Graiver, Gelbard y Fate: la trama empresarial y política

La trama que une a David Graiver, José Ber Gelbard y Fate expone una Argentina donde la violencia política, el poder económico y el Estado convivieron en circuitos mucho más entrelazados de lo que los relatos oficiales admiten, revelando una historia incómoda sobre negocios, financiamiento y responsabilidades compartidas.

Por Victorio Pirillo

Hay relatos de los años 70 de activistas, empresarios y militares que incomodan, porque rompen con las versiones simplificadas oficialmente conocidas. La historia de David Graiver, el empresario José Ber Gelbard y la organización Montoneros es uno de esos casos donde las categorías de “empresario”, “militante” y “Estado” dejan de ser compartimentos estancos para mezclarse en una trama mucho más incómoda e inmoral en todo sentido.

Durante años, se quiso presentar a la violencia política como un fenómeno aislado del mundo económico. Sin embargo, la figura de Graiver y todo el andamiaje bancario, financiero y político que lo circundaba, desarma ese relato: un financista sofisticado, con bancos en el exterior, que al mismo tiempo aparece vinculado —al menos en múltiples investigaciones periodísticas oportunamente reveladas a toda la sociedad— a la administración de fondos provenientes de la guerrilla. No se trata solo de una acusación judicial debatida, sino de una pregunta más profunda: ¿cómo fue posible que dinero surgido de la violencia encontrara canales dentro del sistema financiero institucional?

En ese punto aparece José Ber Gelbard (encumbrado dirigente de la Confederación General Económica de los 70’). Quizás una de las figuras más contradictorias del tercer gobierno de Juan Domingo Perón. Como ministro de economía, promovía un modelo productivo con fuerte intervención estatal (como vuelven a proponer actuales dirigentes de la política). Pero al mismo tiempo, su red de relaciones empresariales y políticas habilitó el ascenso de figuras como David Graiver. No es un dato menor el que se enuncia; el proyecto económico que buscaba ordenar el capitalismo argentino convivía, en los hechos, con circuitos oscuros de financiamiento y poder oficial y clandestino.

Y ahí es donde entra Fate, nacida en el proceso de industrialización de mediados del siglo XX. La empresa se convirtió en un símbolo del empresariado nacional, al cual Gelbard decía representar. Pero esa misma estructura empresarial también fue parte del entramado de poder que conectaba negocios, política e intereses mucho menos transparentes —según distintas investigaciones de historiadores y periodistas—. La pregunta incómoda es inevitable: ¿hasta qué punto ese “capitalismo nacional” fue realmente autónomo, y hasta qué punto estuvo atravesado por relaciones informales y lógicas de poder paralelas?

El caso Graiver expone, además, una hipocresía persistente en la lectura de la historia argentina: la tendencia a separar moralmente a los actores según conveniencias ideológicas, porque si se condena —con razón— la violencia política, también debería analizarse con la misma severidad a quienes, desde el mundo empresario o estatal, facilitaron o se beneficiaron indirectamente de esos circuitos.

A pesar de las luchas armadas, el dinero no tenía ideología

La presunta relación entre Graiver y Montoneros no solo habla de financiamiento clandestino. Habla de una época donde las fronteras éticas estaban desdibujadas; donde un mismo entramado podía incluir banqueros internacionales, ministros de Estado y organizaciones armadas. En la Argentina de los 70, el poder se manifestaba mentirosamente para el común de la gente fragmentado, cuando en verdad todo estaba planificado y profundamente entrelazado. Mientras socialmente se exhibía una guerra ideológica, la verdadera guerra encubierta era económica.

La visita de Ber Gelbard a Moscú es otro episodio revelador de esa trama ambigua. En plena Guerra Fría, mantuvo contactos vinculados al circuito financiero del bloque soviético, en un intento por diversificar y resguardar capitales fuera de la órbita occidental. Lejos de responder a una afinidad ideológica, el movimiento parece haber sido estrictamente pragmático: buscar protección y liquidez en cualquier plaza disponible sin importar si fuera esta de izquierda, de centro o de derecha. Este dato refuerza una idea incómoda: mientras en la superficie se enfrentaban proyectos políticos antagónicos, por debajo operaban lógicas financieras que ignoraban fronteras ideológicas, confirmando que el dinero —aun en contextos de violencia y polarización extrema— siempre encuentra su propio camino.

Es constatable que detrás de los discursos épicos también existían negocios, intereses, silencios cómplices y altamente redituables que todavía hoy incomodan.

Hoy Javier Madanes Quintanilla ilustra esta lógica histórica que se repite con precisión quirúrgica. Dueño de FATE y Aluar, su expansión estuvo históricamente atada a decisiones estatales. En los años ochenta, la estatización de deudas privadas por más de doscientos millones de dólares trasladó al conjunto de la sociedad costos que nunca generó. El patrón nuevamente quedó establecido: el Estado como sostén, el riesgo como patrimonio colectivo y la ganancia como derecho privado.

