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Miércoles 16 de enero de 2019
OPINIÓN
La inflación argentina y sus consecuencias... nada ha cambiado… todo sigue igual
Por Juan Carlos Tomasetti. El autor entiende que hay que dejar de lado el debate sobre cómo medir la inflación, y poner más énfasis en determinar el origen del fenómeno y en evitar sus efectos.
21 de diciembre de 2018
Es una realidad absoluta, precisa, histórica, que se integró a nuestras conductas, en todas las acciones, funciones y tareas que cumplimos. Para muchos de nosotros, es ya una costumbre tradicional, una “cultura” de vida, es la “política” que aprobamos con el voto, y aceptamos con resignación.

Si bien unos pocos argentinos, son desigual o circunstancialmente, beneficiados por la inflación, la mayoría de los habitantes padece sus consecuencias vitales, cuyos efectos dañan su vida presente y su futuro.

El concepto más simple y preciso de inflación que nos da la teoría económica, es el de incremento en el nivel general de los precios. La realidad de muchas economías del mundo y la de Argentina en particular nos han hecho observar que este fenómeno y sus efectos, especialmente sobre las conductas de los operadores económicos (empresarios, consumidores, trabajadores, ahorristas, etc), no tienen plena y exclusiva explicación por la teoría económica. El tema de las expectativas inflacionarias y el de las pujas distributivas durante el fenómeno, no son alcanzados por la explicación y tampoco por las mediciones. Recordemos toda una época en la que el INDEC elaboraba una gama de índices de precios (minoristas, mayoristas, agrícolas, industriales, importados, estacionalizados, desestacionalizados, de la construcción, de precios implícitos, de nivel general, por sectores, etc.) y también en algunas provincias, Buenos Aires, Córdoba, Tucumán, con el aporte de las universidades nacionales se estimaban índices de precios locales y regionales. Toda esa gama de índices elaborados con la más perfecta herramienta matemática y con el mayor rigor estadístico no alcanzaban para medir acertadamente el fenómeno inflacionario y menos conocer sus efectos. Claro que en algún momento de esa época uno de los índices llego a marcar un incremento de precios del 78,5 mensual y el fenómeno se daba con la economía creciendo y continuaba cuando estaba en recesión... Y como todos esos muchos índices, nacionales y regionales, no eran suficiente para indicar a muchas de las decisiones microeconómicas, también elaborábamos una variedad de índices simples que expresaban incrementos de precios de un solo producto (cemento, energía eléctrica, trigo, carne vacuna, soja, alquileres, etc.).

En definitiva, toda esa gama de índices rigurosos y confiables, nunca pudieron medir y exponer el alcance del fenómeno (inflación) para la más adecuada toma de decisiones de los operadores económicos, solo aportaba indicaciones, aproximaciones. La reflexión de este comentario es que debiéramos dedicar las mayores y mejores energías a determinar el origen del fenómeno y evitar sus efectos, y menos en discutir sobre cómo medirlo mejor. Conocer la temperatura correcta es un dato valioso, pero es el diagnóstico y la medicina adecuada la que termina con la dolencia. Hoy todo el debate político, económico, periodístico, es la cotización del dólar, las tarifas de servicios públicos, el FMI, el déficit fiscal, el déficit de balanza de pagos, etcétera, etcétera… Todos gérmenes, infecciones, síntomas, dolencias resultantes, etcétera,

Pero de la enfermedad central: la inflación, nada hacemos para su final.