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Lunes 11 de noviembre de 2019
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Tiempos de transición: cómo fue el frustrado traspaso de 2015 entre Cristina y Macri
Pasó el tiempo, pero todavía resuenan los ecos de aquella polémica y las versiones cruzadas de entonces. Camino a concretarse una nueva entrega del poder de un presidente a otro, evocamos aquel episodio con detalles inéditos.
4 de noviembre de 2019
Por José Angel Di Mauro

Los balotajes llegaron para quedarse, se dijo allá por 2015, presumiendo que la división de fuerzas de entonces se extendería en el tiempo. Sin embargo, la polarización extrema alcanzada para esta elección evaporó esa posibilidad, transformándola en muy hipotética desde las mismísimas PASO.

En rigor, la gran diferencia alcanzada por la fuerza vencedora en agosto pasado generó una suerte de transición extralarge de nada menos que cuatro meses. Transición que se oficializó una vez consumadas las elecciones generales del 27 de octubre, que abrieron a partir de entonces un período de 44 días destinado a la convivencia entre el gobierno actual y el que vendrá.

Los chisporroteos matizados por la lógica pirotecnia electoral dieron paso el mismo día de la elección a una serie de gestos civilizados, inimaginables en la previa, pero totalmente lógicos en cualquier país… Menos el nuestro, en el que prácticamente los mismos actores -pero con roles invertidos- se cruzaron mal en la transición de hace cuatro años.

Fue una transición que prácticamente no existió, exacerbada por el hecho de que la existencia de una segunda vuelta redujo a poco más de dos semanas ese período. Pero más allá de ese imponderable, habrá que convenir que ese pasaje entre el gobierno kirchnerista y el macrista estuvo signado por un encono tan particular que generó una situación inédita que tuvo su punto máximo y anecdótico en el traspaso de mando que no fue.

A cuatro años de entonces, vale la pena hoy recordar en detalle lo que pasó esos días.

El traspaso que no fue

El traspaso de los atributos presidenciales es un evento protocolar en el que el presidente saliente ocupa un rol secundario y fugaz. No hay discursos del mandatario que deja el poder y el público presente no es a él o ella a quien va a ver, sino a la figura emergente. Como en el rock, el papel del presidente que deja el poder es el de esas bandas teloneras, que deben resignarse a veces a no ser oídas y hasta escuchar algún grito destemplado. De esa jornada, en la que quien se va ocupa un espacio muy breve, lo más destacado que queda de él o ella es la foto histórica en la que entrega la banda y el bastón presidencial. Todo eso fue lo que podría interpretarse que quiso evitar Cristina Fernández de Kirchner.

Lo que se desató en los días previos al 10 de diciembre de 2015 fue una verdadera novela por entregas. En capítulos diarios se iba retratando un episodio que quedará en los anales de la historia como una muestra de la dificultad de los argentinos para ponerse de acuerdo en los temas más simples. Más que novela, para otros fue directamente una comedia de enredos. De hecho, esa fue una definición que por esos días utilizó el corresponsal de la BBC en Buenos Aires: “Lo que está ocurriendo en Argentina a pocos días de la asunción del nuevo presidente Mauricio Macri, podría haber salido del guión de un drama político televisivo… o hasta de una canción del dúo Pimpinela”, escribió el periodista Ignacio de los Reyes.

Así lo vieron en el mundo, donde reseñaban asombrados y hasta divertidos la interminable discusión en la que se enfrascaron para definir un tema tan simple como el lugar donde debía realizarse el traspaso presidencial.

El gobierno saliente había establecido que la ceremonia se hiciera en el Congreso de la Nación, tal cual venía realizándose y “establece la Constitución Nacional”, explicaban. Una y otra vez se citó el artículo 93 de la Carta Magna, aunque el mismo solo se refiere a la jura. “Al tomar posesión de su cargo el presidente y vicepresidente prestarán juramento, en manos del presidente del Senado y ante el Congreso reunido en Asamblea, respetando sus creencias religiosas, de ‘desempeñar con lealtad y patriotismo el cargo de presidente (o vicepresidente) de la Nación y observar y hacer observar fielmente la Constitución de la Nación Argentina’”.

El gobierno entrante pretendía en cambio que Mauricio Macri jurara en el Congreso y luego se desplazara hasta la Casa de Gobierno para recibir allí los atributos presidenciales. En rigor, no hay ninguna regulación específica sobre cómo y dónde debe realizarse esa ceremonia, aunque el entonces presidente electo, al argumentar su postura pidiendo “respetar la historia y sus tradiciones”, decía basarse en el artículo 114 de Ceremonial de Presidencia, “que dice que los atributos se deben entregar en la Casa Rosada, en el Salón Blanco”, especificó.

El Reglamento de Ceremonial de la Presidencia de la Nación dedica al tema varios artículos, entre ellos el que puntualiza que el juramento se realiza ante la Asamblea Legislativa. En efecto, el artículo 141 habla de la llegada y recepción del presidente a la Casa de Gobierno, pero el 142 es específico: “El señor presidente saliente entregará al señor presidente electo, frente a la mesa colocada sobre el estrado, las insignias presidenciales que estarán sobre la misma”.

