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Jueves 20 de julio de 2017
OPINIÓN
Sobre la baja en la edad de imputabilidad
Por Mario Mazzitelli. El secretario general del PSA reflexiona sobre la significancia de la imputabilidad y porque una arbitraria reducción no cambiaría la realidad.
10 de enero de 2017
Una parte de la sociedad argentina, periodistas, académicos y gran parte de la dirigencia política; se han vuelto a embarcar en el debate sobre la edad de imputabilidad de menores y el régimen penal juvenil. El gobierno Macri pretende bajarlo de 16 a 14 ¿Es correcto? Probablemente nadie crea (sinceramente) que bajando la edad de imputabilidad se mejore la seguridad. Si fuera así bastaría con bajarla a los 7 años (Trinidad y Tobago) y alcanzaríamos la perfección. Pero…la opinión pública se exacerba frente a hechos gravísimos y algo hay que hacer ¿Y qué mejor que volver a plantear la edad de imputabilidad de los menores que delinquen? Todos satisfechos. Hasta el próximo episodio que, inevitablemente, llegará.

Aunque planteadas así las cosas el debate parece bizantino, no quiero eludir mi respuesta a la pregunta ¿Cuál debería ser la edad de imputabilidad? Respuesta: edad en la que el individuo alcanza la libertad.

Es claro que no hay imputabilidad cuando no hay libertad. Por ejemplo: no es imputable una persona con alteraciones siquiátricas dado que no es dueño de sus acciones, no es libre. O en el otro extremo, no es imputable alguien que en defensa de su vida o la de sus seres queridos ejerce un acto de violencia razonable para salvarse/los. Ambos casos muestran que al quedar un solo camino no hay imputabilidad. Los ejemplos son infinitos.

Sí, en cambio, es imputable alguien que, teniendo sus facultades en plenitud y pudiendo elegir (digamos al solo efecto de la brevedad) entre el camino del bien y el del mal, opta por este último. Así, el que pudiendo trabajar para ganarse dignamente “el pan nuestro de cada día”, sale a robar o; el que pudiendo respetar las velocidades máximas en el tránsito las transgrede y mata; resultan en casos de imputabilidad. Los ejemplos son infinitos.

Viajando a una estación anterior la pregunta sería ¿A qué edad un niño adolescente alcanza la libertad? Realmente no es sencillo.

Las neurociencias parecen señalar que “el cerebro está en constante ebullición desde el nacimiento hasta el final de la adolescencia, cuando parece ir asentándose para toda la vida adulta…”. Esto nos daría una pista “el final de la adolescencia”. Pero nos lleva a otra estación anterior ¿Cuándo es el final de la adolescencia?

Podríamos encararlo por otro lado. Un niño a corta edad comienza a tener nociones sobre “que está bien” y “que está mal”. De manera que un ser humano a corta edad puede diferenciar un camino del otro. ¿Habrá alcanzado la libertad por el simple hecho de discernir entre un camino y otro?

La libertad se manifiesta en una dimensión subjetiva (individual) y una dimensión objetiva (social). Para que yo ejerza mi libertad necesito de mi conciencia y también de una sociedad que me brinde por lo menos dos caminos. Si tengo ante mí dos (o más) caminos, mi conciencia me permitirá elegir. Allí habré alcanzado mi libertad.

De una u otra manera hemos vuelto al punto anterior: Teniendo más de un camino, ¿puede un cerebro en ebullición elegir siempre el más correcto para él y la sociedad? ¿Todos los niños tienen asfaltados por lo menos dos caminos?

El asunto es que si el delito se circunscribiera a los chicos de entre 14 y 16 años el debate sería relevante. Pero esto es falso. Por eso más allá de la resolución que se tome al respecto, poco y nada modificará la realidad.

Cosechamos lo que sembramos.

El Indec acaba de informarnos que el 10% más rico se apropia de un tercio de la riqueza y el 10% más pobre el 1,2%. Es decir una relación 25 a 1. ¿Será igual ser un niño o adolescente perteneciente al 10% más rico o al 10% más pobre? ¿Los caminos para unos y para otros –elementos objetivos inherentes a la libertad- son los mismos para unos que para otros? ¿Son más buenos los chicos (aunque en el término incluya a los mayores de 18 años) de las clases ricas que casi nunca terminan con sus huesos en la cárcel, que los chicos de las clases pobres que son los únicos que terminan presos?

Otra vez vuelvo una estación atrás: ¿Cómo hace el 10% más rico para quedarse todos los años, todos los meses y todos los días con el 33% de la riqueza que creamos entre todos? (Hablo del patrimonio en blanco porque lo que negrean después lo blanquean)

No hace falta ser muy listo, ese 10% (y su marco de alianzas sociales) construye poder político. Y ese poder político hace las leyes. ¿Y a que no saben a favor de quien las hacen? (La ley es tela de araña / en mi ignorancia lo explico: / no la tema el hombre rico / nunca la tema el que mande, / pues la rompe el bicho grande / y solo enreda a los chicos). Que notable, entre los pobres los más chicos son los niños y adolescentes.

