Menos personalismos, más República: el diseño institucional que la Argentina Azul necesita

Aquí se plantea la necesidad de abandonar los personalismos y encarar una reforma institucional profunda que garantice previsibilidad, seguridad jurídica y estabilidad, como condición indispensable para el desarrollo estratégico de una “Argentina Azul” orientada al crecimiento productivo y la inserción global.

Por Carlos Lionel Traboulsi

Solemos consumir nuestros debates públicos atrapados en la coyuntura inmediata. Discutimos nombres propios, alianzas electorales de ocasión o el conflicto de la semana, perdiendo de vista lo estructural. Los verdaderos cambios no pasan por las personas que ocupan circunstancialmente el poder, sino por las reglas de juego que organizan la vida democrática de una nación. Si aspiramos a construir una Argentina previsible, estable y justa, el debate debe elevarse hacia una reforma institucional profunda. Es hora de pensar en una actualización constitucional que adapte nuestra República a los desafíos del siglo XXI y la sintonice con un proyecto de desarrollo estratégico nacional.

Para que una nación despliegue su verdadero potencial, necesita previsibilidad. En el marco de la visión de la Fundación Argentina Azul, que concibe al país desde su inmensa proyección marítima, su desarrollo industrial, logístico y tecnológico, una Argentina de más de 11 millones de kilómetros cuadrados, la seguridad jurídica no es un concepto abstracto;  es el cimiento indispensable para la inversión. Las grandes inversiones de capital, locales y extranjeras, aquellas que se afincan para transformar la infraestructura portuaria, naval y energética, no buscan ventajas espurias de corto plazo. Buscan un ecosistema institucional que les garantice que las reglas no cambiarán con el próximo turno gubernamental.

Un pilar central de esta reforma debe ser la revisión de la dinámica del Poder Ejecutivo. La lógica de la campaña y negociación política permanente y la reelección inmediata (introducida en la reforma de 1994 al modificar el histórico Artículo 90 de nuestra Carta Magna), suele condicionar las decisiones de Estado, subordinando la planificación estratégica a la urgencia electoral. Retornar a la tradición alberdiana de un mandato único de seis años sin reelección inmediata dotaría al gobierno de una mayor estabilidad y un horizonte temporal adecuado para ejecutar políticas de largo plazo, desarticulando la improvisación constante y permitiendo que el Presidente gobierne para la posteridad y no para la próxima encuesta.

Asimismo, el fortalecimiento de la República exige una transformación radical en el Poder Judicial, garantizando su absoluta independencia. La Constitución Nacional, en su Artículo 114, encomienda al Consejo de la Magistratura la selección de los magistrados mediante concursos públicos. Si bien contamos con herramientas valiosas de evaluación de antecedentes y exámenes, el diseño actual deja un margen excesivo a la discrecionalidad y a la negociación política en la etapa final de las ternas y el acuerdo senatorial (Art. 99, inc. 4). Cabe hacernos una pregunta legítima: ¿estamos eligiendo a los más capaces o a los más convenientes?
Debemos avanzar hacia un sistema donde el orden de mérito vinculante sea el criterio rector absoluto dejando de lado posibles caprichos o negocios de la política. La idoneidad, la trayectoria y la solvencia moral deben primar sobre la sintonía partidaria. Un juez que accede a su cargo estrictamente por su excelencia académica, profesional y moral no le debe su sillón a ningún favor político. Esa independencia es la que genera la confianza pública y fortalecimiento institucional republicano que los ciudadanos reclaman, y la seguridad jurídica que los inversores nacionales e internacionales exigen antes de comprometerse como coprotagonistas del crecimiento nacional.

No se trata de favorecer o cuestionar a gestiones o personas determinadas. Se trata de diseñar instituciones sólidas que funcionen correctamente más allá de los hombres y mujeres que las habiten. Menos discrecionalidad y más mérito; menos personalismos y más instituciones; menos improvisación y más reglas claras.

Una Argentina que abra las puertas al mundo, que capitalice sus recursos estratégicos y que ofrezca prosperidad económica a sus habitantes, debe ser, ante todo, una Argentina republicana y previsible. El proyecto de la Fundación Argentina Azul es una invitación a recuperar el orgullo nacional a través de la producción, el mar, el campo, la industria, el trabajo y la ciencia; pero ese motor económico solo encenderá si el chasis institucional es robusto. Animémosnos a dar este debate con seriedad, generosidad y visión de futuro. Ese es el camino para enamorar a los argentinos con un destino común y fundar un nuevo ciclo de desarrollo y grandeza que nos beneficie a nosotros a las generaciones venideras.

