5.209 suicidios en 2025. Una tasa de 11,8 cada 100.000 habitantes. Una cifra que obliga a mirar de frente una problemática que atraviesa especialmente a adolescentes y jóvenes.
Hay temas de los que una sociedad empieza a hablar cuando ya es demasiado tarde.
El suicidio es uno de ellos.
Durante mucho tiempo, hablar de suicidio fue casi un tabú. Se creyó que nombrarlo podía generar más daño que prevención. Hoy sabemos que el silencio no protege. Que escuchar, detectar señales de alarma, acompañar y facilitar el acceso a la atención son parte indispensable de cualquier estrategia de prevención.
Y los números obligan a mirar de frente una realidad que ya no admite indiferencia.
En Argentina, durante 2025 se registraron 5.209 suicidios, según el informe del Observatorio de Política Criminal elaborado sobre la base de datos del Sistema Nacional de Información Criminal. La tasa alcanzó 11,8 suicidios cada 100.000 habitantes, frente a 9,7 en 2024. El informe señala que se trata de la tasa más alta de los últimos nueve años.
Para dimensionar ese número, existe una referencia internacional: la Organización Mundial de la Salud estimó una tasa mundial de entre 8,9 a 9,2 suicidios cada 100.000 habitantes, que equivalen a 720.000 fallecimientos por año en todo el mundo.
Pero detrás de cada cifra hay una persona.
Una historia.
Una familia.
Amigos, compañeros de escuela, compañeros de trabajo y comunidades enteras atravesadas por una pérdida.
Por eso, hablar de suicidio no es hablar solamente de muerte.
Es hablar de prevención.
Y, sobre todo, de nuestra capacidad para llegar a tiempo.
Una realidad que golpea a los jóvenes
La preocupación adquiere otra dimensión cuando miramos a adolescentes y jóvenes.
Los últimos datos disponibles sobre intentos de suicidio muestran las tasas más elevadas en la población de 15 a 24 años. El sistema nacional de vigilancia comenzó a registrar estos eventos como notificación obligatoria en abril de 2023. Hasta octubre de 2025 había registrado 22.249 eventos, pero esa cifra corresponde a intentos, no a suicidios consumados, y su evolución debe analizarse teniendo en cuenta la incorporación progresiva de jurisdicciones y establecimientos al sistema.
Es una distinción fundamental.
Porque en una problemática tan delicada, comunicar mal un dato también puede ser una forma de equivocarnos en el diagnóstico.
Lo que sí sabemos es que existe una generación que atraviesa un escenario complejo: problemas de salud mental, violencia, aislamiento, consumos problemáticos, dificultades económicas, presión social, conflictos familiares y una exposición permanente a las redes y a nuevas formas de interacción.
No existe una única causa.
Y justamente por eso tampoco existe una única respuesta.
La ludopatía entró por el teléfono
A este escenario se suma un fenómeno relativamente nuevo y de crecimiento acelerado: las apuestas online.
El juego dejó de estar necesariamente asociado a un espacio físico.
Ahora puede estar en un teléfono.
Disponible las 24 horas.
Al alcance de un adolescente.
Promocionado en redes sociales y muchas veces vinculado con el deporte, el entretenimiento y figuras de enorme llegada entre los jóvenes.
El problema no es solamente cuánto dinero se apuesta.
También debemos mirar qué ocurre cuando el juego comienza a ocupar un lugar cada vez mayor en la vida de una persona: cuando aparece la pérdida de control, el endeudamiento, el ocultamiento, el aislamiento o el deterioro de los vínculos.
No corresponde afirmar que la ludopatía provoca automáticamente suicidios. El suicidio es un fenómeno complejo y multicausal.
Pero tampoco podemos desconocer que los consumos problemáticos y las situaciones de vulnerabilidad requieren prevención, atención y políticas públicas específicas.
Tres problemas, una misma discusión
Hay algo que aprendí trabajando estos temas durante años: no podemos abordar el suicidio, la salud mental y la ludopatía como compartimentos estancos.
Son problemas diferentes y requieren respuestas específicas. Pero muchas veces se encuentran en las mismas historias, particularmente entre adolescentes y jóvenes.
Por eso necesitamos una estrategia integral.
Necesitamos fortalecer la atención de la salud mental.
Detectar tempranamente las situaciones de riesgo.
Capacitar a docentes y equipos de salud.
Acompañar a las familias.
Trabajar sobre los consumos problemáticos.
Prevenir la ludopatía.
Proteger especialmente a niños y adolescentes.
Y producir información confiable que permita diseñar políticas públicas basadas en evidencia.
Mis proyectos y una discusión que todavía espera
Durante mi trabajo legislativo presenté proyectos vinculados con la prevención del suicidio, la salud mental y la ludopatía.
Lo hice porque entendí —y sigo entendiendo— que estos tres temas necesitan estar en el centro de la agenda pública.
Hasta ahora, no he logrado que los distintos sectores políticos, ni desde el oficialismo ni desde la oposición, encuentren la voluntad suficiente para darles el tratamiento que considero necesario.
No lo planteo como una cuestión partidaria.
Al contrario.
Hay problemas que deberían estar por encima de las diferencias entre oficialismo y oposición.
Cuando hablamos de suicidio, de adolescentes atrapados en apuestas online o de personas que no encuentran atención para un padecimiento de salud mental, la discusión debería ser cómo construir una respuesta y no quién obtiene el rédito político.
La política tiene una responsabilidad particular frente a estos problemas: transformar las preocupaciones de la sociedad en herramientas concretas de prevención, atención y protección.
No podemos esperar otra tragedia para volver a discutir lo mismo.
Llegar antes
Prevenir significa llegar antes.
Antes del intento.
Antes del aislamiento.
Antes de que una familia sienta que ya no sabe qué hacer.
Antes de que una persona llegue a creer que no existe una salida.
Llegar antes significa que un docente pueda reconocer una señal.
Que una madre o un padre sepan dónde pedir ayuda.
Que un adolescente encuentre un adulto dispuesto a escucharlo.
Que un sistema de salud pueda responder.
Que después de un intento exista seguimiento.
Y que quienes quedan después de un suicidio también reciban acompañamiento.
La Organización Mundial de la Salud señala precisamente la importancia de la detección temprana, el seguimiento de las personas en riesgo y la capacitación de los trabajadores de salud como componentes de la prevención.
Una decisión que no puede seguir postergándose
El suicidio nos obliga a mirar aquello que muchas veces preferimos no mirar.
La soledad.
La angustia.
La desesperanza.
Los consumos problemáticos.
La violencia.
La presión social.
La ludopatía.
Las dificultades para acceder a la salud mental.
Y también nuestra propia dificultad para escuchar.
Por eso esta discusión no puede reducirse a una cifra.
Pero tampoco podemos ignorar las cifras.
5.209 suicidios.
11,8 cada 100.000 habitantes.
Son números que deberían interpelarnos.
No para buscar culpables.
Para buscar respuestas.
No para politizar el dolor.
Para convertirlo en una prioridad de política pública.
Porque detrás de cada número hay una vida.
Y si realmente creemos que cada vida importa, hay una pregunta que ya no podemos seguir postergando:
¿Cuánto más vamos a esperar para llegar antes?
Marcela Campagnoli es diputada nacional (MC)