Guarangadas políticas en una cultura decadente 

Por Nancy Sosa, periodista. Tras las elecciones presidenciales celebradas en Brasil, la autora analiza la coyuntura social y política del país y la región.

Se creyó, al menos en Argentina, que Cristina Fernández de Kirchner fue la única guaranga, capaz de no reconocer su derrota electoral en 2015, ni entregar los atributos residenciales al nuevo presidente Mauricio Macri. El pasado domingo 30 de octubre Jair Bolsonaro, presidente de Brasil, repitió ese acto de mal gusto y no reconoció el triunfo de su contendiente Ignacio Lula Da Silva. Se fue a dormir. 

Como se ve, las guarangadas políticas no son exclusivas del país más austral del mundo, tampoco reconoce derechas ni izquierdas, simplemente emergen como actitud humana de pésima calidad que impide, a quienes no pueden controlar sus pasiones, manifestar respeto y buenas costumbres en situaciones de adversidad electoral. 

La mezquindad suele imponerse en esos casos esporádicos para revelar la verdadera estatura de un hombre o una mujer, habla del flojo talante de la persona y proyecta hacia el electorado las peores cualidades de alguien carente de conocimiento real del juego de la política dentro del sistema democrático. El egoísmo deja sobre la mesa sus ropajes de autoritarismo provenientes tanto del populismo de la derecha como el de la izquierda. 

Ese autoritarismo evidencia con ese simple gesto las características de una cultura política inconveniente para los países que quieren crecer, porque genera grieta, divisiones enormes en los pueblos, y lega herencias de pésimos hábitos en la vida cotidiana de cualquier nación. 

Desde el encumbramiento del kirchnerismo en Argentina, allá por 2003, y luego de 16 años de ejercer el poder, quedó establecido por ejemplo que hacer uso de las arcas del tesoro nacional para generar obras públicas de las cuales devienen coimas como si fuesen una religión, es lo común y natural durante el ejercicio del poder. No es que antes no hubiera existido esa costumbre, pero la impunidad hizo que la naturalizaran en extremo. Sellado a fuego quedan las pruebas palmarias que saldrán cuando emerja con fuerza la causa jurídica denominada “de los cuadernos”. 

¿Es acaso saludable para una sociedad tomar como un hecho aceptable la vigencia de la “coima” como mecanismo para conseguir adjudicaciones de obras públicas? ¿Está bien que funcionarios de un gobierno deambulen portando bolsas con billetes de dólares o euros entre las oscuras horas de las noches? ¿Es “lógico” que algunos miembros de la clase política terminen sus mandatos o funciones con su patrimonio enriquecido sin ninguna explicación? 

Esa cultura tuvo muchos años de construcción para impregnar de malos hábitos a parte de la sociedad argentina, por ejemplo, al admitir como “normal” encerrarse en la casa desde las seis de la tarde para evitar ser atacado en las calles por delincuentes sin frenos ni miramientos. La amenaza a la seguridad personal y social creada por esta cultura del “dejar hacer” desde el gobierno, mirando hacia otro lado, crea un manto de terror y miedo que paraliza a ese otro sector de la sociedad que eligió trabajar, estudiar, esforzarse para ser cada día un poco mejores. La inseguridad se convirtió en un aliado de los gobiernos desde el mismo momento en que el propósito de quienes detentan el poder fue adormecer al pueblo para seguir gobernando sin dar cuenta de sus actos. 

La Justicia será una de las grandes deudoras en esta herencia. Al cúmulo de causas pendientes, con prisiones preventivas por doquier sin que llegue a tiempo -jamás- un juicio para los hacinados en las cárceles se agrega la falta de control dentro de ellas, donde los capo mafias siguen mandando en el negocio del narco afuera de esas paredes. La justicia será responsable de dejar en libertad por orden de sus mandantes en el poder de turno a decenas de miles de delincuentes que vuelven a las calles para seguir delinquiendo, libres como pájaros, desparramando el terror en las calles de las zonas urbanas donde la policía ya tiene medo hasta de patrullar. Se ha perdido la autoridad de las fuerzas de seguridad y bien puede decirse que “por algo será”. Hacia el interior de esas fuerzas se despliega un mundo de corrupción y abuso nunca develado. 

Pero la cultura que inevitablemente se heredará tiene rasgos peores que el anteriormente descripto. Dejará in situ un escenario inmenso de pobreza en la Argentina, dentro del cual el padecimiento de los que trabajan, pero no les alcanza para comer, se juntará irremediablemente con los que no saben lo que es el trabajo y los que no conocieron desde sus abuelos lo que es la cultura del trabajo, que tuvo tanto valor en otros momentos de la historia. 

Esta cultura genera en los más jóvenes que no es importante cumplir con los horarios de ingresos a sus tareas, y por el contrario cualquier excusa viene bien para faltar porque el esfuerzo no es equivalente al salario. O porque la ganancia de un sueldo no supera lo que se gana con la suma de varios planes sociales que, a su vez, alimentan la vagancia, la dejadez y la ausencia de proyectos para crecer. 

