En el Día de San Cayetano, la fe popular se convierte en grito social. Andrés Vallone reflexiona sobre una Argentina partida entre la devoción y la exclusión, donde el trabajo dejó de ser sinónimo de dignidad y el modelo económico vigente profundiza la herida abierta del sistema laboral.
Cada 7 de agosto, la fe popular moviliza multitudes hacia los templos que llevan el nombre de San Cayetano en todo el país. No van por un milagro extraordinario, sino por algo básico: pan y trabajo. San Cayetano no es solo un santo, es el espejo donde la Argentina se mira desde hace décadas, una patria partida entre la devoción y la deuda social. En este 2025, la fila de fieles no es solo una muestra de espiritualidad: es una postal dramática del país real, ése que las estadísticas oficiales no alcanzan a disimular.
Este año, la Iglesia alzó la voz con dureza: advirtió sobre el “deterioro creciente de la dignidad humana”, criticó el “desprecio por los pobres” y condenó la “idolatría del mercado” como único horizonte político. Lo hizo sin ambigüedades, en un mensaje que apuntó directo al modelo económico del Gobierno de Javier Milei. Un modelo que promete libertad, pero que deja afuera a millones. Porque no hay libertad posible cuando el trabajo escasea, cuando el salario no alcanza y cuando el que protesta es tildado de “parásito”.
Hoy en la Argentina, más del 55% de quienes trabajan lo hacen en la informalidad. La clase media se deshace entre changas y tarjetas en rojo. Jóvenes que estudian y trabajan, pero no sueñan con progresar, sino con irse del país. Y mientras se aplauden superávits contables y se glorifica la motosierra, cierran fábricas, se derrumban pymes y se multiplican los comedores. La consigna “pan, paz y trabajo” vuelve a tener la crudeza de los años más oscuros.
San Cayetano no debería ser un reclamo masivo: debería ser apenas una tradición. Pero en la Argentina de hoy, su día funciona como termómetro social y espejo político. Cuando miles de personas piden trabajo frente a una parroquia, lo que en realidad están diciendo es que el sistema falló. Que el contrato básico entre Estado, ciudadanía y mercado está roto.
La Iglesia, con su peso simbólico y su presencia territorial, actúa como canal del dolor de los que no tienen voz en los medios ni poder en la política. Y aunque no propone una solución técnica, denuncia una verdad que quema: el trabajo ya no es garantía de dignidad, y eso debería avergonzar al poder. Especialmente en un país que, cada 7 de agosto, le reza a un santo porque el Estado no cumple su parte.
Andrés Vallone es diputado nacional MC