La democracia de las certezas instantáneas

En la era de la hiperconectividad, el acceso ilimitado a la información no fortaleció necesariamente el pensamiento crítico. Marcelo Carignano reflexiona sobre cómo las redes sociales, los algoritmos y las identidades políticas han desplazado la búsqueda de la verdad por la confirmación de prejuicios, poniendo a prueba uno de los pilares fundamentales de la democracia liberal: la confianza en la razón.

Por Marcelo Carignano

Pensar nunca fue una actividad natural. Si lo fuera, Immanuel Kant no habría definido al Iluminismo como la salida del hombre de su minoría de edad intelectual. Lo “natural” para el ser humano es otra cosa: es pertenecer, es permanecer al calor de la tribu, donde otros piensan por uno o dictan normas que aplacan la razón; donde es menester confiar en las certezas heredadas y evitar el disenso.

Hay esfuerzo en la razón. Mental, sí, biológico también. El cerebro humano considera la disidencia como un ataque. Y envía señales al cuerpo en ese sentido.

La democracia liberal fue construida sobre una apuesta optimista que supuso que los individuos serían capaces de trascender sus impulsos primarios mediante la razón. Creyó que el debate público permitiría contrastar ideas, corregir errores y acercarnos, aunque de manera imperfecta, a una mejor comprensión de la realidad. Durante siglos, la educación, la ciencia, la prensa y las instituciones republicanas actuaron como herramientas orientadas a ese objetivo.

¿Funcionó así en algún momento de nuestra historia? Ciertamente, en esta era de hiperconectividad y de acceso casi irrestricto a la tecnología, no.

La humanidad nunca ha tenido tanta información a disposición. Basta posar la yema del dedo en una pantalla para consultar una biblioteca, leer un paper académico, contrastar una noticia o escuchar a un especialista del otro lado del planeta. Sin embargo, vivimos en una época donde amplios sectores de la sociedad parecen haber abandonado cualquier pretensión de búsqueda de la verdad. Las discusiones públicas son cada vez menos un intercambio de argumentos y cada vez más una guerra de identidades.

La paradoja es evidente. Cuanta más información tenemos disponible, más difícil parece construir una realidad compartida donde no gobierne el sesgo con su autoritarismo intrínseco.

En los comienzos de la masificación de Internet, creímos que las redes sociales democratizarían el conocimiento, que la libre circulación de información fortalecería el espíritu crítico volviendo a los ciudadanos más difíciles de manipular. Ocurrió exactamente lo contrario.

Porque, siendo bien pensados, digamos que en un principio las plataformas digitales fueron diseñadas para acercarnos a la verdad y generar vínculos reales. Hoy está claro que su único objetivo es capturar nuestro interés apelando a lo que nos emociona. Y, como explicamos al principio, la atención humana responde mucho mejor a las emociones que a los argumentos. La indignación es más rentable que la reflexión. El miedo se viraliza más rápido que la evidencia. El enojo genera más interacción que los matices.

La lógica económica del algoritmo consiste en maximizar el tiempo que permanecemos conectados y para conseguirlo necesita conocernos mejor que nosotros mismos. Analiza nuestras preferencias, hábitos y reacciones, para luego devolvernos una versión amplificada de aquello que ya creemos.

Así aparece el fenómeno más relevante de nuestra época: la sustitución de la búsqueda de información por la confirmación del sesgo. No consumimos contenidos para comprender el mundo: lo hacemos para confirmar que tenemos razón.

La neurocientífica Leor Zmigrod lleva años estudiando la relación entre ideología y biología. Sus investigaciones parten de una premisa incómoda: nuestras convicciones políticas no son solamente el resultado de razonamientos conscientes. También están vinculadas a mecanismos cognitivos profundamente arraigados en nuestra estructura cerebral.

El cerebro humano consume aproximadamente el veinte por ciento de la energía del cuerpo. Evolutivamente, ahorrar recursos siempre fue una ventaja, y esto implica reducir la proliferación de ideas complejas, contradicciones y dudas que demandan esfuerzo. La coherencia, en cambio, simplifica la realidad. La pertenencia reduce incertidumbre.

