Volvió Carrió, recargada. La diputada busca renovar su banca y superar la debacle de 2011 y la fractura de su partido. La lucha contra la corrupción cimienta el acuerdo con “Pino” Solanas. ¿Un matrimonio político más en la vida de la chaqueña? Los desafíos que impone su peculiar forma de ejercer poder.
Por Pablo Riveros
Nos los representados del pueblo argentino solemos ver esas fórmulas que se consumen tras su cometido. Esa especie de mercado que termina siendo la democracia ofrecerá, por lo menos así parece en la Ciudad de Buenos Aires, toda una gama de candidaturas. Ninguna de las máximas figuras porteñas quiere quedarse afuera. Cada una traza su estrategia para conservar o aumentar poder.
La fórmula Carrió-Solanas causó sorpresa, esperanzas y duras críticas, según quien la mire. Todo comenzó como suelen iniciarse estos acuerdos: ambigüedades, elogios, sugestivos olvidos y más tarde la presentación de “conversaciones oficiales”. Es que Carrió-Solanas, así pronunciado, suena fuerte: dos protagonistas del escenario político porteño, de trayectoria nacional y en una instancia donde mucho se pone en juego, empezando por sus bancas en la Cámara de Diputados.
Las afinidades entre un sector de la Coalición Cívica y el Proyecto Sur de Fernando “Pino” Solanas no son nada nuevas y pueden rastrearse incluso en la Legislatura porteña. Pero la coyuntura marcada por la fragmentación política, la renovación de las tres bancas en el Senado y la marea opositora expresada en los 13S, 8N y 18A, entusiasmó a los dirigentes con la idea de encabezar un frente capaz de imponerse ante el macrismo y el kirchnerismo en la Ciudad. Fue un acercamiento por afinidad negativa.
Sin embargo, el transcurso del otoño les planteó una situación ideal para reposicionar el acuerdo. La “lucha contra la corrupción y la impunidad”, con tantas causas en el centro de la opinión pública, no es un lema nuevo en Lilita y el cineasta. Sus largas trayectorias dan cuenta de ello. Aunque si el tema predominó siempre en la primera, se presentó más equilibrado entre las banderas del segundo.
“Unanse”, fue un reclamo ciudadano que interpeló a la oposición en la protesta del 18 de abril. ¿Pero unidad para qué? Por lo menos así presentada, la alianza no busca la fundación de una alternativa de gobierno para 2015. Sobre todo por Carrió: su trayectoria y forma de ejercer poder. ¿Se tratará de una experiencia más de la larga lista de matrimonios políticos de la diputada?
“En principio damos una batalla electoral sabiendo que tenemos diferencias. El futuro de la alianza dependerá de la dinámica de la sociedad argentina y de la superación o profundización de estos desencuentros. Hoy la vocación es trabajar en conjunto porque hay confianza en torno a la honestidad de cada uno: no habrá pactos espurios”, confesó Alcira Argumedo a Semanario Parlamentario.
El liderazgo delegativo
En un trabajo reciente presentado en la Universidad de Buenos Aires, quien escribe pretendió demostrar que muchas de las características que los politólogos le adjudican a los Kirchner son compartidas por dirigentes del arco opositor. Todo viene a cuento de la forma de gobernar que según Guillermo O’Donnell conforma una democracia delegativa.
La esencia es que quienes son elegidos creen tener el derecho, y la obligación, de tomar las decisiones que mejor le parecen para el país, sujetos sólo al juicio de los votantes en las siguientes elecciones. La consecuencia de esta autoconcepción es concebir un estorbo las “interferencias” de las instituciones de control (el Congreso, el Poder Judicial, auditorias, fiscalías, prensa) y las disposiciones constitucionales y legales. Esto lleva, a la larga, a esfuerzos por anular estos límites.
En general, dice O’Donnell, el líder delegativo es producto de graves crisis y se presenta como la encarnación, o al menos el más autorizado intérprete, de los grandes intereses de la Nación. Incluso cuando la sensación de crisis ha disminuido, intenta reavivarla, con la advertencia de que si se abandona el camino que propone ella resurgirá, renovada.
De ahí que su discurso apele al miedo y la polarización del campo político: Hay quienes están “a favor del país” y quienes, por su pasado y las posiciones que al parecer conservan siguen estando “en contra del país”, de sus verdaderos intereses. Según el politólogo esto respondería tanto a la convicción íntima del líder y sus colaboradores de que son los “salvadores de la patria”, como a un recurso para aumentar apoyos y concentrar poder.
