“Para hacer política hay que hacerse el boludo” 

Por Nancy Sosa, periodista. La autora recuerda la frase del dirigente y exgobernador bonaerense Felipe Solá para describir la actualidad política.

“Para hacer política hay que hacerse el boludo”, dijo un día el dirigente y ex gobernador bonaerense Felipe Solá, cuando le preguntaron cómo hacía para permanecer dentro de la actividad política, sin exiliarse como lo está en la actualidad. Efectivamente, ese concepto quedó para la posteridad y fue cierto hasta que el político se encontró con otros -amigos, incluso- que, haciéndose los boludos, le avisaron en pleno viaje a México como canciller de la Argentina que había dejado de serlo. 

Perón solía decir que “un boludo puede hacer más daño que un hdp”. Y en el caso de Solá, que ya aturde con su silencio y nadie sabe por dónde anda, él recibió la noticia de boca de quien lo iba a reemplazar. “¿Y quién viene como canciller?, preguntó ingenuamente. “Yo”, le contestó “el amigo”, Santiago Cafiero, quien acababa de ser desplazado como jefe de gabinete y nombrado ministro de Relaciones Exteriores. 

Es decir que, entre boludos y avivados, la política gira y gira con el convencimiento de que, hágase lo que se haga, los que miran de afuera son los más boludos de la historia argentina. 

Esa es la sensación que dejó el acto de la vicepresidenta de la nación, que tampoco quiere ser vicepresidenta, emulando el último libro de la periodista Silvia Mercado sobre Alberto Fernández: “El presidente que no quiso ser”. Cristina Fernández de Kirchner no se siente parte del gobierno que ella misma imaginó, planificó, organizó, nombró a dedo, puso y sacó a funcionarios; un gobierno en el que da órdenes fallidas sobre el rumbo económico porque no sabe de economía, y chilla porque “su gobierno” no está haciendo feliz al pueblo. 

Mientras tanto, el pueblo -que de boludo no tiene nada- observa estático el montaje escénico de una perversión donde la principal protagonista y promotora de todos los males se viste de hada madrina, toda de blanco para estimular la sensación de pureza, quejarse de las maldades a las que se siente expuesta y exhortar a recuperar “la esperanza” que ella misma hizo desaparecer con su varita mágica. 

El relato kirchnerista ya no da ni para la picaresca, se cae por la ignorancia de un reducido grupo de dirigentes incapaces de ponerse de acuerdo entre ellos mismos y hasta generan enemigos dentro del mismo espacio. La “imaginación” 

de Cristina deja bastante que desear pues ningún político con dos dedos de frente puede diseñar una estrategia en la que la economía -por ese rumbo errático que ella misma dicta- trae como consecuencia el aumento de la pobreza hasta un 46%, la parálisis en la creación de empleo privado, y el aplastamiento de los salarios y las jubilaciones tan solo porque ella persiste tenazmente en sostener un proyecto donde la inflación es irrefrenable y el consumismo ha dejado de ser una herramienta económica óptima. La “estratega” no puede pronunciar una palabra, la única que puede ayudar a encarar un camino de crecimiento: “inversión”. No puede hablar del tema porque presume que afecta sus convicciones ideológicas, sin darse cuenta siquiera de que el mundo cambió tanto que ya hay una infinidad de variables y formulaciones vetustas. 

La coalición del Frente de Todos vive su peor momento, pero como negacionista que es lo festeja como si fuese el mejor; se obnubila con un futuro incierto porque carece de posibilidades para admitir que el presente ofrece la cara más desagradable de un gobierno que ya fracasó. No lo aceptará ella ni ninguno de sus adláteres, dispuestos a hacer de “extras” en una película de terror, donde el ridículo ya es el primer actor. Por eso hacen de cuenta que el derrumbe no está ocurriendo, suponen que son “el cambio” y que les roban las palabras. En síntesis, hay por lo menos unos cincuenta mil boludos que se creen esta historia, y quieren recuperar la esperanza que ellos mismos perdieron apenas asumieron el poder en 2019. 

La vicepresidenta, que no quiso ser la presidenta en ejercicio durante el acto en La Plata pese a que correspondía porque Alberto Fernández estaba de viaje, ya no tiene la garra de otras épocas, aunque ponga cara de malvada y vocifere en contra de la Corte Suprema de Justicia y de otros enemigos declarados. No se animó a lanzar una candidatura porque se encuentra a merced de unos veredictos que no le darán precisamente una satisfacción. En el acto de La Plata solo juntó gente para que el clima interno no siga decayendo. La pérdida de adhesiones en la coalición es demasiado notoria y no fue desmentida por sus principales responsables. Por otra parte, la señora ya no asusta a nadie, ni siquiera a los propios; se ha vuelto obvia en sus discursos, adolece de ideas nuevas, sigue sumergida en los viejos principios del invento de su marido, por el que llora tal vez no solo porque lo extraña sino por el paquete de conflictos que le dejó como legado. 

El escritor Jorge Luis Borges solía decir que el peronismo siempre tiene todo el pasado por delante. El Kirchnerismo, la versión alterada de aquel partido que al menos tenía un adversario con ideas propias, reflotó el pasado 17 de noviembre ese aforismo borgiano al aferrarse con uñas y dientes al general Juan Perón, rememorando aquel retorno en 1972 que desconocían todos los integrantes de La Cámpora, simplemente porque entonces no existían. Los herederos forzados de los Montoneros no deberían haber recordado ese día porque el mayor protagonista del regreso fue José Ignacio Rucci, a quien mataron a mansalva los progenitores de la especie kirchnerista. 

Cristina Fernández no tiene ningún derecho a hablar sobre Perón, le faltan jinetas para emular al fundador del Peronismo, no le llega a los talones a “ese viejo de mierda”, como ella le dijo a Antonio Cafiero, negándose a poner un peso para un monumento en su memoria. “Todo en su medida y armoniosamente”, repitió como un loro cuando le pedían “Cristina presidente”. Eso no es así, la verdad es que no sabe qué hacer de su vida, de su futuro, y mucho menos de la Argentina, que en realidad le importa muy poco. Lo único que le importa es salvar sus papas en los veredictos judiciales listos para salir a la luz. 

Lo más grave, y tal vez lo único que importa es la situación en la que hoy vive la República Argentina, atenazada por los cuatro costados por una economía indomable, un problema cambiario gigantesco, una inflación que solo crece, y con un sistema prebendario desalentador respecto de la recuperación del trabajo como concepto de vida y supervivencia. El fracaso argentino es monumental, el gobierno kirchnerista se muestra fraccionado y debilitado como nunca, no puede gobernar sin plata, y no le encuentra la manija a la pelota por más que cambie de ministros en cualquier área. 

Tal vez, Ludovica Squirru, la astróloga especializada en el horóscopo chino, tenga razón al vaticinar para 2023 que las cosas se pondrán peores en Argentina, y quizás acierte dando vueltas, oportunamente, una vieja y conocida frase: “En Argentina, todo se pierde, nada se transforma”. 

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