Naveguemos Juntos las aguas de la esperanza.

*abogado, diplomado en relaciones internacionales, miembro del Instituto de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional, Fundador y presidente de la Fundación Argentina Azul.

Los economistas son parte del problema  

Por Carlos Lionel Traboulsi, secretario del Partido Demócrata Cristiano. El autor propone un modelo de desarrollo “Argentina Azul”, que impone una nueva visión estratégica, reconociendo que somos un país marítimo.

Frente a la profunda crisis moral, política y financiera que vive nuestra Patria, la mayoría de los políticos y economistas se esfuerzan por hacer la propuesta más beneficiosa para los capitales ciegos e impersonales, como si fueran entes suprahumanos, pensando que, con ello, dichos capitales generaran trabajo y crecimiento.  

Convencidos están que en sus manos está la solución a los problemas de los argentinos, sin advertir que en los últimos 39 años de democracia tuvimos 29 ministros de economía, lo que nos evidencia que estos también son parte del problema mostrándonos una radiografía del país que es un barco a la deriva.  

Tan poco Estado como sea posible y tanto Estado como sea necesario debe ser el norte de la construcción de un proyecto de país; pero, si con el argumento de un proyecto solo se buscan soluciones a corto plazo orientados a beneficiar excluyentemente a los capitales y no al desarrollo de la nación, estamos dando vueltas siempre sobre los mismos problemas que nos dará inevitablemente los mismos resultados, a pesar de poder tener algunos engañosos veranitos.  

Un Estado subsidiario es aquel que promueve a que los particulares puedan desarrollar todas sus virtudes y capacidades, reservándose solo aquello que los particulares no puedan hacer o lo que se defina como estrategias de seguridad o interés nacional.  

Para poder definir una baja de impuestos, una disminución de la ocupación en el sector público y todo aquello que signifique una reducción del gasto público y el déficit fiscal, debemos tener como primera premisa para que y que grado de sufrimiento ello representa en las personas de carne hueso. La experiencia nos dice que todas las propuestas en los últimos 40 años, aunque podríamos ir más atrás, pero quedémonos desde que se recuperó la democracia, significaron sufrimiento e incertidumbre para nuestra sociedad.  

Los políticos latinoamericanos, no solo los argentinos, hemos mentido a nuestros pueblos al salir de los procesos dictatoriales y autoritarios en nuestros países, afirmando que con la democracia se come, se cura, se educa, se tiene bienestar, y la realidad nos ha mostrado que es todo lo contrario. Hoy nos asustan nuevamente la aparición de autoritarismos y populismos, pero la gente no se fija ya en esas discusiones de las clases políticas e intelectuales, sino que reclaman solución a sus necesidades básicas insatisfecha.  

Es por ello que se requiere una gran revolución moral para frenar y si es posible, terminar con la corrupción generalizada; una propuesta y puesta en marcha de un verdadero proyecto nacional que no debe ser bla bla bla, sino serio,  

fundado y realizable, generando las herramientas financieras adecuadas para llevarlo adelante (acá si hablaríamos de reducción tributaria y normas empresariales y laborales, sin perder derechos, acordes a los tiempos), para pensar con esperanza y confianza en un futuro distinto que nos incluya a todos y nos garantice la igualdad de oportunidades dentro de la democracia. La democracia es un ejercicio diario que se aprende todos los días de nuestras vidas y nos debe dar respuestas a los ciudadanos.  

A partir de este diagnóstico es que invito a todas las fuerzas políticas a discutir un auténtico proyecto de país para los próximos 20 años mínimos, terminando con las fantasías que proponen el incesante derrotero por los medios de comunicación de los economistas y de políticos asustadizos que viendo la posibilidad de perder sus posiciones de poder abrazan ideas inconsistentes.  

Mi aporte es el Modelo de Desarrollo Argentina Azul, que impone una nueva visión estratégica, reconociendo que somos un país marítimo, modificando la matriz productiva industrial incorporando al mar como actor protagónico.  

Este Modelo de desarrollo nos permitiría duplicar el PBI, terminar con la pobreza estructural y generar trabajo para todos de calidad y con futuro. Conocimiento, Campo, Mar y cuidado del Medio Ambiente son los pilares esenciales de este Modelo de Desarrollo novedoso y desconocido por la inmensa mayoría de los ciudadanos.  

Si maduramos como sociedad y exigimos este tipo de debates y discusiones tenemos futuro, de lo contrario seguiremos siendo un barco a la deriva donde algunos vivos se queden con todas las riquezas mientras las mayorías sufrirán eternamente y serán cautivas de propuestas populistas que los acallan con un plan a cambio de un voto.  

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