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Jueves 13 de diciembre de 2018
OPINIÓN
Pactos y acuerdos
Por Aníbal Hardy. El exlegislador nacional sostiene que es hora de que se convoque a todos los sectores de la sociedad para establecer juntos las condiciones que permitan a la Nación despegar irreversiblemente.
3 de octubre de 2018
En nuestro país los procesos históricos se caracterizaron por el doble proceso de enfrentamientos y acuerdos. En este juego de enfrentamientos que pudieron tener una gran aspereza, también hubo acuerdos que revelaron inteligencia política, tolerancia y pluralismo.

Nuestras luchas políticas han sido fuertes: en el siglo pasado los unitarios y los federales, después los radicales y los conservadores, los peronistas y los antiperonistas. Existieron momentos en que los argentinos sintieron que estaban divididos y que esas divisiones eran reales y merecía la pena de adscribirse a uno u otro lado de los términos del juego. Estos enfrentamientos sirvieron para definir valores importantes. A veces concluían con el acatamiento al único arbitraje que una democracia debe respetar: la voluntad del pueblo pacíficamente y libremente expresada en las urnas.

Después vino la etapa de los pactos, los acuerdos, las conciliaciones, las alianzas. Eso que se instrumentaron de diversa manera, pero consistió básicamente, en declinar un poco las posiciones, las ambiciones, los compromisos propios, para arreglar situaciones que de otra manera podrían hacerse incontrolables. La Constitución de 1853 fue un convenio de esta naturaleza: una fórmula de avenimiento entre provincias que habían estado enfrentadas.

También están las alianzas políticas, que se hacen en el entendimiento de que los partidos son una parte del todo, y por consiguiente pueden, ante determinadas circunstancias, potenciar, hacer posibles sus afinidades con otras partes.

Esta doble serie de conflictos y acuerdos jalonan toda nuestra historia y hay que admirar a los hombres que supieron encabezar o protagonizar enfrentamientos, pero también a los que implementaron acuerdos y conciliaciones.

Con esta doble trama se tejió nuestra historia política. Vivir solo de enfrentamientos es imposible, la sociedad reclama en algún momento estar en paz. Tampoco se puede vivir sobre la base de entendimientos permanentes. Esta es la lección que arroja nuestra historia de estos últimos años, que se fue degradando en la repartija del poder y la inmoralidad del pacto permanente.

Si el famoso Pacto de Olivos, entre Menem y Alfonsín, hubiese sido para una coincidencia de hacer lo que debía hacerse, es decir el desarrollo nacional, como presupuesto indispensable de la integración de regiones, sectores sociales, otro hubiera sido nuestro presente. El acuerdo tejido entre De la Rúa, Cavallo, Menem, Álvarez y Alfonsín, a la luz de la experiencia histórica, es otro mero acuerdo para preservar posiciones, establecer reglas para el reparto de poder y afirmar supremacías personalistas.

Se soslayó también la principal cuestión Argentina, la de generar una alternativa a un modelo económico y social que margina a las dos terceras partes de la población y condena a todas las regiones al atraso y a la agudización del subdesarrollo. Lo ideal sería sentar los presupuestos para salvar a la Nación de su pertinaz decadencia. En suma la construcción de una Nación para todos en contraposición al país para pocos implícito en el modelo de aplicación.

Pese a que los pactos y acuerdos son usados para relanzar la gestión y superar el período crítico que atraviesa el actual gobierno, es un momento especial para barajar y dar de nuevo. Los políticos, los empresarios -ruralistas incluidos- y los trabajadores deben establecer juntos las condiciones para crear y llevar a cabo un plan de largo aliento que le permita a la Nación despegar irreversiblemente.

El dialogo de los líderes políticos debe ser un canal de coincidencias fecundas en torno de un programa nacional, capaz de dar respuesta positiva a los dramas de la desindustrialización, la desocupación, la quiebra de la producción rural, el envilecimiento del salario, el crecimiento explosivo de la marginalidad y su secuela, la inseguridad. No un mero acuerdo de dirigentes, actuando contra natura dentro de nuestra sociedad, limitándose a preservar los intereses predominantes y sofocar los reclamos de cambio surgidos del pueblo.

Hoy, cada actor, sin excepción, debe comprender su cuota de responsabilidad y que en ninguna negociación, eso es en definitiva un pacto social, se obtiene algo sin estar dispuesto a ceder otra cosa a cambio. Todos tienen que ponerse de acuerdo sobre cuál es la meta y cómo se llega a ella. Si no hay un fin claro y determinado, de nada valen las voluntades ni los medios.