En un giro impensado hace apenas un año, el PJ pampeano reordena filas ante el avance libertario, con vistas a octubre. La amenaza externa, la disciplina interna y el pragmatismo histórico explican la reconciliación.
Hasta hace no mucho, imaginar al gobernador Sergio Ziliotto y al exmandatario Carlos Verna marchando en sintonía era casi una fantasía política en la provincia de La Pampa. El contexto era otro: los principales intendentes armaban su propia mesa de poder para condicionarlo, y el enojo de Verna con el armado de listas -particularmente con el protagonismo de María Luz Alonso- llegó a costarle al peronismo un senador nacional.
Tampoco ayudaba la histórica rivalidad entre Santa Rosa y General Pico, que se refleja en la tensión entre los dos líderes, algo así como la versión pampeana de la puja entre Lomas de Zamora y La Matanza en el conurbano bonaerense. Sin embargo, hoy ambos sectores celebran lo que describen como un “aterrizaje suave” de la interna, una síntesis entre necesidad política y reflejo de supervivencia.
El motor más evidente del acuerdo tiene nombre y apellido: Javier Milei. La avanzada del Gobierno nacional contra las provincias —particularmente contra La Pampa— terminó uniendo lo que antes parecía irreconciliable. Intendentes de todos los rincones firmaron recientemente un respaldo cerrado al gobernador. Ziliotto, junto a figuras como Axel Kicillof, Gildo Insfrán y Ricardo Quintela, integra el pelotón de mandatarios que se plantó con firmeza frente al ajuste nacional, sin concesiones y con prolijidad fiscal.
También hay una mirada más estructural. El PJ pampeano, aunque sin el músculo económico de Neuquén ni los fuegos artificiales de otros peronismos provinciales, gobierna desde 1983. Esa continuidad le permitió construir una burocracia política eficiente, menos dada al escándalo que a sostener el aparato. Saben que una derrota no sería solo un revés electoral, sino un desmantelamiento progresivo del sistema que supieron construir.
Ziliotto ganó su reelección en 2023, pero con margen más estrecho de lo esperado. Eso activó una revisión interna que abarcó desde el discurso hasta las candidaturas locales, con un diagnóstico claro: sin unidad, no hay chances. La propia lógica institucional de La Pampa -sin elecciones intermedias y con cargos legislativos atados a la elección ejecutiva- favorece las soluciones negociadas por encima del conflicto permanente.
La única nota discordante es la candidatura solitaria del intendente capitalino, Luciano Di Nápoli, quien ya no responde a La Cámpora y busca nuevos padrinazgos nacionales. Su lista parece más una jugada personal que un desafío real al dispositivo oficial.
Mientras tanto, en la oposición, las cosas tampoco marchan mejor. El diputado del Pro Martín Maquieyra está absorbido por la interna libertaria, más concentrado en blindar al Gobierno de Milei que en construir una alternativa seria. Cada gesto hacia La Libertad Avanza aleja al Pro de los radicales, que todavía conservan la única maquinaria territorial con la que el peronismo debería preocuparse.