Con escándalos, enfrentamientos internos y figuras cuestionadas al frente de ambas cámaras, el Congreso argentino atraviesa una crisis de legitimidad que refleja el deterioro institucional más profundo del sistema político. La falta de diálogo, la farandulización de la política y el descrédito social alimentan una percepción creciente de que el Poder Legislativo ha dejado de representar a la ciudadanía.
Hace tiempo que las instituciones argentinas arrastran una crisis de confianza que mina su legitimidad y desgasta su imagen. El Congreso de la Nación, que debería ser el espacio por excelencia de la representación, del debate de ideas y de la construcción de consensos, no es ajeno a esta realidad. Por el contrario, se ha convertido en un espejo de esa desconfianza, falto de prestigio, debilitado en su funcionamiento y cada vez más alejado de los problemas concretos de los ciudadanos.
Basta observar la figura de la presidenta del Senado y vicepresidenta de la Nación, Victoria Villarruel. Su rol institucional debería ser el de nexo entre el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo. La práctica, sin embargo, muestra otra cosa: hace tiempo que la comunicación con el presidente y su entorno es inexistente. La falta de diálogo se transformó en un muro infranqueable que no solo afecta la dinámica interna del Congreso, sino también la imagen de la conducción política.
No es novedoso en la historia argentina el enfrentamiento o la enemistad entre un presidente y su vice. Pero que no sea nuevo no lo hace menos dañino. Cada episodio de tensión deteriora la percepción del espacio gobernante y debilita al Congreso como institución. Y cuando esa fractura se expone con pases de factura y declaraciones cruzadas, el costo político se multiplica. Lo que podría quedar como una diferencia interna se convierte en un espectáculo de confrontación que erosiona todavía más la confianza ciudadana.
En la Cámara de Diputados, la situación no es mejor. Su presidente, Martín Menem, está hoy en el centro de la escena por supuestas causas de corrupción que lo rodean. Cuando la figura que debería ordenar el debate legislativo se convierte en protagonista de sospechas, el daño es doble; se deslegitima el órgano y, al mismo tiempo, se profundiza la percepción de que la política está desconectada de la ética y del servicio público.
A esto se suman los escándalos internos, que ya no son discusiones intensas sobre proyectos de ley, sino peleas personales, luchas de egos y escenas que rozan el absurdo. El enfrentamiento entre Marcela Pagano y Lilia Lemoine, más vinculado al deseo de protagonismo que a diferencias ideológicas reales, es un ejemplo. Y no faltan los empujones, insultos y hasta trompadas en plena sesión. La violencia verbal se naturalizó y, como si no alcanzara, ahora también aparece la violencia física. El resultado es un ciudadano cada vez más decepcionado, convencido de que quienes deberían representarlo ya no lo representan.
Otro fenómeno es la incorporación de figuras mediáticas al Congreso. Personas sin trayectoria política ni propuestas concretas, pero con reconocimiento popular en otros ámbitos, encuentran en la política un trampolín atractivo. Esta farandulización del Poder Legislativo genera aún más rechazo social, porque pone en evidencia que, para muchos, ocupar una banca se ha convertido en una salida laboral demasiado bien remunerada y no en una misión de servicio público.
El problema estructural de fondo es el hiperpresidencialismo. Desde hace décadas, la figura del Presidente eclipsa al Poder Legislativo, limitando su capacidad de incidencia real. A esto se suman prácticas que consolidan la decadencia: la falta de debates serios, los castigos internos por dar o no dar quórum, la escasez de sesiones, el aumento sostenido de dietas y privilegios, y la baja formación académica o técnica de buena parte de los legisladores. Todo configura un escenario en el que el Congreso avanza por un camino de opacidad y deterioro, cada vez más distante de la expresión viva de la República Federal que, en los papeles, somos.
Frente a este panorama, la ciudadanía descree y siente que su voto se diluye en un sistema donde priman los intereses personales por sobre el bien común. El Congreso debería ser la casa de todos los argentinos, el espacio donde se escuchan y se debaten las distintas voces de la Nación. Hoy, en cambio, corre el riesgo de convertirse en un escenario de peleas menores y privilegios mayores, donde el espectáculo reemplaza a la política y la representación se transforma en un mero simulacro.
Daniela Aruj es estratega en Imagen