alberto que representaría su pérdida total de poder.

La salida de Kulfas se da 12 días después de la de Roberto Feletti, cuya renuncia a instancias de Cristina celebraron en el entorno presidencial. Como con el exsecretario de Comercio, no debía esperarse que quien sucediera a Kulfas fuera un cristinista, pues la vicepresidenta ha decidido tomar distancia de la gestión. Ahora más que antes. Y el elegido fue Daniel Scioli, quien se ilusiona con forjar desde ese ministerio la posibilidad de una revancha en 2023.

Estos acontecimientos se suceden justo después de que en el marco del acto de inicio de una obra vial, el presidente Alberto Fernández diera comienzo el martes pasado a la campaña electoral. Tal vez la suya para la reelección, según su obvio deseo; ya verá en su momento si está en condiciones de emprender tal objetivo. Pero lo cierto es que faltando un año y dos semanas para el cierre de listas, el Gobierno dio inicio a una campaña que sabe que será cuesta arriba, pero para la cual no se da por vencido. Al menos el ala albertista, por darle alguna denominación a ese sector cada vez más cascoteado.

El presidente suele gritar. No es lo que mejor le sale ni le conviene, pero como en tantas otras cosas no hace caso y deja que se le suelte la cadena. Y en ese acto en Cañuelas subió algunos grados más su dosis de exaltación: con la cara tan hinchada como si fuera a explotar apostrofó a los jueces intimándolos a llamar “a esos ladrones de guante blanco” para pedirles explicaciones por -a saber- la deuda, los parques eólicos, la estafa al Correo, los peajes…

Alberto Fernández sube a Mauricio Macri al ring.

Menos de una semana después, sus dichos amenazan con venírsele en contra a su gobierno. Esos jueces serán intimados por la oposición a investigar lo que según los cruces citados podría representar una licitación “direccionada”.

Parte del comienzo de la campaña es que el Gobierno cambió el eslogan que había adoptado desde sus inicios. El “Argentina unida” fue dejado de lado por el menos ambicioso “Primero la gente”. Convengamos que la consigna inicial nunca estuvo ni cerca de cumplirse, y si la estrategia de campaña pretende asentarse en la grieta, definitivamente no tiene sentido insistir con una unidad que en la práctica jamás buscó.

A pesar de su promesa inicial de no hablar del pasado, Alberto Fernández nunca deja de hacerlo, y ya en campaña parece decidido a echar mano más a menudo de la figura de su antecesor, convencido de que esa es la posibilidad más concreta de asegurar su propia subsistencia.

De hecho, el mandatario agita la imagen del expresidente para desaconsejar la fragmentación de la coalición gobernante: “Debemos mantenernos unidos para evitar que vuelva Macri”, les dice a los dirigentes del Frente de Todos, deseando que esa advertencia amalgame la unidad en riesgo. Y hacia afuera, apela al supuesto “espanto” de la sociedad con el deseo de que la misma termine optando por el supuesto “mal menor”, que vendría a ser el Frente de Todos con su tarea inconclusa.

El juego a varias bandas tiene como destinatario también al propio Juntos por el Cambio. Piensa el Gobierno que azuzando al expresidente agiganta su figura en la interna opositora y lo alienta a ir en busca de un “segundo tiempo”. Si Macri se decidiera a ser candidato, ganaría la interna de JxC pues es quien tiene el voto más consolidado. Pero su imagen negativa es demasiado alta para una elección general.

Es el mismo karma que contiene a Cristina Fernández de Kirchner cuando la tientan para participar electoralmente ya sin mediadores. Lucas Romero, director de la consultora Synopsis, sostiene que las elecciones presidenciales argentinas hoy son “a tres vueltas”: PASO, elección general y balotaje. Por eso es que quien aspire a ganar necesita contar con el apoyo de más de la mitad del electorado. Ese es el escollo de la dueña de los votos del Frente de Todos: no tiene posibilidades de reunir más del 50% en una elección… salvo que en frente esté Macri, en cuyo caso el final es abierto.

