El odio y el amor expuestos como consignas de campaña

Cristina Kirchner ya venía levantando el perfil de manera notoria antes de que un episodio inédito en estos 40 años de democracia conmocionara al país. La centralidad que el milagrosamente no trágico evento le asigna, representa un aporte singular, cuyas consecuencias electorales son imprevisibles.

Por José Angel Di Mauro

Cristina Kirchner ya venía levantando el perfil de manera notoria antes de que un episodio inédito en estos 40 años de democracia conmocionara al país. La centralidad que el milagrosamente no trágico evento le asigna, representa un aporte singular, cuyas consecuencias electorales son imprevisibles.

Conmoción es la definición más extendida a la hora de referirse a lo que sucedió el primer día de septiembre, pasadas las 21, frente al domicilio de la vicepresidenta de la Nación. El intento de magnicidio de Cristina Fernández de Kirchner es un elemento disruptivo inesperado en una Argentina que no deja de sorprender por su capacidad autodestructiva.

Sucedió en el marco de un creciente protagonismo de la vicepresidenta, que a partir del tema que más la obsesiona por estos días -la causa Vialidad- ha acrecentado su presencia en los medios de manera exponencial, como si encontrara un disfrute especial en ver crecer su presencia de manera inversamente proporcional respecto de Alberto Fernández. De hecho la expresidenta tuvo el jueves un día especialmente intenso… y eso sin contar la manera como lo terminó.

Arrancó pasadas las 14 dando arranque a la sesión del Senado, que a diferencia de la otra cámara no tuvo problemas para funcionar más allá de la andanada de cruces que se esperaban entre oficialismo y oposición por los incidentes del fin de semana en Recoleta. La vicepresidenta, claro está, no se quedó a contemplar ese debate: siempre abandona temprano las sesiones, pero esta vez fue más estricta, pues apenas estuvo 6 minutos, al cabo de los cuales le dejó el puesto a la presidenta provisional del Senado. No alcanzó a escuchar a su exministro Martín Lousteau, que presentó una cuestión de privilegio contra ella y sus dichos sobre la autonomía porteña. Ya no estaba presente cuando el senador radical la refutó leyendo el artículo 129 de la Constitución, además de recordarle que ella debía conocer muy bien la Carta Magna, pues fue convencional constituyente. Incluso fue vocal de la Comisión de Redacción del nuevo texto. Lousteau concluyó interpretando que ella introducía “falsedades en el debate público” con el fin de “distraer la atención sobre la situación general”.

Martín Lousteau salió a contestarle en el recinto a la vicepresidenta. (Foto: Comunicación Senado)

Cristina ya estaba en su despacho, donde recibió al Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, a quien le agradeció la solidaridad expresada ante su situación judicial; luego se reunió con eurodiputados, y al final lo hizo con directivos de YPF y Petronas, la petrolera estatal de Malasia, que un rato antes habían anunciado en la Casa Rosada con Alberto Fernández una alianza para construir una planta de GNL en Argentina. La sesión, a la que nunca regresó, terminó temprano: 20.20; un rato más tarde ella se retiró hacia su domicilio, y pasó lo que pasó.

Dos días antes había citado al Salón Azul a los integrantes de los bloques oficialistas de las dos cámaras, en cuyo ámbito hizo sus comentarios sobre la autonomía de CABA. En ese caso hubo un hecho curioso. La reunión fue fuera de agenda y a puertas cerradas; se comunicó a diputados y senadores sobre la hora, al punto tal que alguno todavía se lamenta porque se la perdió por no haber mirado el celular a tiempo. Al llegar, los legisladores debían dejar sus teléfonos, cuestión de evitar fotos y filtraciones que estarían a cargo del equipo de Cristina, que difundió más tarde un video con el discurso de 40 minutos de La Jefa, la transcripción textual del mismo, y un par de fotos.

Vaya a saber uno cómo es que se filtró al día siguiente otro video con palabras del jefe del oficialismo en el Senado, José Mayans, quien concluyó su mensaje diciendo: “Realmente creo que la Argentina merece otro gobierno de la compañera”. En el video se ve a Cristina diciendo que no con el dedo índice de su mano derecha.

Cristina reunió a legisladores de ambas cámaras para bajarles línea. (Foto: Comunicación Senado)

Sin pretender dar por resuelto nada, cabe recordar que Cristina Kirchner siempre confirmó sus candidaturas sobre el cierre de fechas.

El protagonismo extremo de CFK se dio el sábado pasado, cuando la guerra de las vallas. Ese día ella les marcó el rumbo a sus militantes cuando temprano posteó en sus redes una nota titulada “Las vallas del Sr. Larreta”. “Las vallas colocadas por el Sr. Larreta son algo más que impedir la libre circulación. Son algo más que sitiar a la vicepresidenta de la Nación. Quieren prohibir las manifestaciones de amor y de apoyo absolutamente pacíficas y alegres, que tienen lugar ante la ya inocultable persecución del partido judicial”, escribió allí, motivando a sus seguidores a desplazarse esa tarde a Recoleta para derribar dichas vallas. Le resolvió el problema a Mariano Recalde, senador y presidente del PJ porteño, que estaba preocupado por el nivel de convocatoria para la reunión que había citado en Parque Lezama esa tarde.