En ese marco, la reflexión final no puede eludir a quienes quedaron siempre en el medio de esas tramas: trabajadores y jóvenes que abrazaron ideales —muchas veces genuinos— pero que, en los hechos, terminaron siendo las principales víctimas de un juego de poder que nunca controlaron. Mientras las cúpulas negociaban, acumulaban o se protegían, ellos ponían el cuerpo, el trabajo y la vida.

Esa misma lógica parece proyectarse hasta hoy. Una sociedad cada vez más aniñada, donde se reclaman derechos, cambios y transformaciones profundas, pero se rehúye sistemáticamente a asumir los costos y las consecuencias que implica toda decisión colectiva.  por atarse siempre a personas politizadas pero carentes de conciencia política y no a propuestas y programas que superen al tiempo.

Victorio Pirillo es secretario general del Sindicato Trabajadores Municipales de Vicente López

Gobiernos argentinos y sus políticas suicidas

La deficiencia del Estado populista, como así también del conservador liberal, nos ha llevado en gran parte a esta triste situación actual.

Por Victorio Pirillo

En una parte del mundo donde despóticamente se gobierna tras la máscara de la “democracia” y en donde esta considera despreciable a gran parte de la humanidad por creerla una plaga descontrolada sin posibilidades de desaparecer, allí viven seres perturbadores situados en una economía globalizada, donde los Estados bajo la dominación de las corporaciones se han convertido en meros municipios, y en donde la vida de las personas carece de valor absoluto.

A pesar de esto y la pobreza a la que los distintos gobiernos los arrastraron, todavía la sociedad sigue esperanzada. En gran parte, muchos de ellos continúan pensando que pueden colocar en venta su fuerza de trabajo (que es volver al punto de partida de los países subdesarrollados). Antaño las personas aprendían a conservar y enorgullecerse de su labor. Ahora en este mundo deshumanizado obligan a la muchedumbre a que se resigne a no tener un puesto laboral, o en su defecto aceptar sin reticencia alguna lo que el sistema le imponga. Así, la gran mayoría de los hombres y mujeres de este nuevo escenario horrendo hecho a imagen y semejanza de aquellos que lo conducen no tienen ninguna inspiración de valor racionalizada que los estimule a seguir viviendo en un cosmos donde, sin haberlo pedido, se encuentran afligidamente coexistiendo. La sociedad siembra su esperanza en ser favorecida y con ello conserva su ilusión. Las exenciones impositivas, desgravaciones, subsidios, asistencia crediticia y las posibilidades de crecimiento verdaderas estarán vedadas para las grandes mayorías, siendo solo las ruines y criminales corporaciones las que el poder real resuelva que deben ser asistidas y sus ganancias sacralizadas. De esta manera, millones de personas quedan libradas a su suerte, y así el slogan “el trabajo es un derecho” es reemplazado por “el desempleo es una obligación” por parte de los gobernantes que vuelven a responsabilizar a las personas del saqueo y el quebranto al que los distintos actores políticos nos han llevado hasta el presente. El efecto de infravaloración al que son inducidas las personas tiene el fin encubierto de hacerlas sentir que ya no sirven para nada, porque les han robado hasta la dignidad. La consigna es: no dejen que las almas traten de buscar otras opciones que le permitan superarse o contentarse; traten en lo posible de que estas repitan de manera reiterada todo aquello que la condujo al fracaso. Es sabido que la frustración es la réplica emocional común que advertimos cuando ostentamos un deseo, una necesidad, un objetivo y no logramos compensarlo. Acto seguido sentimos ira, disgusto y decepción, un estado no saciado donde la persona se percibe completamente vacía. En fin, cuanto mayor sea la pared o muro que ponga escollos a nuestras aspiraciones, mayor será el desengaño y la frustración.

En el escenario precedentemente descripto, una parte importante de la población que tiene representaciones suicidas está recorriendo una situación de ambivalencia. En sí, anhelaría morir si su vida se perpetúa de la misma manera esperando las mejoras del “estado de bienestar” que siempre se anuncia pero que nunca llega, y desecharía tal idea si se produjeran cambios significativos en ella.

El Ministerio de Salud de la Nación advierte que en nuestro país hay 1 suicidio cada 3 horas.

En la Argentina actual hay gatillos que disparan balas que agudizan y llevan a la depresión. Esas causas pueden ser factores socioeconómicos, la falta de trabajo, pobreza, inseguridad, problemas de salud mental no tratados ni seguidos por el Estado, falta de vivienda, el narcotráfico, falta de acceso a la atención médica, la falta de apoyo social o aislamiento. Todas estas generan un ambiente en una parte importante de la población que abona las conductas suicidas, conforme lo aseveran destacados y reconocidos profesionales en esta materia.

Hoy nos encontramos con una sociedad entre el abandono y el fracaso del sanitarismo populista.

