La receta del odio ya no tiene cabida en la sociedad  

Por Alejandra Lordén, diputada provincial radical. La autora sostiene que la polarización que atraviesa al mapa político va perdiendo, a pasos agigantados, sustento social.

Cuando la dirigencia habla mucho, pero dice poco y escucha menos, resulta imposible imprimirle al debate público dos atributos esenciales para que llegue a buen puerto: continuidad y coherencia. Con un clima social cada vez más irrespirable, da la sensación de que en Argentina todo se cuestiona y nada prospera.  

El ataque contra Cristina Kirchner acentuó tendencias preexistentes muy marcadas. La gran mayoría de los actores de peso interpretó lo sucedido en un sentido conveniente para reforzar sus posiciones, sin darse los mínimos espacios de reflexión que la gravedad de los hechos amerita. La política le exige responsabilidad y transparencia a la Justicia, pero no parece dispuesta a aplicar los mismos principios en su área de influencia. 

El dato más importante, muchas veces soslayado, es que la polarización que atraviesa al mapa político va perdiendo, a pasos agigantados, sustento social. Los reclamos de paz y armonía que escuchamos cotidianamente en las calles no tienen correlato con lo que sucede a nivel institucional y al interior de buena parte de las fuerzas políticas. 

Es innegable que la disciplina de la confrontación entrega ciertos beneficios -simbólicos y materiales- a quienes la practican con esmero y constancia. Aunque ya no quedan dudas de que esta dinámica se ubica en la vereda opuesta del progreso, la inercia de la grieta seduce más que la dosis enorme de moderación que necesita la Argentina. 

En los últimos días, impulsado por funcionarios y dirigentes oficialistas de primera línea, volvió a tomar fuerza un tema recurrente para el kirchnerismo: el negocio del odio. La cuestión viene de larga data. En la primera presidencia de Cristina, a través de un uso perverso de los medios y recursos públicos, se trazaron las primeras líneas de una fragmentación que al día de hoy sigue lastimando. El amor es nuestro, el odio es de ellos.  

El imaginario colectivo que construyeron evidencia fallas estructurales hace mucho tiempo. Las grietas de su propia grieta. Como sucede con el campo económico, una cosa es sostener un relato en un período de expansión política y bonanza externa, y otra muy distinta es hacerlo cuando el agua comienza a entrar al barco, y queda claro que no hay capitán ni tripulación que puedan enmendar la situación y corregir el rumbo. 

En otras palabras, los promotores de la división están más expuestos que hace cinco o diez años. Le están hablando a una sociedad que acumula muchas frustraciones y que no está dispuesta a seguir masticando decadencia. La incapacidad de interpretar el momento del país es un rasgo distintivo del Gobierno. Como un caballo con anteojeras, van a fondo sin registrar qué sucede alrededor.  

En el lapso de una semana, pasaron de relacionar el intento de magnicidio contra la vicepresidenta con un conglomerado del odio (integrado -cuándo no- por la justicia, los medios de comunicación y la oposición) a hablar tímidamente de una convocatoria al diálogo, para juntar voluntades en contra de la intolerancia política. En estas circunstancias, y basándonos en experiencias anteriores, realmente cuesta dilucidar adónde apunta el oficialismo. 

Para sentarse en una mesa multisectorial hay que tener las cosas claras. La oposición republicana ve con buenos ojos un llamado serio a acordar, pero respetando un marco de condiciones que ordenen y le den cauce al debate. Condenar los discursos que deshumanizan, discriminan e incitan a la violencia es muy importante, como también lo es consensuar una ruta para sacar a la Argentina de la pobreza estructural, terminar con este ciclo inflacionario y explotar nuestro potencial productivo. 

Cualquier intento del Gobierno de restringir el diálogo caerá por su propio peso. No estamos dispuestos a avalar maniobras burdas de distracción ni ataques solapados a la libertad de expresión. Que quede claro: una declaración conjunta de la dirigencia no va a sacar al país del pozo. Las soluciones tienen que estar a la altura de los problemas profundos y estructurales que arrastramos. ¿Quiénes están dispuestos a mirar hacia el futuro y encarar las reformas que necesitamos? Empecemos por ahí.  

Login

Welcome! Login in to your account

Remember me Lost your password?

Lost Password