Como sea, ningún reglamento está por encima de la Constitución, que como vimos no establece obligatoriedad alguna respecto de los atributos presidenciales. En rigor, la práctica de realizar la ceremonia completa en el recinto de la Cámara de Diputados fue adoptada por Eduardo Duhalde en 2003. Fue la primera vez en la historia que así se hizo; de hecho él había recibido esos atributos en el Salón Blanco de la Casa Rosada, lo mismo que su efímero antecesor, Adolfo Rodríguez Saá. Su decisión de elegir el Congreso fue un reconocimiento al papel que esa institución tuvo en un momento tan aciago para el país como fue la crisis de 2001/02, en la que los mecanismos de la democracia funcionaron para salvar las instituciones. Néstor Kirchner repitió la ceremonia en el mismo lugar cuatro años después al traspasarle el poder a su esposa, quien no alteró esa nueva tradición en 2011, y quiso repetirla con Macri.

Muchos ponen en duda que alguna vez Cristina Kirchner haya estado dispuesta a participar de ese evento tan simbólico junto a Mauricio Macri. Dos años más tarde, ya en campaña para senadora nacional y después de las PASO, cuando ensayó un cambio en su estrategia comunicacional accediendo a dar algunos reportajes, Cristina Fernández se disculpó por no haberle puesto la banda presidencial a su sucesor. “Si alguien se ofendió, si el presidente se ofendió, pido disculpas”, le dijo a Luis Novaresio en la entrevista que concedió al portal Infobae; aunque fiel a su estilo, luego cambió el eje: “No podemos seguir discutiendo las formas y no discutir lo que está pasando”.

Sin embargo otros dos años después, ahora camino a las presidenciales y encaramada al tope de las encuestas, ella especificó las razones de su postura en su libro “Sinceramente”, publicado por editorial Sudamericana cinco meses antes de las elecciones generales. Allí expresó cómo veía esa ceremonia. Y cómo se veía a sí misma: “Quien se asumía como representante y significante de lo nacional, popular y democrático le entregaba el gobierno a quien había llegado en nombre del proyecto neoliberal y empresarial de la Argentina, más allá del marketing electoral cazabobos. Muchas veces, después del balotaje, pensé en esa foto que la historia finalmente no tuvo: yo, frente a la Asamblea Legislativa, entregándole los atributos presidenciales a… ¡Mauricio Macri! Lo pensaba y se me estrujaba el corazón. Es más, ya había imaginado cómo hacerlo: me sacaba la banda y, junto al bastón, los depositaba suavemente sobre el estrado de la presidencia de la Asamblea, lo saludaba y me retiraba. Todo Cambiemos quería esa foto mía entregándole el mando a Macri, porque no era cualquier otro presidente. Era Cristina, era la ‘yegua’, la soberbia, la autoritaria, la populista en un acto de rendición”.

Todo lo que de aquí en adelante pueda escribirse sobre ese episodio podría obviarse a partir de esta confesión. Pero haremos el esfuerzo de reconstruirlo para ver cómo se llegó a semejante instancia.

Cortocircuitos entre CFK y Macri

No puede ponerse en duda que la exmandataria debe haberse sentido más satisfecha con la manera que se fue del poder. En su última jornada encabezó un acto en la Casa Rosada, en el que inauguró un busto de Néstor Kirchner; fue vivada por “los pibes para la revolución”, y luego se dirigió a miles de sus fieles que la esperaban en la Plaza de Mayo para despedirla. “Me hubiera gustado poder entregar los atributos del mando ante la Asamblea Legislativa, máximo órgano popular y federal de nuestro país, pero bueno…”, ensayó ante la multitud. Fue la última foto que la retrató abandonando la Casa Rosada.

Hablando de multitud, inquietaba a Cambiemos la movilización convocada por el kirchnerismo al Congreso de la Nación para el día del recambio presidencial. En sus especulaciones, estaban atentos a la perspectiva de que los palcos del Congreso pudieran estar colmados ese día con militantes kirchneristas que podrían generar un clima adverso para el nuevo mandatario. La prevención del presidente electo respecto de compartir la ceremonia de entrega del poder con la mandataria saliente en el Congreso tenía como antecedente el destrato que se acostumbraron a sufrir -desde los palcos poblados por militantes- los legisladores de la oposición durante el tratamiento en Diputados de cada ley “emblemática” impulsada por el kirchnerismo.


En ese marco se planteó la discrepancia inicial entre las partes a diez días del traspaso. El 30 de noviembre Emilio Monzó visitó al presidente de la Cámara baja saliente, Julián Domínguez, quien lo llevó a hacer una recorrida por el Palacio Legislativo, tras lo cual se reunieron en el despacho del titular del cuerpo. Dos horas y media duró la reunión, que Monzó calificó luego como “muy buena”. Fue un episodio infrecuente en el contexto de esa áspera transición. En una conferencia de prensa brindada al cabo del encuentro, Monzó confirmó que Mauricio Macri asumiría la presidencia de la Nación en Balcarce 50. Juraría previamente en el Congreso y el traspaso se haría en el Salón Blanco de la Casa Rosada, donde Cristina Fernández de Kirchner le entregaría los atributos presidenciales.

