Una resolución del Ministerio de Capital Humano impone una carga fiscal inédita a los clubes deportivos, tratándolos como empresas comerciales. La medida, silenciosa pero letal, amenaza con desfinanciar a las instituciones que sostienen el tejido social del deporte argentino.
Una mañana de julio, sin advertencia ni consenso, desde un escritorio del Ministerio de Capital Humano se firmó una resolución que ningún funcionario se animó a anunciar a viva voz. En el silencio de las oficinas del Estado, se decidió que los clubes deportivos —esos templos populares del deporte, la cultura y la solidaridad— son un lujo que la Argentina no puede permitirse.
La Disposición 16/2025 impone a nuestras instituciones una carga previsional exorbitante, exigiéndoles tributar como si fueran empresas comerciales al elevar la alícuota - otrora del 2% - del 7,5% vigente al 13,06% con más un plus del 5,56%.
Se ignora —o peor aún, se desprecia— que los clubes no reparten dividendos, no persiguen fines de lucro, y no se fundaron con capital financiero, sino con esfuerzo colectivo, memoria barrial y pasión incondicional.
Esta decisión no es una medida fiscal más. Es una sentencia ideológica.
El gobierno ha puesto en la mira a las instituciones que abrazan lo colectivo, lo popular.
Y como ocurre cada vez que se quiere desmantelar lo que une al pueblo, la ofensiva no se declara: se disfraza de técnica administrativa, de ajuste inevitable, de “orden económico”.
Pero lo que se juega acá no es una planilla de Excel.
Lo que está en riesgo es el alma de nuestros potreros, el corazón del deporte nacional.
Porque un club no es solo una camiseta ni una cancha.
Un club es la pileta donde un pibe aprende a nadar, la escuelita donde se forja el compañerismo, el gimnasio donde se salva del abandono un chico que estuvo a punto de caer ante la indiferencia del Estado.
Un club es esa red invisible que sostiene a millones de familias.
Es fábrica de afectos, trinchera de igualdad, incubadora de sueños.
Al imponer esta carga asfixiante, el Gobierno no solo desconoce la naturaleza jurídica de los clubes: la combate.
Les exige tributar como sociedades comerciales, pero no les reconoce beneficios ni facilidades.
Los grava como si generaran riqueza para accionistas, pero les niega la ayuda que reciben entidades con fines de lucro disfrazadas de responsabilidad social.
¿Acaso se pretende fundir a los clubes en nombre del mercado? ¿O es este el camino encubierto para forzar el desembarco de las Sociedades Anónimas en el fútbol argentino?
No es ingenuidad. Es doctrina.
En el país del “sálvese quien pueda”, las instituciones colectivas resultan sospechosas, molestas, subversivas.
Molestan porque enseñan, a contramano del discurso dominante, que no todo tiene precio.
Que se puede compartir sin competir. Que se puede crecer sin explotar.
Molestan porque se sostienen en el voluntariado, en la gratuidad del afecto, en la dignidad del que entrena sin promesa de gloria, en la obstinación del que enseña sin pedir nada a cambio.
Desde esta trinchera —sin banderas políticas pero con los colores de mi club tatuados en el alma— alzamos la voz en defensa de todos los clubes de la Argentina.
Porque cuando un club cierra por asfixia fiscal, no se apagan solo las luces del estadio: se apaga una parte de nuestra identidad, de nuestra cultura, de nuestro porvenir.
Convocamos a la conciencia de los legisladores, a la reacción de las organizaciones sociales, al abrazo de los hinchas.
Que nadie se haga el distraído: lo que está en juego no es la contabilidad de una entidad, sino la posibilidad de seguir creyendo en lo colectivo, en lo comunitario, en lo popular.
Cuando un club se cae, no se cae solo.
Se lleva consigo un pedazo de infancia, una ilusión, una esperanza.
Y por eso, como ese hincha eterno que aún canta desde la tribuna del tiempo, volvemos a gritar fuerte, para que todos escuchen:
“Los clubes no se tocan. Los clubes se defienden”.
Daniel Kiper es dirigente del Club Atletico River Plate