¿Por qué nos sorprende que sembrando vientos, recojamos tempestades?

La injusticia convoca a la rebelión.

La pobreza 0, quedó en promesa de campaña. Retórica vacía durante este largo año de gobierno donde se concentró la riqueza y se incrementó el número de pobres en casi dos millones, llegando al absurdo de tener más de un tercio de la población sumergida en la pobreza y la indigencia. ¿Qué sensación se produce en el cuerpo de alguien a quien quieren reducir a la condición de mendicante? ¿Qué pasa por el cerebro “en estado de ebullición” cuando lo ojos observan que otros acceden a todo y ellos no acceden a nada? ¿Cuándo todo les queda tan lejos: la casa, el coche, las vacaciones y hasta las zapatillas? Los que mandan ¿Hasta cuándo piensan que aguantará nuestro pueblo la condición de pedigüeño del Estado, dado que los puestos de trabajo de calidad y bien remunerados brillan por su ausencia? ¿Pensará el gobierno que es una solución agregar a un plan trabajar un sueldo de hambre para atraer la atención de algún empresario? Felizmente el sufragio universal es una válvula de escape para un régimen de explotación que genera tensiones insoportables. Por eso la rebelión (muchas veces) se manifiesta en micro-escala, pero allí persiste y se manifiesta de mil modos.

La sociedad (explotadora, depredadora y violenta) en la que vivimos es la fuente principal de nuestros dramas. Aunque no la única, sería alentador pensar en cambiarla.

En cambio, hasta aquí, nuestra dirigencia se ha mostrado poco afecta a imaginar una sociedad mejor, más justa, más igualitaria, superior. Que convoque al buen vivir. Y que circunscriba el delito a casos aislados, patológicos, anomalías propias de la probabilidad o de hechos imprevisibles.

En fin… nuestra sociedad está en una profunda crisis existencial…y parece invisible a los ojos de quienes vuelven a discutir la edad de imputabilidad. Ojalá se llegue esta vez a una conclusión un poco más amplia que circunscribir el problema a los niños-adolescentes.

Fin. Como el tema se viene repitiendo una y otra vez, abajo pego (para quienes no la hayan leído y quieran hacerlo ahora) una nota mía que tuvo bastante repercusión en su momento. La seguimos.

Un fantasma de pantalones cortos recorre la provincia de Buenos Aires.

Y bien podría ser el culpable de la ola de inseguridad que nos aqueja.

Hace apenas unos momentos los vecinos de San Isidro se movilizaron. “La sensación de inseguridad es producto de la realidad”, leyó Juan Carr de Red Solidaria. Hace apenas 5 días fue asesinado el Ingeniero Ricardo Barrenechea y la sensibilidad y la indignación se expresó en la gran concurrencia de vecinos frente a la Municipalidad. Hablaron el rabino Sergio Bergaman, el padre Gustavo Gallino y algunos familiares de víctimas del delito. No podía faltar el inefable Blumberg que convocó a una marcha.

Peticionar ante las autoridades y defender el derecho a la vida, sostenido por quienes hicieron mejor uso del micrófono, resulta un dato positivo. Expresar el dolor es un buen síntoma. No solo se pide seguridad y justicia para uno, sino también para otros. Democracia, paz, seguridad y justicia, fueron términos centrales en los discursos de los religiosos. Debemos prestar fuerte atención a esta demanda ciudadana, incuestionable por cierto.

Más no debería obnubilarnos. La seguridad o inseguridad no es un fruto que se logra de un día para otro, en forma mágica. Hoy cosechamos lo que sembramos hace años. En la provincia se utilizaron métodos racionales y métodos fascistas. La seguridad nunca llegó. Y las soluciones que se empiezan a pedir, en algunos casos parecen mágicas. Para lograr una solución mágica hay que buscar al responsable. Y lo encontraron: son los chicos de 14 a 16 años. “Que se adecuen las leyes sobre responsabilidad penal de los menores, con expresa relación a la gravedad del hecho, evitándose que delincuentes peligrosos anden libres por las calles poniendo en riesgo a la comunidad” dice el documento que leyó Juan Carr.

Al poder político le resulta oportuno encontrar un chivo expiatorio. Daniel Scioli pidió acelerar el debate para bajar la edad de imputabilidad. “El ministro de Justicia de la provincia, Ricardo Casal, advirtió que es hora de que el Congreso debata de una vez por todas si los menores entre 14 y 16 años, para ciertos delitos graves, tienen o no responsabilidad penal”.

El gobernador bonaerense prepara la policía de la provincia, más los contingentes provenientes de la Federal y Gendarmería. Y sale a enfrentarlos. Empieza por el final. Bajar la edad de imputabilidad. Ya no será “pantalón cortito bolsita de los recuerdos”. Ahora será guerra a los sospechosos de pantalones cortos. Que esconden armas. Son ladrones. Asesinos. Tiran sin contemplación y nos matan. Sobre ellos al ataque.

Hoy necesitaríamos muchas voces como las de Emilio Zola, en la defensa del Capitán Alfred Dreyfus, cuando ante los tribunales desnudó un sistema corrompido que descargaba sobre Dreyfus una acusación infundada.

