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Lunes 24 de septiembre de 2018
OPINIÓN
Hacer lo que hay que hacer se paga al contado y se cobra en el futuro
Por José Angel Di Mauro. Le queda claro al gobierno que precipitadamente se acabó el período de gracia que se ganó en las elecciones. El peronismo se reúne, pero por ahora no inquieta a Cambiemos.
10 de febrero de 2018
“Hacer lo que hay que hacer”, es un eslogan oficial que algunos del propio gobierno llegaron a objetar, el año pasado, cuando las buenas noticias no llegaban, más bien eran todas pálidas. En ese contexto sugirieron dejar de usar ese axioma que solo remitía a sacrificios, si bien en realidad la frase acompañaba los anuncios de obras. En definitiva los reparos fueron soslayados, las cosas mejoraron, se ganaron las elecciones y el uso de esa sentencia no solo persiste, sino que también tiene una extensión que, en efecto, va más allá de las obras anunciadas: subir las tarifas también es “hacer lo que hay que hacer”.

Es lo que sostiene el propio Mauricio Macri cuando no sin cierto fastidio observa las encuestas que marcan un franco deterioro de su imagen en la consideración pública. Dicen que dijo que el fabuloso capital político que exhibía inmediatamente después de la elección estaba “para ser gastado”, en función de llevar adelante sus objetivos. De lo contrario, si se hubiera enamorado del éxito y se mantuviera en la zona de confort, no hubiera hecho más que imitar a sus antecesores, postergando indefinidamente la solución de los problemas. Es lo que argumentan en despachos cercanos al mandatario.

Habrá que reconocer que el propio kirchnerismo tuvo un amague en ese sentido. Cuando el 54% le brindó un fortísimo respaldo a la reelección de Cristina Kirchner, en la transición hacia el inicio de su segundo período mandó a dos ministros a presentar lo que sería una adecuación de las postergadas tarifas. En noviembre de 2011, cuando el cristinismo estaba en construcción, el todavía ministro de Economía -ya vicepresidente electo- Amado Boudou, y su colega de Planificación Federal Julio De Vido, anticiparon lo que vendría. Y como la palabra “ajuste” es mala para cualquier gobierno, lo presentaron como “sintonía fina”. Ese plan, sugerido por el entonces influyente Boudou, que incluía aumentos de las tarifas de luz, gas y transporte, naufragó con el choque del tren en la estación Once, en febrero de 2012. En diez días se cumplirán seis años, como se ocuparon de recordar airadamente los familiares que lograron hacerle cambiar a los Moyano la fecha de su marcha contra Macri.

Al gobierno de Cambiemos hoy no le preocupa tanto la baja de imagen, así la negativa supere a la positiva; en tanto esta última no perfore el piso de 40%. El Presidente sigue siendo la figura política más ponderada, solo superada por María Eugenia Vidal, que es de su mismo espacio, y es algo que viene desde hace rato. Esto es, los puntos que pierde Macri, no los capitaliza ningún opositor, y mientras así suceda y falte mucho para las elecciones, no habrá luces de alarma en el oficialismo. Aunque sí hay medidas “correctivas”, como la reunión que finalmente mantuvo el Presidente con los familiares del ARA San Juan en la Casa Rosada.

Sin consultar a nadie, los fue a ver ni bien se conoció la desaparición del submarino, hace tres meses. Pero después se mantuvo distante, como suelen hacer los políticos cuando un caso pasa a ser tóxico. Ahora los recibió, y les dejó como novedad la promesa de una recompensa por su hallazgo. No es mucho más lo que hoy puede ofrecerles.

No hay ningún opositor que capitalice la baja de Cambiemos, hasta que haya finalmente uno y ahí se les va a complicar, es la advertencia que se le hace al funcionario confiado en la falta de riesgos. La referencia remite inmediatamente al primer encuentro del peronismo en camino a la unidad, celebrado el jueves pasado en la sede de la UMET, la universidad del SUTERH. En tren de síntesis, se habló de la simbiosis de kirchneristas, massistas y randazzistas, pero el encuentro fue más amplio, pues abajo del escenario hubo representantes de todos los sectores. Y el discurso fue marcadamente opositor, como sabe el gobierno que será la relación con el resto de los partidos de acá a 2019; precipitadamente se acabó el plazo de gracia.

