“A mí no me importa de dónde sacó los dólares, no me importa, no me importa en lo más mínimo”, disparó aleccionador el presidente Javier Milei, al anunciar pomposamente el plan oficial para aspirar, contra viento y marea, dólares del colchón de los argentinos. “Lo lamento por el que no se pudo escapar, porque, es […]
“A mí no me importa de dónde sacó los dólares, no me importa, no me importa en lo más mínimo”, disparó aleccionador el presidente Javier Milei, al anunciar pomposamente el plan oficial para aspirar, contra viento y marea, dólares del colchón de los argentinos.
“Lo lamento por el que no se pudo escapar, porque, es decir, es una declaración de envidia. Es decir, el que pudo escapar, genial, o sea, y no lo tengo que castigar porque pudo huir”, se sinceró Milei, al defender con ese aforismo las medidas, que levantaron polvareda entre tributaristas y expertos en análisis de lavado de activos, y que recordaron tiempos de la “plata dulce”.
A su vez, la maquinaria publicitaria oficial lanzaba la remanida frase cada vez que se lanza algo similar: “Ahora es distinto”, respecto del operativo para capturar dólares de los colchones para tratar de evitar que la economía se deslice nuevamente hacia un cono de sombras por la ya crónica sequía de divisas norteamericana en el Banco Central.
La trilogía oficial propagandística se completó con otra frase, “Tus dólares, tu decisión”, del vocero presidencial Manuel Adorni, en el puntapié inicial del lanzamiento con bombos y platillos del “Plan histórico de reparación de los ahorros de los argentinos”.
Sucede que el Gobierno necesita dólares y, como pregona el apotegma de Milei, “no importa” de dónde vengan o procedan -colchón, caja de seguridad o canuto de la abuela-, y en ese camino anticipó que encarará una intrigante y demorada modificación (la iban a hacer antes de las elecciones de la ciudad de Buenos Aires) a la Ley Penal Tributaria para darle soporte legal a los que tengan dólares que no puedan justificar.
Los cambios harán que virtualmente ninguna operación de compra venta por debajo de los 10.000 dólares sea comunicada a la ARCA (Agencia de Recaudación y Control Aduanero), es decir que se desarma legalmente la sospecha debajo de esas sumas para evitar maniobras dolosas, por ejemplo con el narcotráfico, un delito transnacional creciente y cada vez más difícil de detectar.
Por eso el Gobierno anunció con gran estruendo la eliminación de controles para operar libremente, con el único objetivo de que ingresen dólares al Banco Central, que pese al asiento contable del préstamo del Fondo Monetario Internacional (FMI), sigue anémico de reservas netas.
En ese camino, ahora el umbral para informar las compras de consumidor final pasará a 10 millones de pesos para todos los casos, o sea, alrededor de algo más de 10.000 dólares al cambio actual.
Es decir, debajo de esa suma, la lupa de la ARCA no tendrá información ni control, ya que desde el 1 de junio ya no se le informará las operaciones por debajo de ese monto.
La medida ha sido cuestionada por tributaristas y expertos en la materia, como el exjuez en lo Penal Económico Guillermo Tiscornia, y también por expertos en control de lavado de activos.
A ello se le suma que el Fondo Monetario Internacional (FMI) evitó opinar, pero ya avisó que seguirá “de cerca su evolución” y hay que ver qué dice el GAFI (El Grupo de Acción Financiera Internacional), siempre celoso frente a posible lavado de activos.
Asimismo, habrá que ver la opinión de los organismos internacionales de control de lavado de dinero qué dicen y, sobre todo, el Congreso, ya que se intenta legislar de hecho en temas que le competen exclusivamente a los diputados y senadores de la Nación.
El 1982, en plena dictadura militar, se difundió la película nacional “Plata dulce”, en la que Carlos Bonifatti (Federico Luppi) y Rubén Molinuevo (Julio De Grazia), dos pequeños empresarios dedicados a la venta de botiquines, intentan mantener su fábrica abierta frente a los embates de la devastadora política económica de desindustrialización vigente.
Diversas vicisitudes los llevan a abandonar la actividad para dedicarse a negocios financieros y especulativos y así enriquecerse.
Hasta que descubren que todo es una estafa en cadena y sufren una gran decepción: es famosa la parte de la película “Plata dulce” en la que Bonfatti/Luppi se pone loco cuando advierte toda la trapisonda y su hijo lo contiene.