Desde esta perspectiva, la ideología funciona como una herramienta extraordinariamente eficiente, porque permite interpretar el mundo sin tener que reconstruirlo cada mañana. La ideología es el tutor que ofrece respuestas rápidas frente a problemas complejos, nos dice quiénes son los buenos, quiénes son los malos y qué debemos pensar frente a cada situación. Evita, en definitiva, el esfuerzo que implica la Razón.

Kant creía que la libertad comenzaba cuando el individuo se atrevía a utilizar su propio entendimiento. No obstante, la sobreabundancia informativa que padecemos cuatro siglos después no produjo más autonomía intelectual, sino nuevas formas de dependencia. Delegamos el pensamiento en referentes, influencers, periodistas, dirigentes políticos y algoritmos que piensan por nosotros.

Hay ganadores en este mundo de adolescentes crónicos: aquellos que entendieron que movilizar emociones resulta mucho más eficaz que explicar, refutar, dialogar o discutir sin ruido. El periodismo comprendió que los titulares que despiertan indignación generan más tráfico que los que aportan contexto. Los comunicadores políticos apelan casi con exclusividad al mensaje emotivo y abusan de las redes sociales, que premian a quienes ofrecen certezas inmediatas y castigan a quienes introducen complejidades.

En semejante ecosistema, la duda perdió prestigio. En contrapartida, las certezas instantáneas ganaron el escenario porque aportan identidad, pertenencia y tranquilidad emocional. Nos ahorran el trabajo de revisar nuestros prejuicios.

Qué gran ironía es que la tecnología prometía expandir el conocimiento y en cierta forma terminó reforzando muchos de los mecanismos tribales que la civilización intentó domesticar durante siglos.

La democracia liberal nació de la confianza en la razón. Por su parte, la democracia digital parece apoyarse cada vez más sobre la administración de emociones. Tal vez el desafío político, cultural y educativo más importante del siglo XXI consista en recuperar algo tan elemental como incómodo: la disposición a pensar contra nosotros mismos.

El yo, la tribu y la verdad: desafíos de la comunicación política en la era de las ficciones verosímiles

En la era de las redes sociales, la política dejó de ser representación para convertirse en espectáculo. El yo, la tribu y la verdad se disputan el centro de la escena, donde lo verosímil pesa más que lo real y la emoción reemplaza al dato. ¿Cómo comunicar en tiempos de ficciones convincentes?

Por Marcelo Carignano

Vivimos en una época en la que la comunicación política ya no se define por los medios tradicionales ni por los mensajes, sino por los vínculos emocionales que las personas establecen con sus propios relatos. Todo ello potenciado por la masividad de las redes sociales, que transformaron la forma en que nos mostramos y, sobre todo, en cómo necesitamos ser vistos. Impera, entonces, una lógica del “yo” —la del perfil, la historia, la selfie— que se trasladó sin escalas a la política. El dirigente se convierte en protagonista de una narrativa personal que muchas veces se impone sobre la realidad misma. Lo que importa ya no es la verdad, sino la verosimilitud: aquello que parece auténtico, aunque no lo sea.

Pasamos de la representación al espectáculo. Antes, el político hablaba en nombre de otros; hoy, se interpreta a sí mismo. Y, ¡albricias! Ese cambio no es menor.

Las redes convirtieron la escena pública en una competencia de visibilidad. Cada gesto, cada palabra o silencio se mide en términos de engagement, no de contenido. Esta es una era en la que el yo pide likes, la tribu exige lealtad y la verdad se vuelve opcional.