Esa misma noche, la Secretaría General de la Presidencia insistía en que el traspaso sería en el Congreso, basándose en el artículo 91° de la Constitución. Ya estaba planteada la polémica respecto del momento en que termina un mandato presidencial, y en ese marco el entonces jefe de Gabinete Aníbal Fernández precisaba que “la presidenta cesa en el poder el mismo día que expira su período de cuatro años y no se establece ninguna hora”. El frustrado candidato a gobernador bonaerense explicaba que la presidenta podía traspasar el mando “entre las 8 de la mañana hasta las 11 de la noche, porque cesa en el poder el mismo día en que expira el período de cuatro años”, y basado en la Constitución sostenía que el presidente electo juraba ante la Asamblea Legislativa y “cumplido este paso, ya la expresidenta en ese momento puede retirarse y dejar que siga la ceremonia”, luego de “hacerle entrega de los tres atributos, que son la banda, el bastón y la marcha Ituzaingó”.

“Los tres atributos se entregan en ese momento. No se puede hacer como uno quiere, no puede uno llevarlo, y lo digo con todo respeto, a Barrio Parque y entregárselo a la casa del presidente electo”, ironizaba. “No demos más vueltas, es un tema terminado para nosotros. Queda en claro como son las reglas de juego que se tienen que llevar adelante, que no es de otra manera que como dice la propia Constitución de la Nación y se cumplirá de esa manera”, cerraba Aníbal.

Pero la polémica estaba lejos de ceder. “No fue empezar de la mejor manera”, reconoce el diputado macrista Pablo Tonelli, para quien “la actitud del kirchnerismo fue irracional e infantil. Ellos no tenían ninguna posibilidad de impedir que Mauricio asumiera como presidente, que a lo mejor es lo que les hubiera gustado. Lo único que podían hacer era lo que hicieron: empañar las ceremonias, hacerlas menos republicanas, menos atractivas… eso lo lograron. Una verdadera tontería, sin perjuicio de lo cual nos costó y nos significó muchas horas de discusiones”.

El debate se extendió entonces a quién podía entregar los atributos presidenciales, si no era la presidenta saliente. Emilio Monzó volvió a oficiar de vocero al cortar por lo sano y advertir que “Cristina puede dejar la banda y el bastón en la Corte Suprema”. En ese sentido aclaró que existía un antecedente y citó el de José María Guido en 1962, cuando por encontrarse primero en la línea sucesoria asumió las funciones en la Corte Suprema de Justicia, tras el golpe militar del 29 de marzo de 1962 que derrocó a Arturo Frondizi. No era precisamente la mejor comparación, ni lo que deseaba Macri, aunque él mismo abrió la puerta desde la mesa de Mirtha Legrand, donde aclaró que “si la presidenta no entrega los atributos en la Casa Rosada, lo hará la Corte Suprema”.

“Es un momento muy lindo: el presidente saliente te espera en la puerta, te pasan los atributos, vos lo acompañás por la otra escalera y se va. Los atributos son del Poder Ejecutivo, y se pasa en el Poder Ejecutivo. Lo constitucional es el juramento, esto es una formalidad muy linda”, le dijo a la diva en su programa la noche del sábado previo a la asunción, que sería el jueves venidero. Ahí contó que había hablado ese día por teléfono con la entonces mandataria, para pedirle que reconsiderara su postura, “y que nos acompañe en el Salón Blanco; espero que así sea. Cristina insistió en su punto… Hay que reconocer que cuando se le mete algo en la cabeza es difícil que cambie”, observó.

Esa conversación telefónica a la que hizo referencia Macri fue detallada al día siguiente por Cristina Kirchner a través de un extenso texto que publicó en su blog y repitió en una larga serie de tuits. Allí dio su versión en la que acusaba a Macri de haberle gritado. En tono coloquial, Cristina escribió: “Al llegar a Olivos lo llamé. Me pasan el celu y el presidente electo comenzó con un elevado tono de voz a exigirme que debía entregarle Bastón y Banda presidenciales en la Casa Rosada, porque era ‘su ceremonia’, y que si no lo hacía como él decía, ¡la Corte Suprema de Justicia de la Nación! le iba a entregar los atributos, porque ya habían consultado”.

“Debo confesar que me sorprendió la exaltada -eufemismo de gritos- verborragia del presidente electo. Cuando logré que me dejara hablar -debe parecerles raro, pero quien hablaba del otro lado del teléfono parecía otra persona totalmente distinta a la que aparece en los medios e inclusive con la que he tenido algunas charlas-, a tal punto que en un momento tuve que recordarle que más allá de nuestras investiduras, él era un hombre y yo una mujer, y que no me merecía que me tratara de esa forma”, siguió contando CFK.

Como no podía ser Macri quien le saliera al cruce, lo hizo su compañera de fórmula, Gabriela Michetti, que contestó por la misma vía: Twitter. “Reconozco que me da mucha pena tener que contestar los tuits de la Sra. presidente de la Nación porque es triste que justo ella falte a la verdad”, arrancó la vicepresidenta electa, que aclaró que “Mauricio Macri no es un hombre que falte el respeto a nadie. Es una persona muy educada, a quien nunca hemos escuchado subiendo su tono de voz”. Y agregó que “lo que nuestro presidente electo pretende es simplemente respetar el Reglamento de Presidencia y la tradición argentina en el traspaso de mando”. Esto es, agregó, “juraremos frente a la Asamblea Legislativa y luego el Presidente electo se trasladará a la Casa Rosada”.