Pero ya desde el sentido común hacía ruido pensar en comportamientos anti-republicanos en una diputada como Elisa Carrió, con todos los emblemas y discursos sobre la “República”, la “ética” y el “respeto por la instituciones” que la rodean. Como fuera, el trabajo descartó este rasgo en Lilita, a diferencia de otros opositores donde surgía con mayor nitidez. Queda claro, no es en modo alguno una líder delegativa.
Sin embargo se pudo ver que nuestra protagonista reunía las otras características de estos personajes: una marcada concentración de recursos decisorios; comportamientos anti-institucionales; una fuerte polarización ideológica -como la que le imputa a sus rivales- y, sobre todo, una notable concepción sobre su misión para “salvar al país de la crisis”. Lilita, aunque pareciera difícil pensarlo, comparte más rasgos con Cristina Kirchner de lo que surge a simple vista… Al menos nadie duda de que se trata de dos mujeres con fuerte impronta.
El partido soy yo
Elisa María Avelina Carrió sobresalió en la política de los noventa por sus cualidades personales. Su ética de las convicciones la llevó a oponerse no pocas veces a las directivas de su partido, la Unión Cívica Radical. Ya en su debut político como convencional constituyente se atrevió a impugnar el Pacto de Olivos de 1994. Más tarde apoyó la Alianza pero no tardó mucho en oponerse a los superpoderes, al ajuste y la reforma laboral que terminó con el escándalo de los sobornos en el Senado.
“En nombre de la memoria histórica de un pueblo humillado fue que un grupo de disidentes de la Alianza comenzó a levantar la voz contra la traición que a los pocos meses de asumir Fernando de la Rúa se empezó a ejecutar”, se cuenta en la “Historia del ARI. Hacia un nuevo contrato moral, arca de la dignidad” sobre el flamante interbloque de diputados que le hizo frente al bipartidismo. Corría 2001 y Lilita ya sobresalía por su trabajo en la Comisión Investigadora sobre Lavado de Dinero.
Con el transcurso de la crisis que puso en jaque al país, el ARI se conformó como una amplia coalición de centroizquierda bajo el liderazgo nato de Carrió. Acaso fuera esa la debilidad congénita del partido: el ARI no llegó a adquirir estatus independiente de su líder, a diferencia del PJ o la UCR. De ahí que tras el último lugar en las presidenciales de 2011 surgiera la facción “anti-personalista” que ya no quiere depender de las fluctuaciones de su madre fundadora. “Soy la razón de la derrota, como he sido la razón de muchas victorias”, reconoció nuestra protagonista.
Sobre esa base Carrió se ha alzado con los atributos de un verdadero líder partidario. En términos de Robert Michells: conocimientos superiores a los de sus seguidores; control sobre los canales de información y comunicación ante la prensa; experiencia en la habilidad de hacer política. Todo ello coronado con un notable protagonismo en la toma de decisiones: presidenta del partido; candidata presidencial indiscutida en tres ocasiones; jefa de bloque; principal artífice en la nominación de candidatos -sobre todo de los outsiders- y formulación de alianzas -”no hay internas porque hay consenso”, justificará-.
Su indiscutido rol quedó plasmado en el proyecto político-moral que dio vida al ARI. “Un fuerte cuestionamiento al sistema político vigente y un planteo por una nueva ética pública”, esto es, contra la corrupción, la cooptación, el clientelismo y al calor de nuevas generaciones que, con nuevas prácticas políticas, cambien “la percepción de la sociedad sobre la política” para que esta cambie la sociedad, resumió Horacio Piemonte a Semanario Parlamentario. En esa larga marcha Carrió quedaría entronizada como jefa de Estado y líder de la reforma moral para que “en no mucho tiempo las nuevas generaciones asumieran la conducción del proyecto”.
Dicen que soy apocalíptica
En efecto, Carrió se presenta como la gran salvadora en la misión de salir de la crisis que, dice, pocos ven y amenaza a la República. Su partido mismo se erigió contra viento y marea: ante la desilusión que generó la Alianza y el regreso de los planes de ajuste de Ricardo López Murphy y Domingo Cavallo, el desprestigio de la Corte, los casos de lavado de dinero, el corralito, los saqueos y el “que se vayan todos”. “La verdad al Congreso”, era lema de campaña del ARI en 2001; toda propaganda y nota periodística la tomaba como máxima referente de la agrupación.
De la Rúa cayó y “el régimen” continuó, advirtió. Y en 2003 llamaría a votar en segunda vuelta por Néstor Kirchner porque “el voto en blanco es funcional al menemismo”, pero con “reserva moral”, porque no podía explicar ni su declaración jurada ni el financiamiento de su campaña.
