El superministro no pudo evitar mostrar ya algunas limitaciones

Con un presidente cuyo mandato ha quedado reducido de manera dramática, Cristina sigue haciendo gala del poder principal en el seno del oficialismo. Sea cual sea el resultado de la gestión de Sergio Massa, quien encarna la bala de plata en el seno de un oficialismo disciplinado por el pánico.

Por José Angel Di Mauro

Alentados por un juicio oral y público que realmente incomoda a la vicepresidenta de la Nación y la expone de una manera impiadosa, no son pocos los que los últimos días, con motivo del empoderamiento de Sergio Massa, comenzaron a augurar “el final” de Cristina Fernández de Kirchner.

El argumento es demasiado sintético para justificar semejante consecuencia, pero señala que si a Massa le va bien al frente del Ministerio de Economía, ella “está liquidada”, interpretando que el tigrense será el depositario de todo el éxito de su gestión y cosechará entonces los resultados (de manera electoral). Y si le va mal… ella está liquidada, pues este gobierno ya no encontrará manera de reponerse y no podrá evitar -como mínimo- una catástrofe electoral que se lleve puesto a todo el oficialismo.

Por más razonable que parezca, tal conclusión omite matices. En principio habría que precisar qué significaría que al nuevo ministro de Economía le fuera bien y si le garantizaría una victoria electoral en 2023. Pero el caso de un fracaso no necesariamente impactaría definitivamente en Cristina Fernández de Kirchner. En rigor, un traspié de esta apuesta causaría un efecto devastador en un oficialismo que presentó este recambio con aires triunfalistas, pero también afectaría fuertemente a los sectores dialoguistas de Juntos por el Cambio.

La imagen emblemática de la entronización de Sergio Massa.

En el sube y baja de la grieta, un desastre del gobierno potenciaría a los halcones y postergaría a quienes abogan por un gobierno de consenso que deje atrás a los extremos. Un Mauricio Macri cada vez más alentado a competir en busca de un “segundo tiempo”, podría dejar de lado sus prevenciones y animarse a candidatearse… Y ya se sabe que su presencia habilita la de su Némesis. Léase Cristina.

La presencia de uno alienta la del otro.

Esto no significa que la vicepresidenta esté incitando una debacle. Por el contrario, si dejó de lado prevenciones es porque “el pánico disciplina”, y se acordó un armisticio cuya extensión temporal es una incógnita. Con todo, Miguel Angel Pichetto es bastante crudo a la hora de sugerir el desenlace de cualquier experiencia de esta administración. “Este es un gobierno de bloqueo”, afirma el experimentado exsenador al justificar sus reservas: “Cuando te va mal, te vas rápido; y si te va bien, te liman”.

Nadie le podrá negar audacia a Sergio Massa por haberse animado a estar donde nadie quería estar. Lo peor -incluso para él- es que eso se nota por las dificultades que ha tenido el nuevo ministro para armar su equipo. No están las figuras rutilantes que supieron rodear al tigrense durante tantos años, y la razón es binaria: por un lado, a Massa le ha costado mucho convencer gente para sumar; y también que la vicepresidenta mantiene su poder de veto. A pesar de que los rechazos de Cristina no son definitivos, como bien saben Massa y Alberto por sus propias experiencias. La expresidenta dialoga con todos, recuerda ante este medio un legislador que la conoce muy bien y que no pone como ejemplo el caso reciente de Carlos Melconian, sino su propia experiencia de haberse cruzado a Guillermo Nielsen en 2015, cuando éste salía de la casa de Cristina Kirchner en Barrio Norte. “Yo hablo con todos”, le argumentó ella esa vez a nuestra fuente. Empero, Massa no pudo hacer volver a Nielsen de Yemen.

Esas dificultades fueron coronadas de la peor manera: el viernes anunciaron desde su entorno que el viceministro de Massa sería Gabriel Rubinstein, y ese nombre fue recibido con beneplácito general, teniendo en cuenta sus conocimientos en macroeconomía. Precisamente lo que necesita el ministro Massa, que no es economista. Pero con el correr del día y luego de que se reflotaran sus tuits hipercríticos y declaraciones en el mismo tono para con esta gestión en general y el kirchnerismo en particular, su designación comenzó a desinflarse.

