En un mundo atravesado por el cambio climático, la presión sobre los recursos naturales y las incertidumbres geopolíticas, Argentina aparece como uno de los territorios mejor posicionados para afrontar los desafíos del próximo siglo gracias a una ventaja estratégica cada vez más valiosa: la abundancia de agua dulce.
Hoy nos hacemos preguntas que, hasta hace poco, pertenecían exclusivamente a la ciencia ficción: ¿qué regiones del planeta ofrecerán las mejores condiciones para sostener la vida humana durante el próximo siglo?
El cambio climático, el deterioro ambiental, la pérdida de biodiversidad, la competencia por recursos estratégicos, las crecientes tensiones geopolíticas y el riesgo —siempre presente— de una escalada nuclear están llevando a científicos, empresarios, gobiernos y ciudadanos de a pie a pensar cada vez más en dónde será posible vivir en el mediano plazo.
Elon Musk sostiene desde hace años que la humanidad debe convertirse en una "civilización multiplanetaria", convencido de que concentrar toda nuestra especie en un único planeta representa un riesgo existencial. Su apuesta por la exploración de Marte no responde solamente a una ambición tecnológica, sino a una estrategia de supervivencia de largo plazo.
Hace pocas semanas, bajo una premisa diferente, aunque con una preocupación similar, el físico David Gross, Premio Nobel de Física, advirtió que la humanidad enfrenta amenazas existenciales sin precedentes y que las próximas décadas serán decisivas para nuestro futuro, incluso plantea dudas acerca de nuestra propia supervivencia para 2050. El siempre escuchado Bill Gates, también señaló la necesidad de prepararse mejor frente a pandemias, eventos climáticos extremos y otras crisis globales que podrían alterar profundamente la organización de nuestras sociedades. Paradise, la exitosa serie cuya segunda temporada nos puso de nuevo de frente al apocalipsis, hizo su trabajo en reposicionar esta cuestión.
Si bien las predicciones más pesimistas son objeto de debate entre especialistas, existe un consenso amplio en un aspecto: durante los próximos cien años la geografía volverá a ser un factor estratégico. No todos los territorios ofrecerán las mismas condiciones para producir alimentos, garantizar agua potable, generar energía o mantener una calidad de vida adecuada.
Durante buena parte del siglo XX, el petróleo fue considerado el principal recurso geopolítico del planeta. En el siglo XXI, el agua dulce ya ocupa ese lugar.
Según organismos internacionales, apenas alrededor del 2,5% del agua del planeta es dulce y solo una pequeña fracción resulta fácilmente accesible para el consumo humano. Al mismo tiempo, el crecimiento poblacional, la urbanización y las alteraciones del clima están incrementando la presión sobre este recurso.
Las regiones con abundantes reservas de agua superficial y subterránea, temperaturas moderadas, baja exposición a desastres naturales y capacidad para producir alimentos podrían adquirir un valor estratégico sin precedentes.
Diversos estudios sobre resiliencia climática suelen mencionar países como Canadá, Nueva Zelanda, algunas regiones del norte de Europa y sectores del Cono Sur de América como territorios relativamente mejor posicionados frente a los desafíos ambientales del próximo siglo.
No porque sean inmunes a las crisis, sino porque reúnen varias ventajas simultáneamente: abundancia de agua dulce, grandes superficies agrícolas, baja densidad poblacional en extensas áreas, importantes reservas energéticas y una menor exposición a algunos de los conflictos geopolíticos que afectan a otras regiones.
Dentro de ese grupo, Argentina ocupa una posición singular.
Con casi 2,8 millones de kilómetros cuadrados, una densidad poblacional cercana a los 17 habitantes por kilómetro cuadrado —muy inferior a la de numerosos países desarrollados— y una enorme diversidad climática, el país alberga algunos de los principales reservorios de agua dulce del planeta.
A ello se suman la presencia de importantes cuencas hidrográficas, extensos acuíferos compartidos como el Guaraní, glaciares andinos que constituyen reservas estratégicas de agua, miles de lagos y ríos, una de las mayores plataformas marítimas del mundo, y un enorme potencial para la producción de alimentos, energías renovables e hidrógeno de bajas emisiones.
La humanidad ya atravesó grandes catástrofes naturales y climáticas.
Durante las glaciaciones, distintas especies sobrevivieron gracias a refugios climáticos donde las condiciones ambientales permanecieron relativamente estables. Del mismo modo, numerosos ecosistemas conservaron su biodiversidad, porque determinados territorios funcionaron como verdaderas reservas naturales frente a cambios extremos.
Hoy, muchos investigadores utilizan el concepto de "refugios climáticos" para describir aquellas regiones que podrían mantener mejores condiciones de habitabilidad a medida que aumenten las temperaturas y se intensifiquen los eventos extremos.
En ese contexto, el agua aparece como el factor decisivo. Sin agua no existe agricultura, ni industria, ni ciudades, ni salud pública, ni biodiversidad. Allí donde el agua sea abundante y bien gestionada existirán mayores posibilidades de sostener comunidades resilientes.
Hace décadas, el expresidente Eduardo Duhalde popularizó una frase que quedó grabada en la memoria colectiva: "Argentina está condenada al éxito". Más allá del optimismo político que la inspiró, esa expresión adquiere hoy una nueva lectura. Y es controversial que el éxito del país pueda ser consecuencia de la catástrofe que azota a tantos otros.
Si Argentina aspira a convertirse en uno de los territorios más valiosos del siglo XXI, deberá comenzar desde ahora a proteger aquello que constituye su mayor patrimonio estratégico: el agua.
Eso implica preservar cuencas, restaurar humedales, cuidar glaciares, invertir en infraestructura hídrica, reducir pérdidas en redes de distribución, impulsar la reutilización del agua, fortalecer la ciencia y la innovación, desarrollar tecnologías para una gestión inteligente del recurso y consolidar una industria nacional del agua capaz de generar conocimiento, empleo y exportaciones.
Si el siglo XX fue el siglo del petróleo y el XXI es el siglo del agua, Argentina tiene una oportunidad excepcional. No para convertirse en un refugio pasivo frente a las crisis del mundo, sino para transformarse en un líder global en la gestión sostenible del recurso más indispensable para la vida e invitar a millones de habitantes que migrarán hacia estas tierras. Un Arca de Noé sustentada en la disponibilidad de agua.
Gonzalo Meschengieser es médico sanitarista MN 117.793
CEO de la Cámara Argentina del Agua