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Lunes 15 de octubre de 2018
OPINIÓN
Domador, Vaca Muerta petróleo argentino
Por Daniel Bosque. La rúbrica del acuerdo en la Casa Rosada es un leading case, para un país de costos laborales y convenios sectoriales que no invitan precisamente al inversor de riesgo.
17 de enero de 2017
Lo más fácil sería comenzar con aquello de Jorge Luis Borges de que lo que une no es el amor sino el espanto. Guillermo Pereyra a estas alturas podría decir, como el cubano Nicolás Guillén, que ya tiene lo que tenía que tener (excepto la gobernación de Neuquén, que probablemente le sea en otra vida). Enfrente, los empresarios del petróleo y el gas le reconocen su gesto épico de ponerle sensatez al momento de la industria.

Las horas taxi, las paradas por el viento, el régimen de turnos, son cosas del pasado reciente, cuando Vaca Muerta prometía ser otro Kuwait y el inflador de precios funcionaba a full en Neuquén.

Los no convencionales argentinos auguraban ser el salvavidas final de la dékada ganada, que post 2011 había perdido competitividad y brillo, pero el desplome del barril en el mundo archivó el gran sueño argentino. Pese a que in artículo mortis, Axel Kicillof, hoy adalid de los castigados trabajadores que pagan Ganancias (sic), terminó generalizando beneficios al oil&gas inicialmente urdidos sólo para Chevron.

Tan crucial era la ilusión que Cristina, Galuccio & Co. obligaron con billetera y látigo a pactar una nueva Ley de Hidrocarburos. La Argentina es federal y los recursos son de las provincias, ma non troppo. Sapag, Bussi, Peralta, Urtubey y otros tuvieron que entenderlo a fuerza de sopapos.

¿Ahora sí? Se preguntaban este fin de semana los energéticos en sus foros de whatsapp. Nadie se anima a descorchar champaña aún porque bajar el costo de un pozo de US$ 10 millones a US$ 7 millones es sólo una de las cartas de la baraja nacional.

Y porque además, en el concierto sindical, no será fácil manejar variables caso por caso, como se vio en lo que va del año con los cesados de Schlumberger y Halliburton. Neuquén no es San Jorge y Austral, pero la hot line sindical está al rojo vivo. Lo que pasa en una filial gremial, repercute ipso facto en la otra.

La baja de equipos de YPF, PAE y otras ha mostrado la cruda realidad. Justo en momentos en que G&P, la petrolera de Neuquén, por ejemplo, armó un paquete de áreas para demostrar que Vaca Muerta vive.

Lo que viene será distinto, coinciden los petroleros. Con menos barril criollo y menos YPF, y si los astros acompañan, con más inversiones de un puñado de petroleras.

La rúbrica del acuerdo en la Casa Rosada es un leading case, para un país de costos laborales y convenios sectoriales que no invitan precisamente al inversor de riesgo. Los US$ 4.000 millones de recursos que esperan el shale y el tight para 2017 son magros versus las necesidades estratégicas del país.

Encima, si se destraba el panorama, el sector petrolero sabe que le espera agazapado, en la primera curva el movimiento anti fracking, una task force que como en el caso de la minería y las represas, ya tiene un know how global capaz de parar proyectos en parlamentos y tribunales.

Todo en su medida y armoniosamente, parece decir Cambiemos, cuyo gurúes no reniegan de las enseñanzas prácticas de Juan Domingo Perón. Y menos en un año electoral en el cual la inflación, la recesión y los sindicatos justicialistas aparecen como leones difíciles de domar.

Al final, la energía es una variable que la política saca y pone, en lugar de constituirse en el eje angular de la construcción del país, con lo cual las consecuencias las paga toda la sociedad, se quejan amargamente los petroleros. Pero eso no es nada nuevo ni éste es el único país en que tal cosa ocurre. El asunto es si tanta manipulación termina siendo un viento que empuja de cola o un tifón que pega de frente.

*Director de EnerNews y Mining Press