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Miércoles 13 de diciembre de 2017
OPINIÓN
Independencia y varias dependencias
Por Aníbal Hardy. El desafío de este 9 de julio de 2017, entonces, será pensar en voz alta hasta qué punto es importante para las mayorías argentinas sentirse independientes, capaces de decidir qué presente y futuro necesitan.
9 de julio de 2017
Treinta diputados declararon la independencia el 9 de julio de 1816, en la casa de Francisca Bazán de Laguna. Fue un proclama chueca, doblemente mutilada. No estaban todas las provincias argentinas y solamente mencionaba la separación de España.

“Nos, los representantes de las Provincias Unidas en Sud América, reunidos en congreso general, invocando al Eterno que preside el universo, en nombre y por la autoridad de los pueblos que representamos, protextando al Cielo, a las naciones y hombres todos del globo la justicia que regla nuestros votos: declaramos solemnemente a la faz de la tierra, que es voluntad unánime e indubitable de estas Provincias romper los violentos vínculos que los ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojados, e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando séptimo, sus sucesores y metrópoli”, apuntaba el texto.

Había un sueño colectivo que venía desde hace tiempo: Provincias Unidas en Sud América. Origen y destino. Un solo país con capital en Cuzco. Por aquello que sangraron los cientos de miles que habían seguido a Tupac Amaru en 1780. El mandato profundo que entendieron Artigas, Belgrano, Güemes y San Martín y que, por lo tanto, los convirtió en líderes populares.

El 19 de julio, en sesión secreta, el diputado Medrano hizo aprobar una modificación a la fórmula del juramento, agregando después de “independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli”, la frase: “y de toda otra dominación extranjera.” Allí se completaba la idea surgida en los campos de batalla del continente. Ser independientes “de toda otra dominación extranjera”.

Santa Fe, Entre Ríos, gran parte de Córdoba, Corrientes, Misiones, la Banda Oriental y distintas campañas de Buenos Aires ya habían declarado la independencia un año antes, en el llamado Congreso de los Pueblos Libres, el 29 de junio de 1815, en Arroyo de la China, hoy Concepción del Uruguay, Entre Ríos, bajo el liderazgo de José Gervasio Artigas. Esa declaración suponía la igualdad de todos los habitantes de estos arrabales del mundo, la distribución de tierras y la elección y remoción de funcionarios de los tres poderes por medio de asambleas populares.

No es casual que las actas secretas del Congreso de Tucumán decidieran acompañar la invasión portuguesa a la Banda Oriental para terminar con Artigas. Buenos Aires y las clases dominantes de cada provincia querían manejar los negocios que antes estaban en manos de los españoles pero no querían saber nada con aquello de la igualdad. Por eso Artigas terminaría en exilio junto a San Martín, Belgrano muriendo en la pobreza y Güemes asesinado a traición por la oligarquía salteña. Por eso Belgrano fue juzgado y amonestado por haber nombrado de manera pública la palabra independencia cuando bautizó a una de las baterías ante las cuales inventaría la bandera como símbolo de esperanza para los desesperados que lo seguían.

La declaración del 1816 no tenía nada que ver con el proyecto artiguista ni tampoco con la idea de Belgrano. Tres independencias en menos de seis años a partir de la revolución de 1810. Después vino otra: la llamada independencia económica que trajo la constitución de 1949 durante el primer peronismo. Los bienes del subsuelo son propiedad inalienables del pueblo argentino, decían los artículos 38 al 40 de aquella carta magna.

Ahora, a 200 años de la declaración de Tucumán es necesario pensar que las principales arterias que alimentan el corazón productivo del cuerpo argentino pertenecen a multinacionales de origen extranjero: soja, petróleo, mineras y automóviles. A lo que hay que sumar la decisión política de Estados Unidos de convertir al territorio argentino en consumidor y exportador de narcotráfico a partir de los años noventa con el tremendo costo de miles de jóvenes convertidos en consumidores, consumidos y soldaditos inmolados en la guerra del negocio criminal que viene de arriba hacia abajo.

El desafío de este 9 de julio de 2017, entonces, será pensar en voz alta hasta qué punto es importante para las mayorías argentinas sentirse independientes, capaces de decidir qué presente y futuro necesitan y con qué recursos harán posibles esos sueños colectivos inconclusos.

A dos siglos de la casita de Tucumán, el pueblo argentino deberá optar entre pelear por una definitiva independencia o resignarse por pedir permiso para existir a las potencias del mundo.