Es entonces la misma preocupación que le asiste al expresidente, que hoy por hoy sigue pensando en mantenerse al margen de la contienda de 2023, aunque cada vez esté más tentado. Mientras la frialdad del ingeniero se imponga sobre el político más visceral, ese íntimo deseo será dejado de lado. Le pasa lo mismo a Macri con Boca, el club donde aprendió las bases de la política, según reconoce. Está preocupado por lo que la conducción actual está haciendo allí, y si bien piensa participar activamente en la próxima campaña política xeneize, no competirá para presidente. Su candidato es su exministro de Modernización Andrés Ibarra, y Macri no descarta sumarse como asambleísta. Confía en que Carlos Tévez le dé una mano.

Mauricio Macri en campaña, sin decidir aún si será candidato.

Piensa Alberto Fernández que agitar la figura de Macri desordena además a Juntos por el Cambio, porque la posibilidad de que el expresidente compita distancia al Pro de sus socios y pone en guardia a las más recientes incorporaciones. Asimismo desenfoca a Horacio Rodríguez Larreta y Patricia Bullrich.

Por último, la estrategia de subir al ring a Macri contempla para el presidente mandar señales hacia su vice. Más allá del enojo y fuerte distanciamiento entre ambos, el presidente no deja pasar oportunidad para tender puentes hacia CFK.

Visto a posteriori, era impensado que Cristina Kirchner no fuera a asistir a la celebración del centenario de YPF. Para ella, que el 16 de abril de 2012 anunció el envío al Parlamento del proyecto de ley de “Soberanía hidrocarburífera de la República Argentina”, que no era otra cosa que la “recuperación” de la propiedad de YPF para el Estado argentino, no había enojo que justificara ausentarse de esa fiesta. Allí estuvieron ambos, sentados juntos y mandándose mensajes cruzados. Protagonistas de un reality inédito, la vicepresidenta le reiteró en público a Alberto su pedido para que use “la lapicera con los que tienen que darle cosas al país”.

Fue esa frase la que desencadenó la crisis de este fin de semana. Fernández terminó usando la lapicera para firmar el despido de uno de sus protegidos, no para lo que él querría. Con todo, Cristina sigue pensando que el Gobierno de su vicario tiene destino de colisión, sin posibilidades de revertir la derrota en 2023.

Señales de cercanía poco convincentes.

El presidente es en cambio optimista. ¿Tendrá algo que ver con eso su vena hippie? “No soy de los que les gusta volver al pasado”, aseguró el viernes el presidente que en sus discursos, como hemos dicho, lo hace permanentemente. Pero acá estaba parafraseando a Luis Alberto Spinetta, con “La cantata de los puentes amarillos”. Cristina puso cara de fastidio, y Alberto reconoció que su “vena hippie” la enoja a Cristina. Se nota.

Como sea, el presidente confía en revertir la cuesta. Como hemos dicho, espera que el vaticinio de Guzmánse confirme y para octubre la inflación esté más o menos encarrilada. Encima ahora se ilusiona con una gran performance de la Selección en el Mundial… Habría que recordarle a Alberto que en el 86 el presidente era Raúl Alfonsín y nuestra segunda Copa mucho no lo ayudó.

“En caso de mantenerse el nivel de los primeros meses en lo que resta del año, se cerraría el 2022 con una tasa anual cercana al 90%”, señala el informe de IDESA difundido el viernes justo a la hora en que Fernández hablaba de Spinetta, la vicepresidenta redoblaba su artillería y Kulfas cavaba su fosa, pensando que hacía una trinchera.

Solo Carlos Menem ganó una elección -en 1991- con inflación alta, y fue porque las expectativas eran positivas: Domingo Cavallo presentaba el plan de Convertibilidad en abril de ese año. Este presidente en cambio no cree en los planes. Lo ha confesado públicamente y en eso sí se ha mostrado certero.

No lo es en cambio con las peleas que emprende. Anuncia su deseo de subir retenciones cuando sabe que un proyecto así no pasaría el Congreso; proclama proyectos que no presenta o si lo hace no avanzan; y propone reformar la Corte cuando necesitaría una mayoría parlamentaria que no tiene. Y cuando ni siquiera ha podido llenar una vacante en el Tribunal Superior, ni nombrar al procurador general. Lo hace, debe entenderse, solo por congraciarse con quien hace tiempo dejó de tolerarlo.

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