El autor describe las causas de la elevada informalidad en nuestro país, sus principales consecuencias y las formas de reducirla.
Argentina tiene una informalidad que, según distintas mediciones, ronda entre el 45% y 50%, lo que implica que aproximadamente se vende un producto sin factura por cada producto con factura. Tener impuestos e informalidad en niveles lógicos es tan importante para nuestro país como tener superávit y en toda reforma tributaria es tan importante bajar los impuestos como atacar y reducir la informalidad.
La principal causa de tal informalidad es tener los impuestos más altos del mundo, como consecuencia del descontrol del gasto público. Ese deshonroso lugar de nuestro país es asignado por cuatro entidades y cinco métodos distintos (posteado en @paisconlogica), siendo en promedio el más gravoso. No es que el ADN argentino tiene un “gen de la evasión” y por eso se necesitan los tributos más altos, sino que, al revés, los máximos impuestos generan esta informalidad. Laffer lo explica con su curva, siendo la clave encontrar el nivel de impuestos que genera la máxima recaudación total. Luego de ese punto óptimo, ella decae por aumentar la informalidad y ahuyentarse las inversiones. Aun combatiendo fuerte las siguientes causas, la informalidad no disminuirá a niveles razonables si no hay una baja fiscal sustancial.
La segunda causa es la hiper-regulación. El dislate de regímenes de recaudación, percepción, información, etc. implica otro destrato al contribuyente y una excesiva dedicación y responsabilidad por cumplirlos.
La tercera es la tolerancia social. Las dos anteriores generan la naturalización de la informalidad como mecanismo de defensa. La mayor muestra es el uso extendido del “descuento en efectivo” (sin ticket).
La cuarta es la tolerancia de las autoridades. Ante la complejidad que surge de la multiplicidad de tributos y regímenes, el régimen ha consistido, por razones prácticas y como regla, en fiscalizar a los grandes contribuyentes (el “zoológico”) y en tolerar incumplimientos fiscales en otros ámbitos.
La quinta es el incentivo más institucionalizado: en este siglo, cada 2 años y 8 meses, se ha dictado a nivel nacional una amnistía, moratoria o plan de facilidades para regularizarse fiscalmente, con sustanciales descuentos. En la Ley de Inocencia Fiscal se inventó uno más, el “Régimen Simplificado”, un inédito blanqueo continuo. Más los regímenes a nivel provincial. Siendo Argentina el país más gravoso en lo fiscal, estos remedios surgen como males necesarios; pero son un tiro a la línea de flotación del cumplimiento fiscal, por lo que deben aniquilarse cuando se logre un régimen de tributos lógicos.
Y la última causa, mientras se espera la próxima amnistía, es la corrupción. Ante objeciones fiscales, el sistema suele ofrecer a los contribuyentes la chance de “arreglarlas” de formas más o menos irregulares.
¿Cuáles son las consecuencias de esta informalidad? En primer lugar, un régimen tremendamente pesado para el formal. Recurriendo a una analogía, si el gasto público fuera caminar diez cuadras, un 50% de informalidad implica el esfuerzo para un formal de llevar en andas a un informal, no lo podría hacer por más de un par de cuadras. Mientras que, si rondara el 20% al que Argentina podría aspirar en pocos años, entre cuatro formales podrían llevar bien al informal por esas diez cuadras y hasta al trote.
Segunda, una feroz competencia desleal, sufrida por quienes operan en el sector formal, quienes no sólo tienen que competir con informales tolerados por las autoridades sino también –el colmo- con exentos sancionados por el Congreso; por ejemplo, las cooperativas, con todos los beneficios de la informalidad (no pagar impuestos) y ninguno de sus riesgos (penas por evasión). Una “informalidad legalizada”. Agravada por competir en forma insólita en mercados hiper-competitivos (supermercados) e hiper-regulados (seguros y bancos). Estas exenciones son inaceptables en un país con los impuestos más altos.
Tercera, las demás consecuencias negativas de la informalidad: menor actividad económica (imposible operar en escala en las sombras), más ineficiencias, menores salarios, sin coberturas sociales, etc.
¿Cómo se debe reducir esta informalidad? La forma más natural y efectiva es bajando sustancialmente los impuestos al sector productivo. Ejemplo simplificado: si el gasto público es $1.000 y hay 50% de informalidad, 50 contribuyentes de los 100 posibles pondrán $20 cada uno para afrontarlo; mientras con un 20% de informalidad, 80 contribuyentes pagarán $12,5 cada uno, sin afectar la recaudación y con un régimen menos pesado y más justo. Hasta allí, cambio cualitativo puro. Si, además, se baja el gasto público (mucho margen en provincias y municipios) y se genera una mayor actividad por la baja de tributos, el superávit y la recaudación crecerán. Y los impuestos podrán seguir bajando en un círculo virtuoso.