Pero si la depresión había pasado y la autoridad política se había reconstruido, Carrió no dejaría de pronosticar una y mil tormentas al punto tal que los humoristas políticos la tomaron como carne de cañón. Nunca se cansó de advertir que se están robando el país, que la República se muere paulatinamente; que la crisis está en la “escuela pública”, en el “campo”, en la “autoridad”, en la “decadencia” de la Cámara de Diputados y que el desastre que nadie ve está a la vuelta de la esquina: “¿Qué van a ofrecer a cambio del voto (a los 16): dinero, acaso droga?”, desafió.
“Al pueblo no le gustan los iluminados que lo subestiman, que le dicen que será responsable de tenebrosas visiones del futuro”, le respondió una vez Eugenio Zaffaroni.
La República desolada
Ética irreductible, autonomía, pedagogía moral y de la “resistencia”. Carrió no cree en la teoría de las manos sucias de Sartre. Por el contrario, pretende dar cátedra de republicanismo, según O’Donnell, básicamente la idea de que el cumplimiento de deberes públicos es una actividad ennoblecedora que demanda un cuidadoso cumplimiento de la ley y una consagración al interés público. Y como todo republicano a ultranza, se le recrimina, suele pecar de elitista.
Más que por las negociaciones políticas, Carrió se ha caracterizado por su rol de fiscal. Va a la legalidad y acude a los tribunales incluso para obligarle a los jueces a hacer lo que supuestamente no hacen. Su máxima: “no robar, no mentir, no usar a los pobres”.
Guste o no, ha dejado su huella en varias causas pesadas. Atentado a la AMIA. Lavado de dinero bajo el menemismo. Juicio a la Corte de Julio Nazareno. Sergio Schoklender y el programa Sueños Compartidos. Revelación de los párrafos “borrados” de la carta de los camaristas sobre la reforma judicial, enviada por Ricardo Lorenzetti al Congreso.
Actualmente los informes de Jorge Lanata sobre Lázaro Báez la han colocado una vez más como referente del anti-kirchnerismo. Y entonces dice: “les avisé y no me escucharon”.
No obstante, y contra la imagen que se ha construido, la chaqueña a menudo desafía el pregonado respeto a las instituciones. Conocidas son sus declaraciones: el funeral del expresidente Néstor Kirchner estuvo “muy bien organizado por Fuerza Bruta”; hay “que impedir la votación” de la reforma judicial; los legisladores oficialistas y aliados ya no sirven siquiera “para elaborar una modificación en un texto legal”; vivimos en un “aire” que no es “democrático” y “da asco”; vamos a una “dictadura”, que no es lo mismo que una democracia delegativa, concepto que también utilizó para describir la coyuntura argentina.
“Con esos discursos no puede representarnos. Por más que lo haga en privado, hay cosas que no puede decir públicamente. Su soberbia genera rechazo incluso más allá del kirchnerismo”, reconoce un dirigente del anti-personalismo. Pocas dudas caben de que además hace poco para que la comprendan: “La gente no entendió mi mensaje”, confesó a los periodistas parlamentarios tras el balde de agua fría que le significó el 1,82 por ciento en 2011.
En hechos concretos, Lilita padeció denuncias por comportamientos anti-institucionales incluso dentro de su espacio. “No hay democracia interna, ni espacio para la disidencia”, afirmó en 2008 la santafesina Alicia Gutiérrez. Ese año la conducción del ARI nacional desplazó a sus opositores internos en Santa Fe, Buenos Aires, Córdoba, Neuquén y Capital Federal mediantes sendas intervenciones.
En el Congreso, a pesar del deber de participar de las sesiones, Carrió suele asistir para exponer sus dictámenes y luego retirarse. Más tarde, al momento de la votación, se la suele ver por los canales de televisión insistiendo en que la “decadencia” de la Cámara. Hay registros para todo.
Son todos cómplices
Carrió repite: “No hagas a los otros lo que no te gusta que te hagan”. Pero a pesar de sus críticas a Laclau y CFK, también polariza. Para ella, las diferencias no pasan por ser de izquierda o de derecha, oficialista u opositor. En verdad, dice, el mundo político se divide entre “decentes e indecentes” y ella sólo puede construir con los primeros.
Si hay algo que no acepta son las medias tintas. De ahí su larga experiencia en armar y desarmar: rompió con los fueguinos, única gobernación con la que se alzó el partido; se desligó de María Eugenia Estenssoro y Samuel Cabanchik en el Senado; deshizo acuerdos con Margarita Stolbizer, radicales, socialistas, peronistas y sufrió el drenaje de propios. “No quiero repetir la Alianza”, insiste.