Quizás podría afirmar que:

Los chicos entre 14 y 16 años nacieron entre 1992 y 1994. Plena orgía menemista.

Y después de relatar lo acontecido en esos años decir:

- Yo acuso a Carlos Saúl Menem, de traidor a la Patria y responsable directo del derrumbe social que hundió a más de 4 millones de nuestros niños en la miseria, la indigencia y la exclusión.

- Yo acuso al FMI y gran parte de la dirigencia argentina por la des-industrialización que quebró las fuentes laborales, creadoras de riqueza y de la cultura del trabajo.

- Yo acuso a Domingo Felipe Cavallo, personaje siniestro salido de las entrañas de la Dictadura Militar y co-responsable de los actos de defalco contra el Estado y responsable de los índices más altos de desocupación.

- Yo acuso a todos los cómplices que por acción u omisión permitieron este hundimiento sin resistencia ni denuncia.

- Yo acuso a los indiferentes, a los individualistas y neo-liberales, escondidos en sus madrigueras, solo pensando en sus intereses y ajenos al drama de los demás, devenidos en fascistas cuando la realidad que han ayudado a construir se mete en sus refugios.

- Yo acuso a Fernando De La Rua, que pudiendo cambiar las cosas, continúo con la miserable política y ayudó a empeorar aún más la condición social.

- Yo acuso a los Jueces que ponen el acento en el patrimonio antes que en la vida.

- Yo acuso a quienes nos gobiernan y no han erradicado el hambre, el mal de chagas, la deserción escolar, las caries de la boca de los chicos, el déficit de viviendas.

- Yo acuso a quienes construyen poder político sobre la base del clientelismo, destruyendo la dignidad de los padres.

- Yo acuso a quienes siguen conviviendo con una distribución de la riqueza que concentra en pocas manos el producto de la sociedad y abandona a las mayorías populares y en particular los niños.

- Yo acuso a los que soportan el saqueo de nuestros recursos naturales, con la degradación social, sanitaria y ambiental que esto acarrea.

- Yo acuso a quienes piden condenas para los niños, sin asumir la responsabilidad que tienen como integrantes mayores de la sociedad.

No existe la seguridad absoluta.

Los niveles de seguridad se pueden elevar. Pero hay que decir que será el fruto de un el plan integral. Consensuado en el marco de una sociedad democrática. Discutido con la totalidad de los actores. ¿Podrá el capitalismo basado en el dinero y la cultura de los mayores niveles de consumo, darnos el marco adecuado para una sociedad segura? ¿Se podrá garantizar un alto grado de seguridad en una megalópolis como el área metropolitana de Buenos Aires con 14 millones de habitantes? Siempre algo se puede hacer y hacerlo es un deber. Decir que el plan tiene que ser integral, es decir que tiene que empezar por fortalecer el eslabón más débil de la sociedad capitalista: la relación entre la madre trabajadora y sus niños. Enaltecer esta relación constituye un elemento central. Sobre esta base será posible construir todo el edificio de una sociedad más justa. La paz, entonces, será un fruto natural. Y la punición solo un recurso excepcional.

Amor, alimentación, salud, ejemplo, cultura, educación, trabajo y vivienda, son sin lugar a dudas otros pilares esenciales. Sobre ellos hay que actuar. La superestructura del Estado puede agregar prevención. También las labores policiales de disuasión. Los vecinos deben ayudar a prevenir y a disuadir. De hecho en muchos barrios han creado numerosas formas de ganar seguridad sobre la base de la solidaridad. Necesitamos un sistema judicial que actúe con rapidez y eficiencia evitando la impunidad. No puede tardar años en resolver un caso. No puede detenerse cuando atrás está el poder. Un caso esclarecido rápidamente y con condena vale más que una amenaza terrible pero de escasa probabilidad de realización. De hecho la mayoría de los delitos no se denuncia, la mayoría de los denunciados no se esclarece, por lo tanto la condena es una parte infinitesimal sobre el conjunto de delitos. Muchos de los que están presos no están condenados. Y en este contexto el código penal no es el problema, aunque siempre se lo pueda cambiar y perfeccionar. El régimen carcelario apesta por donde se lo mire y resulta más una fuente de perfeccionamiento en el ejercicio del delito, que el tránsito hacia una reinserción segura. Hoy la inseguridad avanzó sobre nuestro territorio de la mano del narcotráfico. Los carteles ya están en la Argentina y el crimen organizado se tomó sus víctimas. Además del tráfico de drogas, se ensancha el mercado del tráfico de armas. El dinero corrompe en alto grado a diversos actores de la sociedad y del Estado. Hasta dinero de narcotráfico se mezcló en las campañas políticas enturbiando aún más la confianza del pueblo en las instituciones democráticas.

Como vemos la trama es muy compleja. Y en este contexto la actitud demagógica y poco seria del poder político se muestra como una nueva expresión del drama nacional. Parecen querer decirnos que se ocuparán de los peligrosos niños de pantalones cortos, para que no interrumpan la feliz velada de los ladrones de guante blanco. Y eso resulta inaceptable.