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Martes 12 de diciembre de 2017
OPINIÓN
La educación como llave al desarrollo
Por Brenda Austin. Definir el rumbo, consensuar las metas, destinar recursos y profundizar el compromiso, son las propuestas para mejorar el sistema educativo.
31 de julio de 2017
Los problemas del sistema educativo resultan evidentes a la luz de cualquier indicador. También, la certeza de que resolverlos requerirá de un gran esfuerzo sostenido. Por eso, quizás sea allí donde resulte más prioritaria la construcción de acuerdos de largo plazo. Basta pensar que los niños y niñas que hoy ingresan a la sala de 3, estarán egresando para el 2031. Eso implica pensar que cada transformación requiere su tiempo, su proceso de maduración y sobre todo las herramientas que le den sostenibilidad.

Reconocer dónde estamos, medirlo y tener información precisa, es un gran primer paso.

El Plan Maestr@, esta iniciativa que lleva adelante el gobierno nacional, es una herramienta importante para pensar la educación del futuro con anclaje en el presente. La invitación abierta a distintos actores, especialistas, representantes y la posterior discusión en el Congreso, permite dotar al instrumento de los suficientes consensos para que se convierta en una verdadera política de Estado. Priorizar el nivel inicial con la construcción de más de 3 mil jardines; apuntalar la escuela primaria con jornada extendida, inglés y herramientas de programación; trabajar en los enormes porcentajes de deserción y fracaso de la escuela secundaria, revisando sus modos de aprendizaje y sus contenidos; mejorar la calidad educativa, con formación docente continua y con el fortalecimiento de las áreas centrales como lengua, matemática y ciencias. Todo eso y mucho más forma parte del conjunto ambicioso de metas, que tienen además como origen el consenso de la Declaración de Purmamarca.

A la vez, la necesaria articulación de las universidades con las escuelas secundarias del país y la incorporación del reconocimiento automático de trayectos formativos que faciliten la movilidad entre carreras y la construcción de nuevos espacios de conocimiento, forman parte de la agenda presente. Los sistemas de información y monitoreo, el “Indec” de la educación, resultan también herramientas fundamentales si queremos conocer en tiempo real el avance de cada meta.

Cada objetivo, plantea plazos y tiempo de cumplimiento, desde el 2018 hasta el 2026, venciendo el miedo a planificar mirando el largo plazo, y así cada una de estas metas es un gran avance para pensar una educación de calidad para todos nuestros niños.

Asimismo, es necesario pensar las políticas educativas asociadas a los contextos de pobreza, para romper así el determinismo al que están condenados más de la mitad de los niños y niñas en Argentina. Los programas de hábitat para mejorar las condiciones estructurales donde viven (agua potable, cloacas, viviendas), el sostenimiento de las asignaciones universales (con la inclusión de monotributista y trabajadores temporarios), y los programas para apuntar a una educación a lo largo de toda la vida como los Parques Educativos de Córdoba, los NIDO (Núcleo de inclusión y Desarrollo de Oportunidades) que impulsa la Nación o incluso las Universidades Populares, son herramientas complementarias, indispensables para mirar integralmente la problemática y reducir los intolerables niveles de desigualdad educativa que asedian a nuestro país. No habrá mejora posible sin poner el acento en los lugares que más lo necesitan.

En julio celebramos dos hitos importantes. Por un lado los 133 años de la Ley Nacional 1420, la herramienta que garantizó la educación primaria, laica, gratuita y obligatoria en todo el territorio nacional y los 201 años de la declaración de la independencia. Hoy ambas conmemoraciones están estrechamente relacionadas. Cumplir la meta de escolarizar a toda la población le llevo 80 años a nuestro país. Sin embargo, la visión y la decisión de aquel entonces, permitieron que Argentina fuera de los primeros países del mundo en garantizar la alfabetización de todos sus habitantes. La independencia se construye con cada paso hacia la autonomía. En la era de las sociedades del conocimiento, saber es poder, y la independencia de las Naciones y de las personas adquiere una simbiosis nunca vista con los procesos de construcción de conocimiento. La innovación, el desarrollo tecnológico, la creatividad, la transformación del mundo del trabajo con empleos de alta calificación, la transnacionalización de las invenciones, así como la complejidad de los desafíos globales a los que nos enfrentamos, colocan a la educación como la llave al desarrollo.

Definir el rumbo, consensuar las metas, destinar recursos y profundizar el compromiso, es el camino para construir las bases de una libertad duradera fundada en la capacidad emancipatoria de la educación y en su potencialidad de romper las cadenas que los círculos de pobreza van gestando. Políticas de largo plazo que trasciendan las gestiones, ese es el camino para una educación transformadora que abra, una vez más, la puerta a la esperanza.

Brenda Austin es diputada nacional por Córdoba (UCR)