Si bien este sábado algunas fuentes insistían en que finalmente “será Rubinstein”, el tema sigue en veremos. Recién el martes se resolvería quién acompañará al expresidente de la Cámara baja, lo cual no deja de ser una mala noticia para los mercados, que ya se sabe tienen poca paciencia y prestan especial atención a este tipo de situaciones. No es una buena señal que le veten nombres a Massa o que los elegidos le digan que no.

En su mensaje inicial, el flamante ministro de Economía adelantó una serie de medidas que parecieran ir en la dirección apropiada, incluyendo algunas más rigurosas que las esbozadas en su momento por el defenestrado Guzmán. Pero los críticos objetaron que se trató de un cúmulo de buenas intenciones y sigue faltando el plan.

A ello hay que agregar la indefinición en el área de Energía, donde lo único certero es que ese espacio seguirá siendo territorio cristinista. Federico Basualdo, el subsecretario al que Guzmán no pudo echar el año pasado y cuya permanencia este año motivó su reacción final, seguirá en su lugar. No ascenderá en lugar del neuquino Darío Martínez, pero tampoco lo moverán, y esa es una señal que, como otras, podrá ser soslayada por un tiempo por quienes se encargan de diagnosticar nuestra economía, pero más temprano que tarde pasarán las facturas correspondientes. Todas juntas.

Cristina Kirchner le concedió a Sergio Massa la foto de la que hablábamos la semana pasada para brindarle musculatura a la renovada gestión. Fue un apoyo medido, lo máximo que puede esperarse de la vicepresidenta. Podría interpretarse también que el servicio fue inverso, justo el día en que el fiscal Diego Luciani derramaba lluvia ácida sobre la expresidenta en el juicio por la obra pública de Santa Cruz.

El alegato de Diego Luciani, uno de los datos más contundentes de la última semana.

Así como el análisis gestual de una foto de Massa con Alberto Fernández la semana pasada lo mostraba al primero en señal de superioridad respecto del Presidente, en la foto del lunes pasado en su despacho Cristina era quien ostentaba esa característica. Sentados ambos en los extremos de una mesa larga, con una presidenta del Senado sonriente y con papeles, jugando de local obviamente. El para entonces todavía no asumido ministro aparecía con una sonrisa menos efusiva, con la campera puesta como con ganas de irse pronto. Por si hiciera falta, la imagen ratificaba dónde radica el poder hoy en la Argentina.

Como también lo hizo aquella tan difundida de un Presidente con la cabeza gacha alejándose del escenario, en cuyo centro y sonriente permanecía la figura central del acto del miércoles pasado en el Museo del Bicentenario: Sergio Massa.

Debe haber disfrutado ese momento el expresidente de Diputados; y bien que hace: como alguien sugirió ese día, fue su último festejo por un buen tiempo; en adelante solo tendrá que lidiar con contratiempos.

En el mismo sentido se pronunció el diputado Julio Cobos al participar el martes pasado de la última reunión de Labor Parlamentaria que encabezó Massa antes de la sesión especial en la que se aprobó su renuncia. Ese día le comentó el mendocino a Massa: “Yo siempre digo que un ministro tiene 6 meses para saber si anda en la función, y si no resulta en ese tiempo, ya no resulta más… Vos tenés un día, ese día es mañana, porque no hay mucho tiempo que perder”.

De ahí que muchos sostengan que el miércoles en el que asumió y adelantó sus medidas, Massa debió haber anunciado las decisiones más drásticas de su gestión, pues el primer día es cuando más poder reúne. Si de devaluar hablamos, no hacerlo fue un pedido especial de la vicepresidenta.

Va en línea con el discurso de Horacio Rodríguez Larreta, quien en tono electoral pero siempre hablando en tercera persona afirma aquello de que históricamente un presidente recién asumido tiene 100 días de “luna de miel”; pero hoy, crisis mediante, ese lapso se ha reducido a 100 horas: ese será el tiempo que tenga quien asuma el 10 de diciembre de 2023.

Ese es el tiempo indicado para lanzar sin anestesia las medidas menos amigables. Parecieran entender en la oposición que el gradualismo elegido por Macri en 2015 fue una decisión errónea. Fácil decirlo con el diario del lunes…

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