Pero las figuras visibles no inquietan al gobierno: por el kirchnerismo estuvieron el anfitrión, Víctor Santa María, Agustín Rossi y Daniel Filmus; del massismo -aunque fueron por su cuenta, según se esmeraron en aclarar-, Daniel Arroyo y Felipe Solá, cada vez más distante de Sergio Massa; y también estuvieron Alberto Fernández y Fernando “Chino” Navarro, que el año pasado jugaron con Randazzo. Todos perdedores de la última elección, cuando no de varias más.

El candidato del peronismo no saldrá de esa lista, aunque el kirchnerismo pone hoy sus fichas en el “Chivo” Rossi, el más aplaudido el jueves. Es que el jefe del bloque FpV-PJ en Diputados es hoy la figura más encumbrada de ese sector y está en el sitio donde más puede enfrentar y perjudicar al gobierno, la Cámara de Diputados. En el Senado el ariete K es la propia Cristina Kirchner, pero lo suyo da más para el lucimiento personal, pues allí no tiene número ni capacidad de daño; en cambio Rossi es en Diputados la contracara de Cambiemos, y tiene experiencia y méritos para sacar partido de ello.

Pero no puede ganar ni en Santa Fe, dicho sea de paso.

Al encuentro no fueron gobernadores peronistas, con la excepción de Alberto Rodríguez Saá, potenciando el perfil opositor de los hermanos puntanos, que siguen acercándose al peronismo confrontativo. La nota la dio esta semana Adolfo Rodríguez Saá, alejándose del interbloque Federal para jugar en tándem con el kirchnerismo en el Senado. A uno de esos gobernadores -tal vez el de más prestigio de los peronistas-, Juan Schiaretti, es al que confronta el peronismo que quiere acelerar su rearmado, por haber sugerido -en un exceso de realismo- pensar volver recién en 2023.

El gobierno se siente cómodo cuando los que lo confrontan son figuras que no pueden ocultar su pasado. Más aun cuando la pelea es la que le plantea Hugo Moyano, quien confiado en su capacidad de fuego soslaya el peso de sus palabras. Se puso en zona roja cuando hace una semana deslizó que “al gobierno le queda poco”; fue derechito al espacio que ya ocupan personajes como Hebe de Bonafini, Raúl Zaffaroni, o Luis Barrionuevo, que en un mensaje intimidante recordó que “De la Rúa y Alfonsín atacaron a los sindicatos y no terminaron”.

A propósito del gastronómico, bajó abruptamente el nivel de exposición que lo había mostrado en primera línea de fuego con Moyano, hasta el asado en Mar del Plata, donde emitieron un durísimo documento. Uno que también se mostró junto a los Moyano en esta confrontación es Víctor Santa María, un sindicalista con tantas o más complicaciones judiciales que los líderes camioneros, pero el viernes se bajó sorpresivamente de la movilización del 21.

Pero lejos está el gobierno de sentir algún alivio. Si bien está demostrado que puede manejar con cierta soltura la cuestión política, no pasa lo mismo con la economía. Y cuando no es impericia, los cisnes negros surgen de manera impensada -es la característica de los cisnes negros-: esta vez fue la inestabilidad de los mercados internacionales, que cayeron fuerte en la semana. La fuga de inversores en pesos generó una súbita suba del dólar, que finalmente pasó la barrrera psicológica y quedó instalado por encima de los 20 pesos.

Se sabe que el gobierno permitió que la divisa se revaluara a fines del año pasado, atento a los perjuicios que genera el atraso cambiario; pero lo de esta semana fue inesperado, y los bancos oficiales debieron salir jueves y viernes a vender para evitar que se escapara más. El paro bancario también hizo su contribución. La corrección del valor de la divisa viene a atender la demanda de los industriales y un problema irresuelto como los diez mil millones de dólares anuales que se van en turismo. Pero inquieta por demás la influencia que esta corrección del valor de la moneda norteamericana tendrá en los precios.

Hay además un elemento que ahora está atado a los movimientos cambiarios: el valor de los combustibles. Resulta aún inexplicable la decisión tomada el año pasado por las autoridades de liberar ese precio: está demostrado que siempre subirán, no lo contrario. De hecho ahora que está bajando el petróleo, volverán a aumentar por los movimientos del dólar.

Esta semana se conocerá la inflación de enero, que no será alta; pero sí dará un respingo en febrero, cuando ya se sabe que por los aumentos de tarifas se ubicará en el 2%... Sin contar la manera como pueda impactar esta suba del dólar.