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Miércoles 13 de diciembre de 2017
OPINIÓN
Debate, conflicto, unidad y lenguaje
Por Osvaldo Mario Nemirovsci. Una controversia enriquece el tema tratado, moldea capacidad de tolerancia y ayuda a descubrir variables sobre lo que pensamos.
17 de noviembre de 2017
¿Existe una atributo en lo seres humanos que les permite discrepar? Probablemente no sea una condición natural de su biología o parte del proceso evolutivo en los humanos modernos, aunque puede vincularse a este campo en la medida que se vincule a las aprensiones, lo distinto, lo desconocido. A eso se le puede temer y desde ahí contrariarlo y negarlo. Lo cual es una posición.

Probablemente, el discrepar, sea más una cualidad nacida de la cultura y de los contextos sociales. Pero más allá de sus orígenes es interesante abrirse a entender si es bueno o malo manifestar desacuerdos y, sobre todo en el mundo de la política, entender que la polémica, la porfía, la disputa son parte integrante de cualquier escenario donde se dirimen modelos de dominación, objetivos de poder y defensa de intereses sectoriales.

El no estar de acuerdo, en ningún caso, es valorativo de descalificar con lo que no se acuerda. Cuando se toma una posición se está manifestando la propia subjetividad de quien lo hace. Es un momento de libertad y hasta de creación. En un debate público, en mesas redondas, en asambleas y en el mano a mano de la discusión es importante no ceder a la tentación de callar lo que se piensa y se cree. Una controversia enriquece el tema tratado, moldea capacidad de tolerancia y ayuda a descubrir variables sobre lo que pensamos. Es útil a los efectos de una práctica democrática en la escala que fuera.

Lo importante es no caer en la sacralización de las ideas por más certeza que de ellas se tenga. Al lado de nuestra seguridad y convicción habrá certidumbres distintas sostenidas por otros. El mantener con firmeza una posición no inhibe de ponerla en juicio ante otras. Lo trascendente puede ser el discurso con que se manifiestan las ideas propias. El lenguaje es nuestro contexto más cercano. Somos los que hablamos (o escribimos) y en ese sentido podemos utilizar las palabras con la potencia que le demos. Hay un poder explicito e implícito en cada término y está en cada uno aplicarlo.

Dice Lisa Feldman Barret, sicologa canadiense autora de La Teoría de la Emoción Construida que “las palabras tienen efecto en el sistema nervioso y algunos tipos de adversidad (como sería un debate) aunque no involucren contacto físico, pueden enfermarte, alterar tu cerebro”. Esta autora distingue entre discurso abusivo y discurso ofensivo. El primero es intenso y recio. Afanoso y fuerte. El ofensivo es insultante, toxico para la mente y el cuerpo, es hermano del bullying y crea, dice Barret “una cultura de la brutalidad. Pero distingamos entre recibir una opinión a la que enfrentamos totalmente a ser parte de la construcción de esa cultura de la brutalidad. En el primer caso ejercemos y fortalecemos un momento democrático, en el segundo avalamos algo amenazador para la sociedad.

Dicho esto estimo positivo que se debata todo. La duda bien encarada solo trae buenas certezas. Y no existe, al menos hoy en la sociedad argentina, ningún estadio de “superioridad moral” que pueda decir lo que está bien y lo que está mal. La política es conflicto y en el conflicto se discute. No puede haber temores reverenciales ni cultos a la verdad única. Hay una famosa dicotomía jurídica que habla de cómo resolver el conflicto entre dos derechos. Y ahora aparece una dualidad política con algo de falacia que se da entre las ideas de unidad y de confrontación. Siempre es bueno cotejar y controvertir y si de eso llega la unidad, mejor. Lo inverso es negativo. Alguien hace mucho dijo “que florezcan mil flores” y otro alguien, más cercano a nosotros, lo repitió no hace tanto. Obvio, las mil flores son las mil ideas, que por ser tantas seguramente serán mejores que una sola.

Osvaldo Mario Nemirovsci es licenciado en Ciencias Sociales y Humanidades

Diputado Nacional (MC)