Con su despedida de la Selección Argentina, Lionel Messi cierra una era irrepetible y deja una huella que trasciende los goles, los títulos y los récords. Daniel Kiper reflexiona sobre el legado de un futbolista extraordinario que convirtió el talento en eternidad gracias a una combinación única de disciplina, humildad y perseverancia.
El día en que Lionel Messi anunció que dejaba la Selección Argentina, el fútbol amaneció con una extraña sensación: algo temporal había alcanzado la eternidad.
Habían pasado más de veinte años desde aquella tarde remota en que se puso por primera vez la camiseta celeste y blanca.
Tenía la capacidad de atravesar defensas que parecían muros, encontrar pasadizos invisibles y conducir la pelota por espacios que un instante antes no existían. Entre una multitud de adversarios descubría una línea secreta, un sendero que solo él podía ver. Sometida a una geometría desconocida, la pelota llegaba al sitio exacto que únicamente él había previsto. Lo acompañaba como si ambos hubieran nacido juntos y estuvieran cumpliendo un destino.
Pero sería injusto atribuir su grandeza únicamente al prodigio. El talento puede conceder un instante; no garantiza una era. Permanecer durante más de dos décadas en la élite mundial requirió disciplina, sacrificio y una obstinación casi ascética. Messi debió vencer a los rivales, pero también al cansancio, a las críticas injustas, al paso del tiempo y a las innumerables versiones de sí mismo.
Conoció derrotas que parecían definitivas. Renunció y regresó. Acaso comprendió que el juicio de la historia no se elude huyendo, sino regresando una y otra vez hasta modificar el veredicto. Al final lo aguardaban la Copa América en el Maracaná y la Copa del Mundo en Qatar.
Hoy deja la Selección. Quedan los goles, los récords y los títulos, que pertenecen a la estadística. Pero queda algo más profundo: el ejemplo de un hombre que recibió un don extraordinario y tuvo la disciplina, la humildad y el coraje necesarios para honrarlo durante toda una vida.
Algunos instantes contienen todos los tiempos. Para los argentinos, uno de ellos será siempre el mismo: Lionel Messi, bajo el cielo de Qatar, levantando la Copa del Mundo.
Desde aquel momento, su historia dejó de pertenecer al tiempo.
Ya era eternidad.