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Lunes 18 de junio de 2018
OPINIÓN
El Congreso vivió su semana más tensa en 15 años
En una sucesión de episodios que no registra antecedentes concretos, la oposición se dedicó afanosamente a hacer caer una sesión en la que se definía mucho más que la reforma previsional: el poder de un gobierno que ganó las elecciones hace apenas dos meses.
23 de diciembre de 2017
Por José Angel Di Mauro

El último proyecto del año tratado en Diputados no presagiaba el más mínimo inconveniente, salvo la urgencia por terminar una sesión que ya llevaba 16 horas. Eran modificaciones a la ley de doping, y el proyecto fue defendido por el diputado del PRO Héctor Baldassi, quien prometió celeridad al exponer, “así no se acuerdan de mi vieja, como tantas veces se acordaron muchos de los que están acá”, dijo riendo. El apuro por terminar tenía que ver con la necesidad de que los diputados alcanzaran a tomar sus vuelos para volver a sus provincias. Más allá de esa prisa, el clima era tan distendido que, tentado, el presidente de la Cámara bromeó con el exárbitro para apurarlo: “¡La hora, Baldassi!”, le gritó cual hincha de fútbol que es.

El proyecto fue aprobado por unanimidad y hasta Baldassi aceptó una modificación de Carlos Castagneto, exviceministro de Alicia Kirchner, al que el exárbitro definió en ese pasaje como “amigo”, y se permitió incluso bromear llamándolo “el hombre sin manos”, recordando su paso como arquero de Gimnasia y Esgrima de La Plata. Ese clima distendido que marcó a las 4 de la madrugada el cierre de la última sesión del año era la contracara de lo que se había vivido en los días recientes, en la que fue sin dudas la semana más tensa del Congreso argentino desde 2002, cuando en una situación política totalmente distinta se sucedían los presidentes y la institucionalidad crujía.

La sucesión de hechos se había iniciado el miércoles de la semana anterior, cuando se registraron los primeros incidentes con manifestantes que pretendían realizar una “vigilia” frente al Parlamento. En rigor, el objetivo era establecer un vallado humano en vísperas de la sesión, para impedir el ingreso de los diputados y frustrar así la misma. No obstante, ese objetivo se logró al día siguiente, ya no con el sitio del Parlamento, sino con el desmadre de la violencia en las calles y la falta de apego de ciertos mandatarios provinciales al acuerdo alcanzado con el gobierno nacional, exteriorizado a través de fisuras en el plano legislativo.

El viernes se ajustaron detalles con algunos gobernadores, se confirmó el bono compensatorio, y con ello se aseguró la cantidad de votos suficientes para garantizar el quórum y la aprobación de la reforma, en ambos casos de manera holgada. El lunes siguiente se buscó reforzar ese compromiso con la presencia de los gobernadores en el Congreso, aunque la conferencia de prensa que se había anunciado finalmente no se hizo: para los mandatarios era demasiado y se limitaron a aceptar una foto conjunta.

Parecía suficiente, y esa sensación se confirmó cuando el quórum se alcanzó en apenas 12 minutos. Pero los incidentes ya se habían iniciado hacía 40 minutos, en lo que pareció una acción orquestada que dio al gobierno motivo para especular sobre una planificación tendiente a hacer caer la ley y -difícil probarlo- desestabilizar al gobierno. A diferencia del jueves, esta vez la situación no se desmadró en el propio recinto, pero la oposición intentó de manera persistente abortar la sesión, con el argumento de “la represión” que estaba teniendo lugar fuera del Palacio Legislativo. Fue notorio cuando en la primera parte de la sesión, entre el kirchnerismo y el trotskismo hicieron cuatro pedidos para suspender la misma, abortados en sucesivas votaciones que ya mostraban un número de voluntades suficiente para aprobar la ley, aunque exiguo.

A lo largo de la sesión, se insistió en advertir sobre las “consecuencias trágicas” que podría tener continuar con el debate. 19 veces se pronunció en el recinto la palabra “muerto”, casi como deseo. “Son las siete de la tarde y dentro de una hora va a oscurecer. ¿Quién nos garantiza a nosotros, los representantes del pueblo, que en el día de hoy no habrá uno, dos o tres muertos?”, dramatizó Fernando Espinoza, que minutos antes había definido esa jornada como “uno de los días más tristes de la democracia argentina después del 19 y 20 de diciembre de 2001”, asegurando que había pasado “lo que pensábamos y advertíamos que desgraciadamente podía ocurrir”. En diálogos privados, el vicepresidente del bloque FpV-PJ le insistió toda la jornada a Monzó que había muertos y que debía “parar la sesión”.