La reforma de baja sustancial de impuestos puede hacerse de dos maneras. Primero, por etapas, sin comprometer el superávit fiscal, camino seguido hasta ahora a nivel nacional. Segundo, de forma súbita, bajando drásticamente los tributos principales y eliminando los distorsivos que ningún o pocos países tienen, como hicieron Paraguay e Irlanda; y también una veintena de países, en especial de Europa oriental, que aplican exitosamente el “Flat Tax”, régimen de muy pocos y muy bajos impuestos propuesto desde hace años por reputados economistas, entidades internacionales y aquí por la Fundación Bases. Trataremos los pros, contras, viabilidad y restricciones políticas de cada una en otra nota.
Existen formas secundarias de atacar la informalidad, a través de incentivos a los consumidores para que exijan tickets, sea con porcentajes de gastos aplicables al pago de impuestos (elegido en Brasil para atacar su alta informalidad), o con deducciones en ganancias de gastos hoy no permitidos, opción que trascendió que se incluiría en los capítulos fiscales de la Reforma Laboral, pero por ahora descartada.
Conclusiones: 1) la pérdida de competitividad de las empresas por los tributos más altos, con ciudadanos soportando más del 40% y hasta más del 50% de impuestos al consumir, es una cara de la moneda del país más gravoso; la otra cara es que haya medio país operando en la informalidad; un régimen tan pesado como injusto e hipócrita; 2) la actual alta informalidad debe reducirse bajando en forma sustancial los impuestos; y, complementariamente, con incentivos a los consumidores, reduciendo fuertemente la hiper-regulación, fiscalizando debidamente, concientizando a la sociedad y aniquilando todo tipo de amnistías y “arreglos” irregulares; y 3) en toda reforma tributaria bajar impuestos es tan importante como atacar y reducir la informalidad; lograr, como resultado, un régimen por el que impuestos lógicos sean pagados por (casi) todos es de máxima importancia para Argentina hoy, similar a la de tener superávit.
Matías Olivero Vila es presidente de Lógica
El contrasentido de los senadores de haber votado por unanimidad el blanqueo y rechazar en seguida Bienes Personales.
El Senado dio media sanción con modificaciones a la “Ley de Medidas Fiscales” y rechazó los capítulos de restablecimiento del Impuesto a las Ganancias a empleados de mayor poder adquisitivo y de modificaciones al Impuesto a los Bienes Personales que lo readecuaba a un nivel comparable al promedio de otros países. Y aunque sancionó el capítulo de Regularización de Activos (o “Blanqueo”), de facto lo rechazó, en una patente contradicción, la cual debería enmendarse en esta vuelta a Diputados.
Primer acto. Argentina es el país con los impuestos más altos del mundo. Lo dicen dos entidades distintas (Banco Mundial y UIA), utilizando tres métodos. Uno de ellos surge del informe “Carga Fiscal Formal” (UIA, 2023) por el que se hizo un estudio técnico de los 7 impuestos principales en los 30 países más relevantes (G20 y Sudamérica). Conclusión: en 6 de los 7 tributos Argentina tiene los más gravosos. Uno de los 6 es el impuesto patrimonial, sólo 8 de 30 países lo aplican. Argentina comparte el podio con España y Bolivia, lejos de los otros 5 países. Nuestro Impuesto a los Bienes Personales termina siendo el más gravoso porque a sus elevadas alícuotas (hasta 2,25%) se agrega que aplica con una base de contribuyentes mucho más amplia, por lo cual no solo se expulsan los patrimonios y negocios de los más pudientes sino también al talento joven. Y, además, no permite deducir deudas, como sí se permite en los otros países.
Segundo acto. Los impuestos más gravosos generan muy alta informalidad y evasión, del 46% en el caso de nuestro país. No es que el argentino tiene una tendencia natural a la evasión, sino que es un principio básico explicado en cualquier libro de economía: a impuestos más altos, más informalidad. El Estado argentino reconoce esta situación sancionando una amnistía, moratoria o plan de facilidades de pago cada 2 años y 8 meses en este siglo. Un tiro a la línea de flotación del cumplimiento fiscal. Esos planes son pecado mortal en otros países, expresamente prohibidos. Pero mientras Argentina tenga los impuestos más altos del mundo, las amnistías y moratorias seguirán siendo un mal necesario. Uno de los blanqueos fue el de 2016. El segundo más exitoso en la historia mundial, luego de una amnistía de Indonesia.