Al cabo de esa jornada de furia, la vicepresidenta se desplazó desde su departamento hasta un escenario armado de apuro. Pasó entre sus fieles sin problemas y habló desde allí, pasadas las 22, sin resguardo alguno. Nadie imaginaba que estaba jugando con fuego. Sí pensaban todos que estaba apostando a limar a Horacio Rodríguez Larreta.

El kirchnerismo se propuso complicar la interna del PRO, partido dominante en la principal oposición. Cristina le pega a Larreta para debilitarlo ante Mauricio Macri. Mostrarlo “paloma”, para potenciar al expresidente o a la propia Patricia Bullrich, pues desearía en caso de ser ella candidata presidencial tener enfrente a un halcón para polarizar.

La sesión de Diputados prevista para el miércoles pasado fue postergada por diversas razones. El clima político no favorecía las negociaciones imprescindibles para garantizar la aprobación de las prórrogas de seis impuestos, clave para esta administración, y que JxC rechaza. Y el Frente de Todos no tenía los votos. Tampoco quería generar el debate sangriento por los hechos recientes. Mejor postergar entonces hasta que se enfríen los espíritus.

Como dijimos, el Senado en cambio sí sesionó al día siguiente. La discusión fue caliente, pero no se salió de madre. Sobresalieron las ironías del riojano Julio Martínez, exministro de Defensa de Macri, que en un pasaje lanzó: “Lamento decirlo, pero en la calle hay más gente preocupada por la falta de figuritas que por la impunidad de Cristina Kirchner”. Y sobre el final, mandó: “Sepan que el problema de Cristina no son las vallas, son las rejas”.

Poco después se aprobarían por unanimidad dos leyes que pedía el ministro Sergio Massa. Y más tarde, sucedió lo inesperado.

El oficialismo, que venía regalado para las próximas elecciones, piensa hoy que tiene una vida más. La propia Cristina imaginaba la vuelta al llano, por eso puso todos sus cañones en la provincia de Buenos Aires, para refugiarse allí en caso de un triunfo de JxC. Ahora ella misma estaría replanteando sus propias expectativas, tal vez pensando en sí misma para el premio mayor. Quizá no haya tanto pálpito en esa posibilidad, más bien sentido de supervivencia. La sensación de que solo con el poder total puede enfrentar el “acoso judicial”.

Por eso la revalorización del peronismo que viene haciendo ella, advirtiéndole de paso que la causa de la obra pública que la tiene a maltraer “no es un juicio contra mí, sino al peronismo”. Mostró las cartas cuando de manera inédita se la vio cantando a voz en cuello la Marcha Peronista desde el balcón del Senado. Cántico que, además, ella alentó a entonar, contrariando su propia historia personal.

El atentado hizo su aporte a esta mística que se busca reflotar. Si había dudas para hacer el gran acto que el cristinismo venía reclamando para apoyar a su jefa ante “el embate judicial”, llegó la movilización del viernes pasado. De gran magnitud por cierto. Pero con un sentido distinto al proclamado, tal cual observó el historiador y economista Pablo Gerchunoff: “Fue un acto impresionante por su masividad, pero no fue un acto en defensa de la democracia. Lo habría sido si el Gobierno hubiera convocado a la oposición como lo hizo Alfonsín en Semana Santa del 87”.

El presidente durante la reunión en Casa Rosada para elaborar un pronunciamiento sobre el atentado. (Foto: Presidencia de la Nación)

En efecto el gobierno no se preocupa siquiera por las formas. Cuando el viernes el Presidente hizo una convocatoria amplia a la Rosada, no incluyó a la oposición. La foto lo mostró flanqueado por Estela de Carlotto y Taty Almeyda, y las caras más visibles eran del kirchnerismo más duro. Esa foto también inquietó a la principal oposición, que se endureció en vísperas de la sesión de Diputados convocada para repudiar el atentado. Eso y el discurso en Plaza de Mayo, dedicado estrictamente a los propios. Por eso se plantaron y obligaron a una negociación en la que el oficialismo se vio obligado a modificar el proyecto que iban a votar, sacando las referencias al “discurso del odio”, nueva consigna del oficialismo.

Una estrategia que, curiosamente, enarbolaban desde antes del intento de magnicidio. El jueves por la mañana Máximo Kirchner, que da entrevistas solo a los propios y esporádicamente, anticipó: “En JxC están viendo quién mata al primer peronista”. Esa misma tarde, durante el debate sobre la autonomía y las vallas, el Frente de Todos se ciñó a una consigna según la cual ellos se autoperciben lo opuesto al odio, sentimiento que asignan a la oposición.

En el transcurso de ese debate, sus senadores mencionaron 31 veces la palabra amor.

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