El sueño de una gran alianza opositora no tiene eco en Carrió. No le falta aire para denunciar que tanto la UCR, el Pro, jueces, fiscales y hasta sus propios colegas de la Coalición Cívica se están moviendo entre las sombras con el kirchnerismo, ya sea bajo “acuerdos corporativos” o ignominiosas “complicidades”.
“Tenemos una oposición naif”; “los que forman parte de las opciones son todos corruptos”, aseguró hace poco, y precisó que exceptuando su espacio político, “no hay un político de la oposición, ni Binner, Alfonsín, Duhalde, Macri, Massa, Scioli, ni Lavagna, que no forme parte de los que se robaron el país”. Hasta el día de hoy siguen las repercusiones. La acusan, paradójicamente, de ser funcional al kirchnerismo. Y entonces se queda sola.
¿Y la cuestión social?
Mucho se ha hablado del giro político de Carrió. De que era una figura de la centroizquierda en un partido que cantaba “Hasta siempre comandante” y que fundó la Coalición Cívica con figuras del centro a la derecha para garantizarse acceso y gobernabilidad. Coqueteó incluso con exfuncionarios del Gobierno de la Alianza que tanto había criticado: Patricia Bullrich, Ricardo López Murphy. Designó como candidato a Mario Llambías, el mismo que confesó que los Martínez de Hoz merecían “el mayor de los respetos”.
A diferencia de Hannah Arendt, a quien rinde tributo, Carrió, como mujer latinoamericana, compatibiliza la política y las cuestiones sociales. Pero su marcado discurso liberal republicano la ha llevado últimamente a tener que recordar que sí comparte las políticas para “promover la igualdad de oportunidades” y “en beneficio de los que menos tienen”, como detalló al fundamentar su rechazo a la ley de cautelares.
En rigor, fue pionera con el ingreso ciudadano a la niñez, la “recuperación” de la educación pública, la lucha contra las adicciones y la anulación de los indultos a los represores. En la coyuntura actual, empero, enfatiza en otras cuestiones, aunque las charlas con sus nuevos aliados la arrima a las viejas causas sociales.
El futuro, ¿es hoy?
Intransigencia. Crispación. Polarización ideológica. Marcado protagonismo. Con esta participación personalista y conflictual en la política, las alianzas de Carrió siempre han sido inestables. Proyecto Sur lo sabe. Por ahora creen que el acuerdo sirve para “ampliar las bases de apoyo” a sus causas históricas, al decir del dirigente de ese sector Javier Gentilini.
¿Sorteará el acuerdo las circunstancias coyunturales? Por ahora el frente no ha blanqueado mayores aspiraciones, como sí lo han hecho sus primos-hermanos de la CC-UCR-Libres del Sur que de entrada se proponen ganar la Ciudad en 2015.
Urgen varios desafíos. Uno: la honestidad programática. El Frente para la Victoria suele poner a sus contrincantes en lugares muy incómodos. Recurrentemente les planta el siguiente dilema: acompañar propuestas que comparten o rechazarlas por desconfianza -y pragmatismo-. La lista de temas es larga e incluye estatización de AFJP, Ley de Medios, Matrimonio Igualitario, traspaso del subte, estatización de YPF, expropiación de Ciccone, voto a los 16, homenaje a Hugo Chávez. Ante todas ellas Proyecto Sur y Elisa Carrió adoptaron posturas muy dispares, ¿Cómo ser coherentes ideológicamente y a la vez resguardar el acuerdo en semejantes situaciones?
Otro: cómo mantener la cohesión partidaria. Lilita hoy controla la CC porteña. Los anti-personalistas tampoco ven mal un acercamiento con “Pino”, pero objetan la conducción de Carrió. En el cálculo costos-beneficios, el cineasta decidió unirse con la chaqueña pese a las quejas planteadas en el interior de su fuerza, algunas ya superadas, otras devenidas en escisiones. ¿Cuánto durarán los alineamientos internos?
Una consideración que puede alentar la fórmula. Politólogos como Josep Colomer han demostrado que la democracia interna para la selección de candidatos a menudo reduce, paradójicamente, su apoyo electoral. Simplemente porque el candidato designado por los militantes puede ser relativamente distante de la preferencia del votante medio del conjunto de electorado.
“Pino”, Carrió. ¿Estarán dispuestos a ceder con sus ambiciones personales y aceptar internas con otros partidos? Veremos.