Los blanqueos deberían ser excepcionales, por lo que su adhesión se realiza en base a condiciones específicas ofrecidas en la ley. Pero los que se acogieron a aquella amnistía sufrieron tres incumplimientos. Primero, por el mismo signo político que la había sancionado, apenas 2 años después, en 2018, triplicando la alícuota máxima que lo impulsó a blanquear, del 0,25% al 0,75%. Segundo, en 2019, por el gobierno que lo sucedió, volviendo a triplicar la alícuota ya triplicada (2,25%). Tercero, en 2020, se sumó la alícuota de hasta 5,25% del “Aporte Solidario”, lo que provocó un éxodo fiscal sin precedentes, de consecuencias muy negativas para nuestro país. Según aquel informe de UIA, Argentina es el único país que aplicó un “impuesto a la riqueza” pro Covid-19. Del 0,25% desde 2018 hasta un total de 7,50% en aquel 2020. La alícuota se multiplicó por 30. Sí, leímos bien. No debe analizarse el actual Blanqueo sin considerar aquel incumplimiento escalonado durante dos años por dos distintos signos políticos.
Tercer acto. En el proyecto de ley de Medidas Fiscales se incluye otro blanqueo más. Y para que no tenga que volverse a sancionar otra amnistía en los próximos 2 años y 8 meses, se proyecta bajar el Impuesto a los Bienes Personales a un nivel lógico, en un rango promedio al de los pocos países que aplican este impuesto, más un régimen por el cual se logra estabilidad fiscal en impuestos patrimoniales hasta 2038, a prueba de aquella sucesión de incumplimientos. La Cámara de Diputados le da media sanción.
Cuarto acto. El Senado le da media sanción en general a la ley de Medidas Fiscales. Pero en la votación en particular pega un salto mortal. Por un lado, 72 senadores, es decir todos los senadores, aprobaron por unanimidad el blanqueo. Un caso muy excepcional. Una contundente invitación a blanquear, algo así como “estamos todos de acuerdo en ésta, ni uno solo de nosotros les va a objetar mañana esta amnistía fiscal”. Pero sólo 5 minutos más tarde (de 6:09 am a 6:14 am), la mayoría (37 a 35) votó por rechazar el capítulo de Bienes Personales, manteniendo el impuesto patrimonial más gravoso del mundo. Si se nos permite la teatralización, sería algo así como “todos y cada uno de nosotros le ponemos a Ud. la alfombra roja para que blanquee todo lo que quiera. Pero esta vez no le vamos a incumplir, se lo decimos de frente. Ud. sabe, antes de blanquear, que va a pagar el impuesto patrimonial más alto del mundo. Y, como no hay estabilidad fiscal, nos reservamos la posibilidad de sancionar, de considerarlo necesario, un Aporte Solidario Bis.”. El Lobo con Caperucita y el Coyote con el Correcaminos no actuaban con tan brutal y transparente contradicción. El blanqueo más contundente (unánime) y breve (5 minutos) de la historia. Se lo vació de contenido en un pestañeo. De ratificarse por Diputados, fracaso del Blanqueo asegurado.
En suma: el Senado no sólo rechazó el capítulo de Bienes Personales y Ganancias. También rechazó de facto el capítulo del Blanqueo, a través de dos votaciones, tan unánime una como ilógica la otra. Aquellos 37 contradictorios senadores tuvieron 43 días la ley en sus manos para terminar incurriendo en este fatal error. La Cámara de Diputados tiene ahora la posibilidad de resucitar el Blanqueo, enmendando esta contradicción, vía la insistencia por el capítulo de Bienes Personales, por mayoría simple.
Reflexiones finales: desde Lógica sostenemos que la tragedia económica argentina tiene por causa la falta de cultura fiscal en nuestra sociedad, transversal a todo nivel y sector. En la cima de dicha falta de cultura se encuentran los poderes políticos de los tres niveles de gobierno, principales responsables de haber causado que la Argentina haya llegado a ser el país más gravoso del mundo. Esto se advierte en los 148 tributos sancionados; en el nivel confiscatorio de las alícuotas y bases imponibles; en el modus operandi de sancionar insostenibles aumentos de gastos públicos sin el menor estudio previo de cómo se financiará ese gasto; en el constante cambio en las reglas de juego tributarias; y en flagrantes contradicciones y errores, como el haber sancionado este Blanqueo que duró tan solo 5 minutos por reloj.
Los argentinos se han pronunciado mayoritariamente por un proceso de cambio que permita salir de décadas de estancamiento. La sociedad civil empieza a empujar y exigir desde abajo con inédita madurez, lo cual exige que los legisladores estén a la altura de las circunstancias. A la luz de la tragedia fiscal que estamos transitando, es inadmisible que se cometan este tipo de errores tan ilógicos, típicos del país más gravoso del mundo que queremos dejar atrás. Por lo que urge que esta contradicción sea enmendada en esta vuelta del proyecto de ley a Diputados, sancionando las modificaciones en Bienes Personales para así volver a dar contenido al Blanqueo. Para que esta vez sea, de verdad, la última amnistía fiscal del país. Sólo con impuestos y gastos lógicos tendremos un país lógico.
Olivero Vila es presidente de Lógica, ONG dedicada a generar conciencia fiscal en toda la sociedad