“Una vez en la Casa Rosada, el presidente electo recibirá los atributos del mando de manos de la presidente saliente”, puntualizó, ratificando que “si la presidente saliente se niega a esta ceremonia, serán los miembros de la Corte Suprema quienes entreguen los atributos del mando”.

Pero el relato de Cristina Fernández referido a esa discusión telefónica era mucho más extenso. Ahí decía haberle explicado a Macri que lo que ellos sostenían lo fundamentaba la Constitución Nacional, y además de citar el ya mentado artículo 91°, agregó el 93°, que también ya hemos citado. Y agregaba Cristina que “más allá de lo dispuesto por la CN, el acto de transmisión de mando, por simple comprensión de texto, exige la presencia de 2 personas: la que entrega el mando y la que lo recibe. Que no se trata de una ceremonia de nadie en particular, sino de un acto institucional de un Estado democrático y republicano en general. Que debe hacerse en el Congreso (art. 93) porque hasta que no preste juramento ante la Asamblea Legislativa no es presidente, y que ni bien eso ocurra se le deben entregar en forma inmediata los atributos del Poder Ejecutivo. Y quien lo tiene que hacer es la que ha dejado de ser presidenta en ese mismo instante, o sea la que suscribe”.

Luego expresaba la entonces mandataria su deseo de cumplir con ese trámite “cuanto antes”, para poder viajar a Santa Cruz para asistir a la jura de su cuñada Alicia como gobernadora, a quien le había hecho postergar su asunción hasta las 20 para poder estar en las dos ceremonias. Y que el vuelo regular de Aerolíneas Argentinas a Río Gallegos “sale a las 15 hs. y no me va a esperar”.

“Trato de explicarle que después que él jure como presidente yo ya no soy más presidenta y que por eso tengo que entregarle Banda y Bastón ni bien él termine de jurar, en forma simultánea, y es ahí cuando me dice, muy enojado, que yo lo tengo que acompañar -y me vuelve a repetir- porque es ‘su ceremonia’ -agregó Cristina-. Bueno, ahí pensé: hasta acá llegó mi amor, y le recuerdo 3 cosas: 1) que no soy su acompañante; 2) que el 10/12 no es su fiesta de cumpleaños sino el día que asume como presidente de todos los argentinos en un sistema democrático al que hay que respetar y que su símbolo mayor es la Asamblea Legislativa donde jura como presidente y donde quien termina su período le entrega el mando; 3) que no pienso seguir tolerando en silencio, como hasta ahora, el maltrato personal y público que me viene dispensando desde el mismo día en que lo invité a Olivos luego de felicitarlo por su triunfo, ni tampoco las mentiras que se siguen propalando merced a una impunidad mediática nunca antes vista”.

El referido encuentro tuvo lugar en la residencia presidencial el 24 de noviembre; fue a solas, sin ningún registro oficial: ni fotos, ni video, ni siquiera un comunicado del Poder Ejecutivo. Tampoco se le permitió al presidente electo usar la sala de prensa de la residencia para hablar después de la reunión con la multitud de periodistas que aguardaba fuera de la quinta, argumentando que la misma no estaba en condiciones.

Macri definió esa reunión como “cordial”, pero admitió que no habían podido avanzar demasiado en torno a temas concretos de la transición. Según detalló el líder de Cambiemos, el pedido de que sus ministros fueran habilitados para recibir a los nuevos funcionarios encontró como respuesta que “estarían a disposición después del 10 de diciembre, no antes”.

Lo dicho: no hubo imágenes del encuentro, a pesar de haber concurrido el presidente electo con su fotógrafo personal. Tal vez ella ya estuviera pensando en un desplante el 10 de diciembre. Dicen que lo que no se ve no existe: en ese contexto no es descabellado considerar que Cristina pensara que como no la vieron entregando el poder, podría prevalecer la sensación de que lo retenía.

O bien podría interpretarse, más allá de la argumentación brindada en su libro, que con su gesto Cristina negó la existencia misma de un presidente legítimo tras de sí.

Presidente por 12 horas

El nivel de bochorno de la situación fue paulatinamente in crescendo, con las partes absolutamente dispuestas a no retroceder en sus posturas. Vocero del gobierno, no podía esperarse que Aníbal Fernández fuera quien aportara una cuota de serenidad. Por el contrario, insistía en que el traspaso sería en el Congreso de la Nación. “Al momento de la jura, los atributos (de mando) van a estar en el Congreso; si él (por Macri) no los quiere recibir en el Congreso, que no los reciba”.

