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Lunes 15 de octubre de 2018
OPINIÓN
Argentina Sociedad Anónima
Por Leo Anzalone. El dirigente del partido SER repasa lo acontecido en el último año y plantea la necesidad de la aparición de nuevos espacios de representación política.
29 de diciembre de 2017
Mientras el año se nos escurre entre los dedos, aunque suene un cliché de los medios, parece pertinente hacer un balance de lo que ocurrió durante el 2017. Un año entre paraísos fiscales, tarifazos, elecciones, Peña el CEO del año y violencia institucional.

No fue un año más, la derecha conservadora, timbera y agroexportadora consiguió estabilidad política. Sorpresas, de esas a las que estamos acostumbrados. Llamativa situación ya que el gobierno ceocrático empezó y terminó el año con dificultades, no por la oposición, casi inexistente, mediocre y egocéntrica, o por la coyuntura internacional, sino por sus propias torpezas.

Desde la incomprensible “condonación” millonaria del presidente Mauricio Macri al Correo Argentino, de su padre, hasta la más absoluta despreocupación por los más vulnerables con la desgraciada reforma previsional. En el medio, siguiendo con una práctica arrastrada desde hace años, se continuaron los esfuerzos, pero nunca suficientes para este tipo de gobiernos plutócratas, de reprimir la economía, postura a pesar de la cual, se llegó al peor déficit de cuenta corriente de nuestra historia.

El sesgo antiestatal, antipolítico y pro-mercado de este gobierno está haciendo estragos, los agregados económicos se estancan y la gente sufre. En el medio una aplastaste victoria electoral, que se puede analizar en dos brechas: el fantasma K acechando, circunstancia que, en palabras de un politólogo, aumentó sus votantes duros, temerosos de “volver al pasado”; y por el otro, una oposición mediocre, mezquina, de forma antiguas. Solo así se explica la victoria de, por ejemplo, Elisa Carrió, nefasta calecitera política.

Ésta contundencia en las urnas pareció darle al macrismo luz verde para mostrar su verdadero pensamiento y actuar en consecuencia. Cierto es que el PRO, desde sus orígenes en la Ciudad de Buenos Aires mostró debilidad por el “orden”, que algunos preferimos llamar disciplinamiento social. La muerte de Santiago Maldonado mostró a los argentinos y al resto del mundo el desinterés total que tiene este gobierno por el otro. Un joven, como vos y como yo, que fue perseguido por Gendarmería y resultó muerto. Santiago Maldonado podría haber sido cualquiera de nosotros. Más tarde, casi como si esto no les hubiera importado y mientras los ojos de Sergio, hermano de Santiago, todavía no secaban, Rafael Nahuel, de 21 años, recibía un balazo por la espalda de parte de un comando de Prefectura. A partir de ese momento, el séquito de repulsivos obstinados como Patricia Bullrich, Germán Garavano o Waldo Wolff, respaldaron el accionar de las fuerzas macristas. El pibe estaba muerto.

No pretendo seguir con una crónica del asombroso aparato represivo que sembró el gobierno durante el debate por la incomprensible, para todos nosotros, reforma jubilatoria. Entonces, mientras avanza la Argentina S.A, no tienen pruritos en mostrarse como dueños del país que gobiernan, así lo demuestra Marcos “cara de piedra” Peña, en la revista Forbes.

Entonces ¿cuál es nuestro rol?, ¿qué oposición queremos ser?, ¿la tradicional?, en todos sus colores, obsoleta por donde se la mire, ¿la izquierda?, retrógrada y violenta. Todos los espacios políticos que hoy conocemos, por derecha y por izquierda, están sumidos en un divismo que bien podría compararse al de nuestras estrellas televisivas. Estamos seguros de que nos merecemos algo mejor, pero hay que construirlo, entre todos, con voces que no estén contaminadas de este sistema que ya fue, que se muere. Tenemos que inspirar al pueblo para que participe, reflexione y pase a la acción. Si, el camino es duro, pero de él depende nuestro futuro.