La deficiencia del Estado populista, como así también del conservador liberal, nos ha llevado en gran parte a esta triste situación actual. En sí, podemos ver la adaptación social de un nuevo y readaptado “apartheid” planificado para conservar el poder de la minoría elitista que no quiere perder su lugar de privilegio frente a las mayorías excluidas. Esta minoría se escuda falsamente bajo el principio del  llamado “hombre libre”, pero lo real y concreto es que todos los modelos políticos conocidos hasta el presente profundizaron la miseria, instalando un nuevo y reajustado esquema de esclavitud. Este eyecta a los individuos de su dignidad y del conocimiento, encadenando los sueños, instalando la degradación mental, la miseria social, penalizando las ideas, el progreso, el bienestar, la solidaridad, la educación, fomentando la individualidad y desintegrando la familia. En si hasta hoy, el destino de la humanidad del que no escapamos recayó siempre en manos de los mayores sinvergüenzas que han puesto en evidencia que el delito no es individual sino social. Siempre cometido por aquellos que se han garantizado ser gobierno para frustrar y quebrar la voluntad de los pueblos sometidos por estos.

La educación es la verdadera revolución de los pueblos. Mientras como sociedad le sigamos dando la espalda a esta, seguirán rechinando los grilletes que nos esclavizan y nos alejan cada vez más de alcanzar una sociedad donde reine la igualdad y el bienestar general para todos.

 

*Pirillo es secretario general del Sindicato de Trabajadores Municipales de Vicente López y escritor

Massa, Larreta, Bullrich y Milei: ¿Más de lo mismo?

Por Victorio Pirillo. La sociedad percibe que los actuales políticos actúan solo como demagogos asalariados, señala el autor al hacer un análisis del menú electoral que se ofrece este año.

“La estrategia es debilitar y corromper por dentro a la Argentina, destruir sus industrias, sus fuerzas armadas, fomentar divisiones internas apoyando a bandos de derecha e izquierda, atacar su cultura en todos los medios, imponer dirigentes políticos que respondan a nuestro imperio”… Frase que algunos, sin prueba alguna, atribuyen al primer ministro inglés W. Churchill, pero que los acontecimientos históricos posteriores le dan un visto cuasi absoluto de realidad.

Fue veraz el malestar del primer ministro británico, un hombre en algunas ocasiones temperamental e irascible, quien exteriorizara el 2 de agosto de 1944 ante la Cámara de los Comunes lo siguiente: “Sentimos profunda pena y gran angustia como amigos de Argentina, que en estos tiempos de prueba para las naciones ella no ha considerado oportuno tomar su lugar sin reserva o calificación del lado de la libertad, y ha elegido aliarse con el mal, y no solo con el mal, sino con el lado perdedor”.

Con esto estaba claro que, a la inversa de cualquier cristiano, los aliados dueños del mundo para finales de ese año no iban a poner la otra mejilla, sino por el contrario. Responderían con crudeza el golpe con una bofetada aleccionadora y humillante para el país de la pampa rica. 

Golpes de estado cuasi constantes y sanguinarios, desestabilización industrial, pérdida de mercados, ausencia de tecnología, destrucción de la moneda, cataclismo de su ejército, desinversión en la educación y en la salud, la indefensión de sus fronteras, descontrol inmigratorio, narcotráfico, inseguridad, son algunas de las pestes que como en el Egipto de Moisés se diseminaron año tras año en nuestro país.

Los inductores de falsos informes y falsificadores de opiniones rentadas trabajan sin descanso para garantizar los mezquinos intereses personalistas de instalar a cualquier costo los nuevos sofistas que se muestran como cuasi únicos “salvadores” del propio desastre que produjeron estos y otros candidatos. La elite corporativista mundial, con la complicidad de políticos lobbistas argentinos que hacen valer lo suyo por sobre lo de los demás, construyen este triste escenario de renunciar a elegir, derecho primordial de una verdadera democracia para solo tener que optar no ya entre partidos políticos con plataformas electorales como antaño peronista- radical-socialista- liberal, sino ante frentes en los que rotan los actores de reparto de siempre sin ninguna propuesta clara.

La sociedad percibe que los actuales políticos actúan solo como demagogos asalariados. El voto que no vota, es decir el ausentismo electoral que es el que repudia con su indiferencia a todos por igual, los rechaza con revulsión por considerarlos garantes de su desgracia. De equivalente manera los cuatro jinetes del apocalipsis marchan sin piedad alguna. Todos entrando por el único embudo que conduce como salida a recetas de ajustes recesivas que sumirán al estado confinándolo a convertirse en un campo de batalla de sus pininas disputas. La gran cantidad de no votantes saben que la receta ya está impresa. Estos y los resignados no pecan de ignorantes en ver también que la partitura ya está escrita, solo falta saber que burócrata dirigirá la batuta con la que se arrasarán libertades públicas generando con su accionar injusticias económicas y sociales que seguirán garantizando la infelicidad y frustración de este castigado pueblo. Mientras el país siga atado a las personas o a la oligarquía de la actual partidocracia y no a las propuestas, el individuo deberá seguir navegando en el fantástico mundo de lo teórico que en nada resolverá sus penurias y sus angustias. 

Victorio Pirillo es secretario general del Sindicato de Trabajadores Municipales de Vicente López, y escritor.