Protagonista principal de esos días confusos, Federico Pinedo tiene su propia interpretación de lo que el poder saliente pretendía y lo que el macrismo quiso evitar: “El kirchnerismo, y Cristina en particular, venían de una época monárquica… Entonces, la monarca sentía que tenía que seguir siéndolo aun después de la elección. Como está acostumbrada a hacer su capricho, decidió lo que decidió: que el traspaso se hiciera en el Congreso y que después ella iba a tener a su gente vivándola en la Plaza; entonces iba a entregar la banda y se iba a retirar. La Plaza llena de gente kirchnerista la iba a aclamar, ella se iba a ir por la avenida Callao en un auto rodeada del pueblo -como con Hipólito Yrigoyen cuando murió-, y la Plaza iba a quedar vacía mientras Macri hablaba. Ese era el maravilloso plan del kirchnerismo”.

“Visto desde el otro lado, desde el macrismo -sigue el razonamiento de Pinedo-, el presidente debía hacerse cargo de la Argentina en un momento catastrófico -porque requería de mucho liderazgo sacar al país del desastre económico, cambiario, de deuda, de pobreza, de inflación-, y Macri no podía perder su prestigio de presidente para darle el gusto a esta señora que quería hacer ese show teatral. Entonces el presidente le dijo que no”.

El gobierno saliente basaba su decisión de hacer la ceremonia en el Congreso en lo que supuestamente establece la Constitución, aunque como hemos dicho, el primero en adoptar esa modalidad fue Eduardo Duhalde para entregarle los atributos a Néstor Kirchner. La esposa del hombre que eligió al santacruceño como su delfín para evitar que Carlos Menem volviera al poder, Hilda González de Duhalde, no tiene un buen recuerdo de lo que fue esa transmisión de mando. Entrevistada por esos días a propósito de la controversia desatada en torno al tema, “Chiche” Duhalde recordó que para ese acto ella había sido ubicada en la bandeja de los gobernadores, mientras que a su familia -sus hijos, nietos y las hermanas del presidente saliente- le dieron un palco. Pero durante el transcurso del acto, “alguien de ellos vino a sacarlos a todos, a echarlos -contó por FM Blue-. Yo no me di cuenta, nadie se dio cuenta, solamente cuando me reencontré con mi familia, terminado el acto, y vi a mis hijas que lloraban, ahí comprendí lo que pasaba. No las lograron sacar porque se defendieron y se quedaron, pero son así… son así… eso fue una cosa muy fuerte para mí, me dio muchísima bronca y lástima”.

Ante la falta de una letra clara que estableciera que los atributos presidenciales debían entregarse en la sede legislativa, el kirchnerismo apeló al escribano general de Gobierno. A pedido del entonces secretario general de la Presidencia, Eduardo “Wado” de Pedro, Natalio Etchegaray emitió un dictamen en el que aclaraba que el mandato de Cristina Fernández de Kirchner expiraba “el día 10 de diciembre de 2015, pues los plazos de años se cuentan de fecha a fecha y vencen a la hora 24 del día del vencimiento respectivo (art. 6° del Código Civil y Comercial de la Nación)”.

Sin embargo el texto resultaba ambiguo. Según el documento difundido por el propio funcionario, “el presidente electo asume su cargo al prestar juramento ante el Congreso de la Nación reunido en asamblea (art. 93° de la Constitución de la Nación Argentina), siendo en consecuencia esa hora la exacta del comienzo de su gestión, y el cese del ejercicio de la presidente saliente”. De tal forma, para el escribano general el presidente electo no gobierna desde las 0 horas del 10 de diciembre, pero sí desde que jura en el Congreso. O sea que persistían las dudas: mientras para el kirchnerismo eso implicaba que era Cristina quien podía decidir sobre la ceremonia, Etchegaray dejaba claro que ella cesaba en el cargo con la jura de Macri, lo que estaba previsto para las 12 del mediodía.

A todo esto, comisionados de ambas partes negociaban oficialmente un acuerdo, aunque estaba claro que la decisión correspondía a sus representados, que resultaban ser en ambos casos inflexibles. Los delegados del presidente electo eran Federico Pinedo; el futuro secretario general de la Presidencia, Fernando de Andreis, y el nuevo secretario administrativo del Senado, Helio Rebot. Del otro lado estaban Amado Boudou, quien resultaba ser una persona clave pues era el vicepresidente de la Nación y debía presidir la sesión; Eduardo “Wado” de Pedro; el titular de la AFI, Oscar Parrilli, y Sergio Berni, encargado de garantizar la seguridad.

La última reunión celebrada como siempre en el despacho de Boudou en el Senado se inició a las 10.30 del 8 de diciembre, y alcanzaron algunos acuerdos. El gobierno ofreció una alternativa supuestamente razonable: la presidenta llevaría los atributos presidenciales al Congreso, permanecería junto a Macri hasta la jura y luego se iría. La organización del evento correría por cuenta del gobierno entrante, por lo que no habría militantes K en las gradas. Sí en la calle, pues la movilización prevista para ese mismo día se mantenía. Los seguidores kirchneristas se ubicarían en la avenida Entre Ríos, sobre la Plaza de los Dos Congresos, por lo que ella ingresaría por la explanada del Palacio. Macri lo haría por la calle Rivadavia, donde estarían sus adherentes. Tras la jura, ella se retiraría por Entre Ríos, y mientras él daba su discurso se produciría la desconcentración kirchnerista.

