El abogado laboralista Carlos Brieba advierte que el proyecto de reforma laboral consolida un sistema “más desigual, lento y menos protector” para el trabajador. Además, resalta los artículos “más graves”.
Bajo el rótulo atractivo de “modernización laboral”, el proyecto de reforma de los artículos procesales de la Ley de Organización y Procedimiento de la Justicia Nacional del Trabajo introduce modificaciones que, lejos de mejorar el acceso a la justicia, consolidan un sistema más desigual, más lento y menos protector para la parte más débil de la relación laboral: el trabajador.
Uno de los cambios más preocupantes aparece en el nuevo artículo 46, que establece la caducidad de instancia sin necesidad de intimación previa y acorta los márgenes de actuación procesal. Se presenta como una herramienta para combatir la llamada “industria del juicio”, pero en los hechos termina favoreciendo otra industria mucho menos mencionada: la industria de la inactividad judicial.
Cuando el impulso del proceso queda exclusivamente en manos de las partes, en un fuero históricamente congestionado y con demoras estructurales, la caducidad se convierte en una sanción encubierta para quien menos recursos tiene para sostener un litigio prolongado.
La reforma también incorpora, en el artículo 65 inciso 8, la obligación de que el trabajador detalle desde el inicio todos los medios de prueba con los que cuenta o pretende valerse. Esta exigencia, presentada como una mejora en la transparencia procesal, genera en realidad una ventaja estratégica indebida para la parte demandada.
El empleador, al contestar la demanda, pasa a conocer de antemano con qué pruebas cuenta el trabajador para demostrar su derecho, permitiéndole ajustar su defensa, ocultar información relevante o reforzar su posición con pleno conocimiento del escenario probatorio. En un proceso donde las partes no son iguales —porque no lo son en la realidad—, esta “simetría formal” profundiza la desigualdad material.
Pero quizás el punto más grave aparece en la modificación del artículo 71. Allí se establece que, una vez contestada la demanda y reconocida o desconocida la documentación del empleador, el trabajador ya no puede ofrecer nueva prueba, incluso frente a hechos, versiones o documentos que desconocía al momento de iniciar la acción.
En términos simples: si el empleador introduce nuevos elementos en su defensa, el trabajador queda atado de manos. Se le exige previsión absoluta desde el inicio, aun cuando muchas de las pruebas relevantes se encuentran —como es habitual— en poder exclusivo de la empresa.
Este esquema procesal contradice principios elementales del derecho del trabajo y del debido proceso. No moderniza: rigidiza. No agiliza: excluye. No equilibra: inclina la balanza.
La justicia laboral nació para compensar una desigualdad estructural, no para profundizarla. Reformar el procedimiento sin tener en cuenta esa realidad no es modernizar: es retroceder. Y cuando el retroceso se disfraza de eficiencia, el costo siempre lo paga el mismo: el trabajador que busca justicia.