¿Puede el agua convertirse en un factor electoral? Mientras las crisis hídricas crecen, la infraestructura envejece y el cambio climático altera la disponibilidad del recurso, un tema históricamente técnico comienza a ganar visibilidad pública. Desde Flint hasta Estambul, los antecedentes muestran que cuando el agua entra en agenda, también entra en campaña. En la Argentina rumbo a 2027, la pregunta ya no es si dará votos, sino cuándo.
Cada elección es un capítulo aparte. En cada campaña, tanto los electores como los equipos políticos se hacen la misma pregunta: ¿qué da votos? ¿Qué tema logra conectar con las preocupaciones más profundas de la sociedad y movilizar al electorado?
Durante décadas, el debate giró en torno a algunos ejes clásicos. ¿Es la economía el factor determinante, como sugería la famosa frase “es la economía, estúpido”? ¿O pesan más la seguridad, la geopolítica o la identidad cultural? Algunos analistas sostienen que las elecciones se ganan con la razón; otros, que se deciden con el corazón. Entre encuestas, focus groups y estrategias de campaña, los partidos buscan descifrar ese misterio en cada ciclo electoral.
Pero hay una pregunta que quizá empiece a aparecer con mayor frecuencia en los próximos años: ¿el agua también da votos?
Hasta hace no mucho tiempo, el agua era vista como un tema técnico, propio de ingenieros, operadores de servicios públicos o especialistas ambientales. Sin embargo, a medida que el cambio climático, la urbanización y el deterioro de las infraestructuras avanzan, el agua comienza a ocupar un lugar cada vez más visible en la agenda pública. Y cuando un tema se vuelve visible para la sociedad, inevitablemente entra también en la arena electoral.
En Estados Unidos, el presidente Joe Biden instaló en su campaña que impulsaría uno de los mayores programas de inversión en infraestructura hídrica de las últimas décadas, con el objetivo de reemplazar millones de tuberías de plomo que aún abastecen hogares en todo el país. La iniciativa formaba parte de una estrategia más amplia para modernizar los sistemas de agua potable y proteger la salud pública.
Ese impulso político no surgió en el vacío. Años antes, la crisis del agua en Flint —donde miles de niños estuvieron expuestos a agua contaminada con plomo— demostró hasta qué punto el acceso a agua segura puede convertirse en un tema de indignación pública y, por lo tanto, de debate político central.
En otros contextos, el agua también ha tenido peso político. En la década de 1990, el gobierno de Carlos Menem impulsó en Argentina un amplio programa de privatizaciones que incluyó el sistema de agua y saneamiento del área metropolitana de Buenos Aires. Más allá de los debates sobre su éxito o sus consecuencias, aquel proceso mostró que la gestión del agua puede convertirse en una decisión política de gran impacto electoral y social.
Algo similar ocurrió en Turquía. Antes de llegar a la presidencia, Recep Tayyip Erdoğan construyó buena parte de su reputación política como alcalde de Estambul impulsando grandes obras de infraestructura urbana, entre ellas proyectos vinculados al abastecimiento de agua y la recuperación ambiental del Bósforo. En una ciudad de más de quince millones de habitantes, resolver problemas básicos como el agua potable y el saneamiento se convirtió en una poderosa plataforma de legitimidad política.
Estos ejemplos sugieren que el agua puede transformarse en un tema electoral cuando confluyen tres factores: crisis visibles, grandes inversiones públicas o transformaciones estructurales en la forma en que se gestionan los servicios.
La pregunta, entonces, es inevitable: ¿qué lugar ocupará el agua en las elecciones argentinas de 2027?
Hoy el agua no suele aparecer entre las principales preocupaciones del electorado. La inflación, el empleo o la inseguridad dominan la agenda. Pero esa situación podría cambiar más rápido de lo que muchos imaginan.
Hay varios factores que podrían elevar el agua en el ranking de las preocupaciones públicas.
El primero es el estado de la infraestructura. Gran parte de las redes de agua y saneamiento en América Latina tienen décadas de antigüedad y requieren inversiones sostenidas para mantenerse operativas. Cuando esas inversiones se postergan demasiado, los problemas tarde o temprano se vuelven visibles: cortes de servicio, pérdidas, contaminación o fallas en la calidad del agua.
El segundo factor es el cambio climático. Sequías más intensas, inundaciones más frecuentes y variaciones en los regímenes de lluvias están alterando la disponibilidad de agua en muchas regiones del mundo. Lo que antes era un tema ambiental comienza a tener consecuencias económicas y sociales muy concretas.
El tercero es cultural. En los últimos años, el agua dejó de ser solo un recurso invisible que llega por la canilla. Hoy se habla de cuencas, de calidad, de eficiencia, de reutilización, de infraestructura verde. En otras palabras, el agua empezó a convertirse en un tema de conversación pública.
Cuando eso ocurre, la política inevitablemente toma nota. Tal vez la pregunta no sea si el agua dará votos, sino cuándo comenzará a hacerlo.
En un mundo donde la seguridad hídrica será cada vez más determinante para el desarrollo económico, la salud pública y la estabilidad social, es probable que los líderes políticos que comprendan antes que nadie la centralidad del agua tengan una ventaja estratégica.
Porque, al final del día, pocas cosas afectan tanto la vida cotidiana de una sociedad como algo tan simple —y tan esencial— como abrir una canilla y saber que el agua está ahí.
Gonzalo Meschengieser es Médico Sanitarista MN 117.793 CEO de la Cámara Argentina del Agua