Si bien había acuerdo en los temas apuntados, surgían dudas entre la representación del futuro gobierno. ¿Qué impedía que mientras el nuevo presidente hablaba, la exmandataria no se despidiera de sus seguidores? ¿Alcanzaría el tiempo para la desconcentración K? Ni hablar del clima que se generaría entre ambos sectores, que seguramente llevaría a desistir de ir a muchos de los que quisieran saludar al nuevo mandatario. Además, se supone que el protagonismo de esa jornada corresponde al nuevo presidente, no al que se va. De hecho, cuando Eduardo Duhalde decidió llevar toda la ceremonia al Parlamento, en 2003, el presidente entrante fue el que ingresó por la explanada de Entre Ríos; el saliente entró en escena después de la jura, brevemente, y se retiró antes del discurso.

En esa reunión también se acordó suministrarle a Macri un automóvil descapotable para desplazarse desde el Congreso a la Casa de Gobierno -después se sabría que el que le dieron debía $40.000 de patentes, todo un detalle de color-.

Todo iba más o menos bien hasta que De Andreis informó a sus interlocutores que gente de Cambiemos había presentado un recurso judicial para que la Justicia clarificara la situación. En rigor, la presentación solicitaba que Mauricio Macri fuera considerado presidente desde el miércoles 9 a las 24. Los funcionarios kirchneristas reaccionaron de manera destemplada: hubo gritos y recriminaciones. La reunión pasó a un cuarto intermedio hasta las 17, pero nunca se reanudó.

El tiempo apremiaba y esa misma jornada el fiscal Jorge Di Lello hizo lugar a la cautelar, dictaminando que el mandato del presidente electo se iniciaba a las 0 del día 10 de diciembre. Se basaba para ello en los artículos 91° y 93° de la Constitución, y en los artículos 6° y 9° del Código Civil y Comercial.

Cristina Fernández no esperó a que la jueza María Servini resolviera. Molesta por el amparo presentado por Cambiemos y el dictamen del fiscal, anunció que no entregaría los atributos presidenciales. En una conferencia de prensa, Oscar Parrilli anunció que la mandataria había resuelto dejar los atributos presidenciales en el Congreso de la Nación y no asistir a la jura ni al traspaso presidencial.

El amparo había sido presentado por los abogados José Torello y Fabián Rodríguez Simón, y el argumento fue la enorme “desconfianza” que había acompañado todo ese proceso, como así también una serie de medidas adoptadas por el gobierno nacional, como el DNU firmado por la presidenta que ordenaba la restitución de fondos coparticipables a las provincias, o centenares de nombramientos concretados en las últimas horas. El amparo solicitaba ordenarle a la presidenta abstenerse “de continuar ejerciendo tal función a partir de las 0.00 horas del día 10 de diciembre”.

A título personal, pero con la influencia que sabía que podía ejercer, el diputado Carlos Kunkel abrió las puertas a un faltazo de los diputados del oficialismo saliente a la Asamblea Legislativa. “No tiene mucho sentido ir”, señaló cuando él en realidad no podía estar pues su mandato cesaba ese día. Igual, sostuvo que “a los empujones no nos van a llevar”, enojado por la medida cautelar presentada por Cambiemos. Tras contar por Radio Del Plata que su postura era compartida por varios de sus colegas, concluyó señalando que “nadie concurre al Congreso si no hay un marco de respeto institucional”.

La jueza Servini hizo lugar a la medida cautelar del macrismo, determinando que a las 0 horas del jueves 10 de diciembre finalizaba el mandato de Cristina Fernández de Kirchner. Aclaraba que Mauricio Macri y Gabriela Michetti serían presidente y vice solo a partir de que prestaran juramento ante la Asamblea Legislativa. “Conforme surge de la Ley Fundamental, el juramento ante las cámaras del Congreso reunidas en asamblea es un requisito de validez ineludible para el ejercicio de la Presidencia de la Nación”, señalaba el fallo. De tal manera, si bien a partir de la medianoche Macri era presidente, como no juraría sino hasta el mediodía, la primera magistratura debía ser desempeñada en ese interregno de doce horas por el presidente provisional del Senado, Federico Pinedo.

El fallo terminó resolviendo el intríngulis respecto de quién entregaría los atributos presidenciales. No sería el presidente de la Corte, Ricardo Lorenzetti, quien ya le había manifestado a Macri que estaba dispuesto a hacerlo -le hubiera dado un ataque a Elisa Carrió-, sino Federico Pinedo.

“Yo había sido designado presidente provisional muy pocos días antes”, recuerda Federico Pinedo. De buen trato con la expresidenta, ella diría en la extensa nota en la que se quejó de que Macri le había gritado, que había sido quien “lo recomendó” para el cargo, “por ser un hombre de diálogo y un caballero”, tales sus palabras. Aunque el 9 de diciembre se refiriera irónicamente a él como “presidente cautelar”.

Como sea, Pinedo recuerda esas jornadas con una mezcla de nostalgia y humor. Está claro que si bien eran días tensos, los problemas que sobrevendrían todavía estaban lejanos. “A medianoche se acababa el mandato de Cristina Kirchner, y habían hecho una manifestación kirchnerista en Plaza de Mayo. A las 10 de la noche nos informaron que había renunciado todo el gabinete, con todos los secretarios, cosa que está prohibida por la ley, que dice que los funcionarios tienen que seguir en su lugar hasta ser reemplazados. No pueden dejar sin funcionarios a la Argentina”, relata quien a esas horas estaba por alcanzar su cuarto de hora mediático.

