En un análisis crítico sobre la geopolítica actual, Daniel Kiper advierte que las potencias globales actúan bajo una lógica de hechos consumados, donde la fuerza prevalece sobre el derecho internacional.
El mundo no se repartió en una mesa ni hubo firmas de actas solemnes. Se repartió como reparten las cosas los poderosos: con silencios incómodos, sin anuncios, sin mapas oficiales y con la naturalidad brutal de tomar lo que se considera propio, aun cuando tenga nombre ajeno. Nadie levantó la voz para declarar una nueva era; simplemente ocurrió, como ocurren las verdades incómodas cuando ya es tarde para negarlas.
En algún punto de este comienzo de año —mientras los noticieros corrían detrás de imágenes repetidas y los analistas discutían matices— las grandes potencias volvieron a comportarse como en los viejos tiempos: cuando el derecho era una cortesía pronunciada en discursos, y la fuerza una certeza que se ejercía sin pedir permiso.
En Caracas, a una hora imprecisa en que las ciudades todavía sueñan y los perros callejeros son los únicos testigos confiables de la historia, Nicolás Maduro dejó de ser un hombre rodeado de símbolos y se convirtió en una imagen inmóvil. Su captura no fue solo el final de un ciclo personal —erosionado por la repetición, el miedo administrado y una retórica sin imaginación—, sino algo más profundo y más inquietante: el recordatorio de que, para Estados Unidos, América Latina sigue siendo un espacio donde las reglas internacionales pueden doblarse sin necesidad de explicaciones.
Desde su residencia de veraneo eterno, Donald Trump habló como quien relata una jornada de pesca exitosa: con orgullo, con frases cortas y sin culpa. Dijo que la operación había sido brillante. Dijo que no hubo bajas propias. Y dijo —como si hablara del clima o del estado del mar— que el petróleo venezolano volvería a su órbita. No hubo justificación jurídica. No hacía falta. El poder, cuando se siente seguro, no explica: anuncia.
Muy lejos de allí, en el estrecho de Taiwán, China no necesitó capturar a mandatario alguno para exhibir su dominio potencial. Le bastó con rodear la isla como quien rodea una casa que siempre consideró suya. Barcos, aviones, ejercicios militares y una paciencia milenaria pusieron en escena una verdad conocida: Taiwán es, para Beijing, una cuestión de tiempo, no de derecho. La operación llamada “Justicia 2025” tuvo el tono de las palabras inevitables, esas que no se gritan porque no lo necesitan. No fue una invasión: fue un ensayo. Y los ensayos, en política internacional, suelen ser avisos que el mundo prefiere no leer en voz alta.
En Ucrania, mientras tanto, Rusia continúa una guerra que ya no necesita explicaciones ideológicas para sostenerse. El conflicto se volvió costumbre, y la costumbre es la forma más peligrosa de la guerra. Allí no se disputa solo territorio: se discute quién decide dónde termina la seguridad de unos y empieza la amenaza de otros. Europa observa con ese equilibrio incómodo entre prudencia y fatiga que se adopta cuando el incendio lleva demasiado tiempo encendido como para fingir sorpresa.
No hay pruebas de un acuerdo secreto entre las potencias. Nadie firmó nada en habitaciones cerradas ni brindó con copas discretas. Pero hay algo más inquietante que un pacto escrito: un entendimiento tácito, un equilibrio de tolerancias. Estados Unidos actúa en su hemisferio. China presiona en su frontera histórica. Rusia resiste y avanza en su periferia estratégica. Cada uno empuja hasta donde cree que el otro no responderá con un choque frontal. Es un reparto sin actas, pero no sin reglas: reglas invisibles, como todas las reglas del poder.
El resto del mundo mira y aprende. Aprende que el derecho internacional es una lengua hermosa, pero frágil. Que la soberanía sigue siendo invocada por los débiles y administrada por los fuertes. Aprende, también, que las declaraciones solemnes pesan menos que los hechos consumados.
Esta vez, además, los mercados no entraron en pánico. El petróleo osciló en un rango acotado, como si midiera el pulso antes de decidir si corre o se queda. El crédito no mostró estrés inmediato. Las pantallas, sobrias, prefirieron la prudencia a la estampida. No hubo derrumbe: hubo atención. La economía global, ese animal nervioso, eligió observar sin respirar hondo.
Y el mundo tampoco guardó silencio. América Latina se partió entre condenas explícitas y respaldos abiertos; México volvió a invocar la no intervención con la severidad de un padre austero; Brasil condenó la operación y advirtió sobre el precedente; Europa habló con cautela común; y más allá del continente comenzaron medidas concretas, de esas que no hacen ruido pero pesan. No fue silencio: fue polarización.
Lo que sí crece es otra cosa, menos visible y más persistente: el riesgo. No el del derrumbe inmediato, sino el de una política de hechos consumados que, repetida, acostumbra al mundo a que el derecho sea flexible y la fuerza pedagógica. El riesgo de que los mapas envejezcan rápido y las fronteras se vuelvan elásticas.
Y en medio de ese paisaje, cuando la inteligencia artificial promete una era de orden perfecto —una justicia sin demora, una razón sin errores, una paz administrada por algoritmos—, el poder vuelve a recordarnos una verdad antigua: la nueva era siempre llega en los términos de quien tiene la fuerza. La tecnología cambia las herramientas, pero no cambia la naturaleza del mando.