La imagen del presidente, construida sobre la épica del outsider que venía a terminar con la corrupción, enfrenta su momento más delicado. Un escándalo reciente pone a prueba su capital simbólico, mientras la sociedad exige respuestas concretas y empatía real.
Javier Milei enfrenta el dilema de tener que sostener la imagen pública cuando la narrativa que lo llevó al poder comienza a resquebrajarse. El presidente libertario, que supo capitalizar el hartazgo ciudadano con la política tradicional, suma ahora un escándalo de corrupción a una lista creciente de problemas. ¿Cuánto puede dañar este episodio a la figura de un presidente que, hasta ahora, parecía blindado frente a todo?
Por supuesto, la política nunca es lineal. Existe un aprovechamiento oportunista de la oposición, que busca capitalizar el momento. Pero más allá del escándalo de los audios, la sociedad sigue esperando señales concretas de alivio en su vida cotidiana.
Los equilibrios macroeconómicos que el Gobierno exhibe como trofeos técnicos no alcanzan; y Milei ya no es solo el outsider que lucha contra la “casta”.
Hoy se enfrenta a una batalla en la cual del otro lado están los burócratas de siempre pero también actores sociales con enorme capital simbólico. Jubilados, personas con discapacidad, trabajadores de la salud. Héroes de carne y hueso, como los médicos del Garrahan, que encarnan, por encima de toda grieta, la empatía de la sociedad.
Entonces, no hay relato épico que alcance. No me imagino quién puede generar más empatía que un abuelo sumido en la indignidad del reclamo eterno.
Esa percepción puede ser letal para un liderazgo que se construyó como cruzada moral contra la corrupción y los privilegios.
En términos de comunicación política, la imagen no se construye sobre realidades, sino sobre percepciones. Y esas percepciones son cambiantes, frágiles, a menudo antipáticas. La resiliencia que mostró Milei en sus primeros meses de gestión podría ponerse a prueba ahora de un modo distinto, más áspero.
Ya no alcanza con el grito de guerra, ni con las fotos con Elon Musk, ni con la épica del “hombre solo contra el sistema”.
La imagen de Milei, como la de todo líder político, se mide en atributos percibidos, se ajusta al ritmo de las emociones colectivas y se redefine ante cada crisis. El libertario llegó como un outsider que prometía terminar con la corrupción. Hoy enfrenta el riesgo de que esa promesa se le vuelva en contra.
El futuro de su capital simbólico dependerá de una respuesta: ¿puede transformar la indignación social en confianza renovada, o quedará atrapado en el mismo pantano del que juró salvarnos?
Daniela Aruj es especialista en imagen y comunicación política