“Pero los kirchneristas renunciaron todos y se fueron, literalmente”, evoca el presidente fugaz, que a eso de las 22 iba en su auto por la avenida 9 de Julio y veía con inquietud que empezaba a desconcentrarse la manifestación K de quienes habían ido a despedir a su líder. El todavía no era presidente, para eso faltaban dos horas… y no tenía funcionarios. Cuando asumiera, no iba a tener a quién decirle que apretara un botón, o hiciera nada. “Fue un momento de tensión”, reconoce.

Sergio Berni, el secretario de Seguridad saliente, le dijo que había hablado con el jefe de Policía y que ellos iban a mantener el orden. “Pero yo no tenía a quién llamar”, comenta el senador macrista que entonces habló con Patricia Bullrich, elegida para conducir la seguridad cuando asumiera el gobierno, y ella le dijo: “Si querés, hacé un decreto a las 0.01 y me nombrás a mí ministra, así me constituyo en el Departamento Central de Policía y opero desde ahí”. Con ella, Pinedo hubiera podido darse el gusto de haber tenido gabinete propio. Aunque fuera unipersonal. Igual, le dijo que no hacía falta.

A las 0.01, el flamante presidente llamó al jefe de la Casa Militar.

– Señor presidente, estoy subordinado a la autoridad -se presentó el teniente coronel Agustín Rodríguez.

– Por supuesto, no se me hubiera ocurrido otra cosa -le contestó Pinedo.

El militar -cercano al general César Milani, que tenía intenciones de continuar en el cargo pero le exigieron la renuncia a los pocos días, por considerarlo un hombre de Cristina- le dijo al presidente interino que en la Casa Rosada no pasaba nada, pero que había una gente del Pro que había llegado y quería entrar.

“Eran unos amigos nuestros: el jefe de asesores del presidente, José Torello, y un par más”, recuerda Pinedo riendo. Autorizó que entraran a las 11 de la noche, y se tienta en comparar la situación con la película “Una noche en el museo”. El grupo entró, hicieron una inspección ocular del lugar -vaya a saber qué habrán pensado que podían encontrarse, dadas las circunstancias-, y se retiraron.

El fugaz paso de Federico Pinedo por la presidencia fue sin dudas el detalle más simpático de esa comedia de enredos en la que se transformó el frustrado traspaso presidencial de Cristina a Macri. Que tuvo de todo, hasta la insólita participación de Zamba, figura emblemática del canal infantil Pakapaka. Icono del kirchnerismo, el personaje fue utilizado por los anti K que difundieron por las redes un fragmento de uno de sus programas en los que recorre la Casa Rosada y al pasar por el Salón Blanco cuenta que “es el lugar donde se le otorga la banda y el bastón a los presidentes”. No daba usarlo como prueba, pero no hubiera desentonado en semejante contexto surrealista.

El ingenio en las redes dio vida en esos días a la cuenta @presidentPinedo, que siguió funcionando luego bajo el nombre “Ex Presidente Pinedo”, y tiene más de 35 mil seguidores. Se la presenta como el “Twitter de la Presidencia de Federico Pinedo. 10 de diciembre de 2015 al 10 de diciembre 2015”, y en su encabezado, donde se ve la imagen de un Pinedo con bigotes -se afeitó en sus últimos tiempos como diputado-, dice: “Presidencia Pinedo. Cortita pero juguetona”.

Esas doce horas como presidente dieron mucha tela para cortar y hasta trascendieron fronteras, al punto tal que la cuenta oficial de House of Cards, la exitosa serie de Netflix protagonizada por Frank Underwood, en la piel del actor Kevin Spacey, tomó nota del “paso de Pinedo por el poder”… “Tu presidencia fue la más perfecta en la historia de la democracia. Espero tener tu apoyo el 4 de marzo”, le expresaron a Pinedo en Twitter, en vísperas del estreno de su cuarta temporada. Divertido, Pinedo le respondió directamente al personaje de la ficción: “Gracias Frank. Tenemos diferencias de metodología política. Trabajaremos juntos por la paz y la prosperidad de nuestros pueblos”.

En el despacho de Federico Pinedo en el Senado hay una fotografía suya saludando a Barack Obama, de cuando el expresidente norteamericano vino de visita al país en 2016. Fue en la cena de gala, donde Obama saludó uno por uno a una hilera de figuras nacionales. Estaban el senador Miguel Pichetto, y los integrantes de la Corte Ricardo Lorenzetti, Elena Highton de Nolasco y Juan Carlos Maqueda, entre otros. En la foto se ve a Mauricio Macri señalando a su presidente provisional, y Pinedo recuerda las palabras que Obama le dirigió: “Me dijeron que usted fue el mejor presidente de la historia de la democracia”.

Gris de ausencia

Podría hablarse de un “modus operandi” de ese kirchnerismo de salida, que al irse hasta se llevó la cuenta oficial en Twitter de la Casa Rosada, @CasaRosadaAr, que pasó a denominar “Casa Rosada 2003-2015”. Quienes la administraban, se quedaron con las contraseñas.