El hambre ya no es un juego, es una realidad cotidiana. Y asombra porque en este país “siempre hubo un palo en donde rascarse”, siempre hubo un plato de comida para convidar al vecino atormentado y con vergüenza. Hoy las ollas populares, los comedores o comederos, se cuentan de a miles, no son la excepción, son la “normalidad” y no solamente en las villas de emergencia o villas miserias. Hasta eso quieren hacer: cambiarle el nombre a la miseria. En el medio siempre hay un negocio en algún comedor donde un amigo del poder hasta vende los productos destinados a darles una comida a los hambrientos. 

La herencia cultural va despuntando cada día más en la educación, donde ya no se trata de tener ocho hojas rayadas o cincuenta como lo fue en la década del 60, cuando, pese a todo, se estudiaba y con ahínco, dedicación y ganas de llegar a ser mejores, con sueños de ingresar a una universidad. Hoy, la costumbre es que, por “h” o por “b”, las clases no se dan, los maestros faltan, abundan los feriados, las currículas no se cumplen, los docentes no se actualizan, faltar a clase es “normal”, y las calificaciones permiten pasar a un estadio superior sin haber estudiado. La nueva cultura kirchnerista impuso que el alumno tiene más razón que el docente, que el respeto se diluye con los reclamos de padres exaltados, y que el peligro de agresión de los alumnos a los docentes avanza sin límites. 

En el ámbito de la salud el panorama se agrava día a día. Se ha vuelto una costumbre que en los hospitales atiendan a medias, o no atiendan. Los turnos en las obras sociales, las prepagas, el PAMI y los hospitales públicos se otorgan con meses de anticipación, sin importar la gravedad del enfermo. Los insumos escasean en todos los sectores para ricos y para pobres. Los médicos y los enfermeros trabajan con sueldos miserables, en pésimas condiciones de infraestructura, en instalaciones donde las refacciones se hacen esperar por años. Y eso ya se vuelve “natural”. 

La calle de las grandes urbes se ha convertido en un infierno con la instalación -quizás de por vida- del hábito de reclamar cortando el tránsito, alterando la circulación de la vida cotidiana, estableciendo una lucha de clases nunca deseada porque ese es un concepto del pasado. Nadie quiere que haya gente sin trabajo, sin comida y sin futuro. Pero hay unos miles que detestan a los que trabajan, a los que viven mejor que ellos, a los que se esfuerzan por tener una existencia digna y disfrutan de cierta tranquilidad económica. Ese conjunto de personas ideologizadas malamente por unos pocos ha generado la gran confusión, enfrentando a unos con otros argentinos. Y hasta es política de estado eso de ir contra la riqueza de unos pocos. Pero es una mentira, porque quienes lo promueven tienen muchísimo más que los que persiguen, y están en el poder utilizando herramientas de dominación que producen solamente inequidad para arriba y para abajo. Son los mismos que han creado la cultura del pobrismo. 

La cultura del pobrismo es el peor dato de la herencia que se recibirá el año que viene cuando las nuevas elecciones presidenciales le pongan coto a este desbande, en el que un sector de la sociedad adepta al ideologismo de un populismo berreta cree que las transformaciones y los cambios en una nación pasan por el uso del lenguaje inclusivo y la aceptación de la política de género. 

El paso del tiempo ha ido dejando estos mojones de una cultura quebrada que habrá de reconstruirse, no para retornar al pasado anterior a la destrucción cometida por el kirchnerismo, sino para generar una actualización en las normas que permitan abandonar el estado de anomia que está deflecando una sociedad por la falta de rumbo claro y concreto, positivo y creciente, adaptado a la época de la sociedad del conocimiento, de la información, de la revolución tecnológica y la convergencia digital. 

Esa cultura tamizada en conceptos de una vieja escuela nacida con la Guerra Fría, donde la obligatoriedad era transitar entre dos bandos bien marcados, hoy debe desaparecer para acomodarse a los nuevos tiempos en que la globalización multilateral, las sociedades del consenso y el anhelo por la paz se imponen y buscan erradicar precisamente las hilachas de una humanidad cansada de tanto tironeo superfluo e inútil. 

La nueva mirada sobre el mundo en que se aspira a vivir busca revisar conceptos vetustos y actualizar el sentido de metas mundiales, por ejemplo analizar si la igualdad no implica uniformidad, si la desigualdad en los pueblos se resuelve solo con la economía, si la sociedad del rendimiento nos está agotando, si la libertad individual debe ser absoluta en desmedro del conjunto, si la distribución de la riqueza es verdaderamente una solución para la equidad, si la confrontación entre los mercados y el estatismo rinde frutos, si se elige la creación de trabajo en vez de fomentar la asistencia social permanente con planes impagables, entre tantos otros temas. 

Lo único cierto, después de este breve análisis, es que las cosas así, como están, no van más. 

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