La decisión en el oficialismo se limitaba a dejar pasar el tiempo, evitar provocaciones y blindar cualquier intento por hacer caer la sesión. El último fue pasada la medianoche, cuando la novedad ya no eran los incidentes, sino los cacerolazos. Daniel Filmus esgrimió entonces como argumento para suspender todo que “un sector importante de nuestro pueblo no está dispuesto a dejar pasar la sanción de esta ley que perjudica a tantos argentinos”. Ya se había pronunciado bien temprano sobre el tema la diputada Elisa Carrió, cuando alertó sobre “presiones” a las cámaras y el riesgo de que “mañana un grupo decida que no puede funcionar el gobierno nacional”. En ese contexto, le pareció necesario recordarles a los legisladores el artículo 22 de la Constitución que establece que “el pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes”.

El último intento de frenar la sesión fue a pedido del kirchnerista Guillermo Carmona, que tras las palabras de Filmus habló de un “clamor popular por la sesión que está celebrando la Cámara” y reclamó un cuarto intermedio, que como ya había sido votado en contra por la tarde podía ser soslayado. Fue el turno entonces del massismo: Graciela Camaño pidió el envío a comisión del proyecto, como “gesto político de este poder independiente de la Nación hacia los miles de ciudadanos que están en las calles”.

Esa última votación puso a prueba la solidez del oficialismo y sus aliados para sostener la sesión, pues las ausencias podrían ponerla en riesgo. Por eso la orden fue que todos estuvieran siempre “a mano”, sino en sus bancas, cuestión de evitar sorpresas. El oficialismo reunió 128 votos para frenar el intento, desnudando lo ajustados que estaban los números. Fue por eso que al final, cuando llegó el momento del cierre del jefe del interbloque Cambiemos, Mario Negri sorprendió pidiendo ir directamente a la votación. “En esta oportunidad la responsabilidad me indica tomar otra decisión”, dijo al prescindir de dar un discurso, para advertir en cambio que “la oposición responsable no reparte fósforos donde se anda con nafta”. Desde la vereda opuesta interpretaron que no tenía argumentos para defender la reforma previsional; en rigor, Negri buscó concluir más rápido ese dilatado trámite y evitar imprevistos. Un traspié con la reforma previsional hubiera puesto en duda el poder del gobierno y reavivado fantasmas que creían disueltos hace apenas dos meses con el resonante triunfo electoral.

Amén de las presiones del kirchnerismo por suspender la sesión, el titular de la Cámara debió soportar también las de Cambiemos para acortar el trámite, pero su decisión era que hablaran todos los que quisieran. Podría haber hecho como el 6 de diciembre del año pasado, cuando el kirchnerismo, el massismo y el bloque Justicialista se unieron para propinarle un severo revés al oficialismo imponiendo su proyecto de Ganancias. Cuando Cambiemos buscaba alargar la discusión, Graciela Camaño pidió una moción de orden para cerrar el debate y someter los proyectos a votación, generando la ira del oficialismo, que debió resignarse ante la mayoría adversa.

En la ley previsional, el resultado terminó siendo demasiado exiguo para lo que se esperaba: 127 votos afirmativos, apenas diez más que los negativos. Suficiente para cumplir con un trámite que le reportó al gobierno un desgaste impensado, en el que el Presidente debió resignar buena parte de la imagen positiva que había escalado tras las elecciones. La oposición puede celebrar ese dato como éxito. Pero al gobierno le quedó como balance positivo y suficiente haber logrado no solo aprobar la reforma previsional, sino también el resto del paquete de leyes que debía pasar por Diputados, que se presenta hoy como la Cámara más belicosa. Al punto tal que en la previa del debate del lunes, cuando los números parecían asegurados pero el clima de inestabilidad hacía temer cualquier imprevisto, una encumbrada fuente de Cambiemos confió a este medio sus prevenciones para que alcanzaran a aprobar todo lo pautado. Así lo hicieron.

Ahora será el turno del Senado, en una única mega sesión que marcará el retorno de Cristina Fernández de Kirchner a ese cuerpo, donde el oficialismo cuenta con más certezas, pero en el que la expresidenta buscará recuperar una centralidad hoy circunscripta al ámbito judicial.