Hay quienes sostienen que Cristina Kirchner nunca pensó en ponerle la banda presidencial a su sucesor, a menos que fuera Daniel Scioli. Hubiera hecho cualquier cosa para evitar a Sergio Massa, pero al final tampoco quiso a Macri. En rigor, está claro que hubiera estado si el acto se transformaba en un homenaje compartido; no necesariamente para que las barras militantes abuchearan al nuevo presidente, sino para prevalecer al menos a la hora de los aplausos. No necesitaba gente en los palcos; le alcanzaba con que la aplaudieran los legisladores que ahora pasaban a ser oposición. Sería una fácil demostración de fuerza en el instante final.

Para esa sesión, Cristina dobló la apuesta cuando ordenó a los legisladores vaciar la Asamblea Legislativa. Una prueba de poder que le sirvió para demostrar que mantenía una cuota mayoritaria, aunque permitió también verificar algunas grietas. Hubo presencia de diputados salteños y un par de correntinos, mientras que por el Senado fueron más los que se animaron a asistir: los tucumanos, un misionero, el santafesino Omar Perotti, y hasta la bonaerense María Laura Leguizamón, amiga de Cristina. Y estuvieron los santiagueños, aliados hasta entonces incondicionales del kirchnerismo. Hubo más, pero el dato saliente fue la presencia de gobernadores peronistas como la fueguina Rosana Bertone, el formoseño Gildo Insfrán, el tucumano Juan Manzur, el entrerriano Gustavo Bordet y el salteño Juan Manuel Urtubey. Sobre esos gobernadores se proponía trabajar el macrismo para generar respaldos en el Parlamento.

Al evocar esos días, Pablo Tonelli frunce el ceño enojado: “La mayoría de la gente ni sabe las discusiones que tuvimos que tener para resolver desde temas de las fuerzas de seguridad -quién las conducía, cómo era el operativo-, hasta los aspectos protocolares. Una energía que podríamos haber puesto en cosas más positivas; estuvimos días y días poniéndola en una discusión fatigosa y cansadora, porque además era como hablar con la pared”. Le cambia la cara cuando acota, entre risas, que “esa pelea sólo sirvió para que con Pinedo nos divirtiéramos a lo grande a raíz de su presidencia…”.

“Pero fue una vergüenza, un papelón, porque lo que ellos no se dan cuenta es que el mundo nos mira, y muchas veces, a la hora de hacer un negocio o una inversión en Argentina, piensan cómo van a hacerlo en un país donde no se ponen de acuerdo la presidenta que se va y el que viene a ver dónde hacen la ceremonia. Es un papelón y es perjudicial para el país, porque tiene consecuencias. Fue una pena y un mal comienzo desde el punto de vista institucional”, agrega Tonelli, quien cuestiona también el tipo de transición inédito que se dio en esas circunstancias: “Nos abrieron la puerta de un cuarto que tenía la luz apagada y donde no sabíamos qué había adentro, y nos dijeron: ‘arréglense como puedan’. Salvo algún caso particular de algún ministro que desobedeció las órdenes de Cristina y fue razonablemente colaborador con quien lo iba a reemplazar -que fueron casos muy aislados-, en la gran mayoría de los ministerios y las dependencias del Estado entramos sin saber con qué nos encontrábamos. Y no solo nos encontramos sin información: nos encontramos con la administración saqueada, devastada. No había computadoras, no había escritorios, no había papel, no había nada. Costó poner en marcha el Estado. Mucho más de lo que la gente se imagina”.

Por primera vez después de 28 años, Cristina Fernández de Kirchner estaba fuera del poder. Desde que en 1987 su esposo ganó la intendencia de Río Gallegos por apenas 111 votos, estuvo cada vez más alto: 4 años después Néstor Kirchner se convirtió en gobernador y reformó dos veces la Constitución provincial para estar allí 12 años; y luego otros 12 en la presidencia de la Nación. Cuatro años él, 8 ella. Tanto tiempo en el poder tal vez explicaran el sainete del traspaso. Ella se propuso mandar hasta el último día y a punto estuvo de hacerlo hasta el último instante; eso explica la reacción que se le opuso. Desmedida, para algunos, que no pudieron explicar por qué Cambiemos fue a la justicia para determinar en qué momento vencía el mandato de CFK. Pero de un lado y del otro no prevalecieron las razones, sino los gestos.

Como un gesto fue el de ella para no asistir a la ceremonia, decisión que adoptó finalmente cuando se conoció la presentación de la medida cautelar. Lo explicó Oscar Parrilli en esa conferencia de prensa del 8 de diciembre: “La presidenta no se va a exponer a que con este dictamen se la acuse de usurpación de título viniendo a hacer traspaso de mando”, se excusó, al considerar que ya no estaban dadas las condiciones para asistir al Congreso y dar por terminado el debate. Pero para concluir, deslizó un sugestivo: “Entre esto y un golpe de Estado no hay mucha diferencia”.

A cuatro años de ese increíble contrapunto institucional, los mismos actores volverán a estar presentes, aunque con roles invertidos. Y distintos, en el caso de Cristina Kirchner, que presidirá la Asamblea Legislativa.