Las campañas políticas lo entendieron rápido: la emoción derrota al dato, y el algoritmo recompensa la exuberancia verbal, la exageración. Ya no hablamos de convencer, sino de provocar. Donald Trump, Javier Milei o Nayib Bukele, cada uno con su estilo, construyeron poder a partir de esa lógica performática. Su manera de comunicar es representar una versión amplificada de sí mismos. En lugar de hablar de propuestas, cuentan una historia donde ellos son el héroe o el rebelde (y, si cabe, el villano seductor). En ese sentido, las redes son más que canales, digamos más bien escenarios donde la política actúa su show.

Esta obra tiene otro personaje principal sin el cual el político no tiene razón de ser: la tribu. Las comunidades digitales funcionan como espacios de pertenencia afectiva más que de intercambio racional. Nos rodeamos de quienes piensan como nosotros, confirmamos lo que ya creemos y rechazamos cualquier versión que amenace ese equilibrio. La política, en ese contexto, deja de ser un debate de ideas para convertirse en una reafirmación identitaria. Ya no importa si algo es cierto, sino si refuerza la sensación de estar del lado correcto.

Ese fenómeno -me refiero al paso de la crítica ideológica al culto tribal- explica por qué los discursos polarizados tienen tanto éxito. Las tribus digitales necesitan enemigos para sostenerse. Cada bando vive convencido de que defiende la verdad, pero en realidad defiende su narrativa. Y el algoritmo, por supuesto, premia esa tensión, porque el conflicto retiene la atención. Así, la conversación pública se vuelve un ring donde cada golpe discursivo, falso o verdadero, vale más que cualquier argumento.

En medio de ese ruido, la verdad pierde centralidad. Ya no interesa tanto lo que pasa, sino cómo se cuenta. Lo verosímil impone verdad. Las consignas que recortan el discurso en términos de “blanco o negro” son ejemplos perfectos: funcionan porque apelan a emociones universales -la indignación, el miedo, la esperanza-, más allá de su precisión factual. En la comunicación política actual, la emoción no acompaña al mensaje: es el mensaje.

Lo que antes era una línea clara entre gobierno, medios y ciudadanía, hoy se convirtió en un circuito de retroalimentación permanente. Las redes sociales actúan como un cuarto actor: amplifican, distorsionan y a veces sustituyen a los medios tradicionales.

En este flujo, la verdad deja de circular como un dato y pasa a circular como una sensación. Lo que llega al público no es la información, sino la emoción que esa información despierta; que luego retorna al sistema, condicionando los mensajes políticos y los enfoques mediáticos.

Esa transformación tiene un costo enorme: desdibuja la frontera entre la realidad y la ficción: hoy convivimos con deepfakes, bots y relatos diseñados para parecer reales. La política compite con la cultura del entretenimiento, y lo que antes era un debate sobre ideas se convierte en una serie de capítulos diseñados para mantenernos atentos.

Frente a eso, los liderazgos buscan diferenciarse por estilo más que por contenido. Trump construye desde el dramatismo, la confrontación y la idea de salvación personal: “yo te salvo del enemigo”. Kamala Harris, en cambio, representaba la empatía, la contención, el “yo te entiendo”. Dos formas distintas de comunicar que responden a emociones distintas, pero que comparten una lógica: la de la política como relato estético. La forma ya no acompaña al fondo: es el fondo.

En América Latina también se replica ese patrón. Bukele gobierna con estética gamer; Gabriel Boric transitó de influencer juvenil a figura institucional, y en Argentina, el discurso se volvió un espejo deformado de las redes. El lenguaje político se infantilizó.

Aquí aparece el gran desafío para la comunicación política del futuro: recuperar la profundidad sin perder la emoción. No se trata de volver al tecnicismo, sino de aprender a emocionar sin manipular, construir sentido sin sobreactuar, simplificar sin banalizar. La comunicación política necesita un nuevo pacto con la verdad y que la emoción tenga un propósito.

La comunicación política del futuro no será la más ruidosa, sino la que logre sostener sentido en medio del ruido. Porque en una era donde todo se dice, lo verdaderamente revolucionario será poder decir algo que valga la pena escuchar.

Marcelo Carignano es periodista y comunicador

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